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Diego Calvo tuvo un inicio con dos grandes entrenadoras

Actualizado el 03 de junio de 2014 a las 05:36 pm

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Diego Calvo aún se queda con su abuela cuando vuelve a Costa Rica. | M. FERNÁNDEZ

“Adiós, ma ” es la despedida de Diego Calvo. Pero no se lo dice a su madre natural sino a su abuela.

Este jugador tiene la ventaja de tener dos mamás, dos entrenadoras de la vida que lo guiaron desde el pequeño pueblo de Carrizal de Alajuela hasta ser un futbolista exitoso en Noruega.

La primera madre de este futbolista fue la que lo engendró, Marisol Calvo; pero cuando tenía que ir a trabajar para mantenerlo, otra dama tomaba la batuta. Su abuela María Luisa Fonseca era quién le hacía el almuerzo, le ayudaba con las tareas y hasta de vez en cuando era cómplice de sus travesuras.

El hogar de Diego es parte de ese 36% de familias ticas que tienen mujeres como jefas de hogar y este futbolista es un honorable ejemplo de la lucha que dan estas madres para sacar adelante a sus hijos.

Ese reto de ser madre soltera surgió apenas a los tres meses de nacido, cuando se terminó la licencia de embarazo y el bebé se tuvo que quedar con la abuela.

Marisol Calvo desea ver a su hijo Diego jugando en Italia algún día.  | MELISSA FERNÁNDEZ
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Marisol Calvo desea ver a su hijo Diego jugando en Italia algún día. | MELISSA FERNÁNDEZ

“Mi hija me dijo que cómo lo iba a dejar solo siendo tan pequeñito, pero yo le dije que todo iba a estar bien”, recuerda María Luisa.

Marisol siempre quiso que fuera deportista, pero quería que estuviera en natación y no en fútbol.

“Yo quería que fuera nadador, pero el día antes de que lo llevara a la piscina me dijo que él quería que le enseñaran a ser futbolista”, cuenta esta alajuelense.

Allí surgió el primer problema. Diego ya hasta había encontrado un equipo para entrenar, pero no tenía ni tacos para ir a su primera práctica con apenas cuatro años.

“Tuve que comprarle unos tacos que ni marca tenían, pero eso era para lo que nos alcanzaba”, recuerda la mamá con una sonrisa que no se borra cada vez que habla de su único hijo.

Diego mantuvo su pasión por el fútbol durante toda su infancia, pero también surgió otra: las bicicletas, en especial una rosada que es recordada por toda su familia y vecinos en Carrizal.

María Luisa Fonseca muestra la bicicleta que se convirtió en una de las pasiones de Diego Calvo durante la infancia. |  MELISSA FERNÁNDEZ
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María Luisa Fonseca muestra la bicicleta que se convirtió en una de las pasiones de Diego Calvo durante la infancia. | MELISSA FERNÁNDEZ

“Yo no sé por qué, pero de pronto pintó rosada la bicicleta que era negra y entonces los amigos lo molestaban”, afirma la abuela.

Su mamá sí sabe la razón de ese color peculiar, a Diego siempre le ha gustado ser diferente.

“Él me dijo que era porque todos los amigos tenían rojas o azules, entonces él quería un color que nadie tuviera”, rememora Marisol.

La afición al ciclismo mermó pero su pasión por el fútbol nunca acabó y seguía avanzando en las ligas menores de Alajuelense.

Fue ese mismo deporte el que lo hizo jalarse sus “tortas”, como el día en que para entrar a una cancha saltó sobre un alambre de púas. La proeza terminó con siete puntadas en el hospital.

“Eso pasó un martes y ya el sábado estaba jugando una final”, dice su mamá.

Diego Calvo con Wílmer López en un juego de ligas menores.  | ARCHIVO DE LA FAMILIA
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Diego Calvo con Wílmer López en un juego de ligas menores. | ARCHIVO DE LA FAMILIA

Pasión. Ese amor por el fútbol viene casi desde antes de que nació, pues según su mamá, mientras ella estaba embarazada veía todos los juegos de la selección en Italia 90.

“Imagínese que su primer palabra no fue mamá ni papá, fue gol”, asegura Marisol Calvo.

Y desde un inicio ese amor tuvo dos colores, el rojo y el negro, pues su familia es 100% liguista.

“No me hubiera gustado que jugara con otro equipo, imagínese como iba a pasar eso si él era liguista”, recuerda su abuela, quien dice ser el amuleto de la suerte de Diego, porque cada vez que va a verlo al estadio hace un gol.

Tanto la abuela como la mamá hoy tienen otro orgullo, ver cómo Diego se convierte en un buen padre, un entrenador de la vida para su hijo de apenas dos años.

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