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Christian Gamboa: El menudo montador de la banda

Actualizado el 03 de junio de 2014 a las 05:40 pm

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Christian Gamboa: El menudo montador de la banda

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Los padres y hermana de Gamboa junto a su mejor amigo, Esteban. | MANUEL VEGA

La memoria de Plácido Gamboa omite la precisión del tiempo pero recuerda los detalles del hecho. Su hijo, de cinco años, pasaba el día andando a caballo, un pasatiempo que apuntaba a ser la gran pasión de una vida que no ocurrió.

“Un montador”, lo interrumpe su esposa Sinaí Luna, subrayando que a final de cuentas esa es una variante más de una carrera demasiado normal para aquellos a los que la pampa les corre por las venas.

Solo han pasado segundos, pero el caballo que carga a su pequeño retoño se desboca, arrastrándolo hacia un accidente que le dejó una enorme cicatriz en la pierna derecha. Es un recuerdo de alarma que se cuenta entre sonrisas, porque fue ahí mismo cuando el fútbol le arrebató a Liberia otro vaquero y le entregó a Costa Rica un lateral.

Este fue el primer salario de Gamboa como profesional.  | MANUEL VEGA
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Este fue el primer salario de Gamboa como profesional. | MANUEL VEGA

Desde ahí, el destino de Christian Gamboa se inclinó irremediablemente hacia el balón, ese compañero que por lo general siempre relata historias de desaires y esfuerzo mucho antes de aquellas de glorias y éxitos.

Su camino fue tan duro como los de casi todos los que llegan alto. A él nadie le regaló nada, porque lo único que puede decir que le cayó del cielo fue su mejor amigo, desplomado desde varios metros de altura en la aventura por conseguir algunos mangos.

“Christian llegó corriendo y me dijo que un chiquito se había caído de un palo aquí frente a la casa, él tenía cinco o seis años, y cuando me fui a ver efectivamente ahí estaba Esteban, tirado. Me lo llevé para el hospital y luego lo fui a dejar a su casa, desde ahí fueron amigos a muerte”, recuerda entre sonrisas don Plácido.

Fue también la llegada de un escudero, porque Esteban iba cinco años adelante de Christian, una ventaja estratégica cuando se es más pequeño que la mayoría.

“Siempre fue pequeñito, delgadito, las camisetas le quedaban grandísimas... Era una tristeza verlo. Yo decía: ‘¡ay Dios mío, pecadito!’ Siempre lo dejaban en banca y solo en el suelo pasaba...”, afirma con cara de congoja doña Sinaí.

Gamboa en su graduación del kínder. Siempre fue buen estudiante.  | MANUEL VEGA
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Gamboa en su graduación del kínder. Siempre fue buen estudiante. | MANUEL VEGA

Sus primeros pasos los dio en un potrero de San Miguel, justo a la orilla del río Liberia, un terreno que hoy, caballos más caballos menos, se mantiene prácticamente igual.

Ahí se enamoró de su nueva profesión y se prometió el objetivo de decirse futbolista, una meta entonces incongruente con su físico.

Esa fue la gran cruz que cargó Gamboa durante su niñez, la de ese jugador “menudo” que no iba a pasar más allá de ser un mejenguero.

Demasiados equipos se fueron en esa finta, incluidos Saprissa y Alajuelense, convencidos de que no había carrera para un jugador muy pequeño y muy flaco, menos uno que quería venderse como delantero.

“Él llegaba y me preguntaba: ‘¿Cómo me vieron papá?’ Yo tenía que tragarme la rabia y la tristeza y decirle lo de siempre, que faltaba masa, pero que no podía aflojar, y después tenía también que tragarme la tristeza de él”, dice Plácido.

“Nunca lo escogieron para ninguna selección. Yo tenía que ser sicólogo con el hombre, porque a él eso lo mataba... No había cosa más triste para mí que explicarle a ese niño porque no lo escogían, por eso todo esto lo disfruto mucho, porque lo sufrimos”, añade.

Entonces apareció Luis Fernández Texeira y el boom de Liberia Mía, los dos con una mano extendida para el pequeño Christian, quien tres años más tarde sería pieza clave en aquel Mundial de Egipto 2009, la cita que le hizo ver a los Gamboa que había algo más allá del calor liberiano.

Ese Mundial lo cambió todo, porque no pasó mucho antes de que aquel carrilero saliera de la Ciudad Blanca, como tampoco hubo demasiado chance entre ese hito y la firma con el Fredrikstad de Noruega.

El resto es historia conocida, su carrera despegó con la misma velocidad que sus piernas recorren la banda y lo llevó a las puertas de su primer Mundial mayor, otra página de ilusión de esa vida que sí fue.

Hoy corre el 2014 y aún faltan unos meses para esa cita. Mientras tanto, el lateral derecho del Rosenborg se lanza al cauce del río Liberia y su corriente obra el milagro del tiempo: del otro lado, empapado como tantos años atrás, aparece Kínkan , aquel menudo niño de sonrisa alegre, listo para otro episodio de la mejor aventura de su mundo, jugar otra vez al fútbol.

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