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San José siguió la fiesta porque aquí nadie perdió

Actualizado el 06 de julio de 2014 a las 12:00 am

Escenarios de triunfos pasados fueron rostro de angustia y felicidad

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San José siguió la fiesta porque aquí nadie perdió

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Una serpiente de seres rojos se arrastra entre las calles josefinas en dirección a San Pedro de Montes de Oca. Se compone de pequeños moluscos que mejenguean con una pelota mientras otros ondean una bandera firmada por miles alrededor de la fuente más famosa de Costa Rica, la de la Hispanidad.

La plaza de la Democracia vivió la última fiesta de Costa Rica en el Mundial. Los lamentos fueron solo una parte de la jornada.   | DIANA MÉNDEZ
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La plaza de la Democracia vivió la última fiesta de Costa Rica en el Mundial. Los lamentos fueron solo una parte de la jornada. | DIANA MÉNDEZ

Bienvenido a San José, la capital en la que abandonar el Mundial significa solo una cosa: que aquí nunca, nadie perdió.

Hace un par de horas, cuando el corazón todavía se compungía a ritmo de las tapadas de Keylor Navas y las manos todavía querían explotarse sobre las mejillas con cada llegada al arco enemigo, esta misma culebra roja se derramaba sobre la Plaza de la Democracia.

Martín y su gallo Coco vienen desde Desamparados a ver todos los partidos de la Selección Nacional en la plaza de la Democracia.  | DIANA MÉNDEZ
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Martín y su gallo Coco vienen desde Desamparados a ver todos los partidos de la Selección Nacional en la plaza de la Democracia. | DIANA MÉNDEZ

El mar entonces era una mezcla de olor a marihuana con sudor y lágrimas. Una concentración de toda la idiosincracia tica: desde una señora de más de 70 años que vino sola a la Plaza a ver el partido porque “si no Costa Rica no gana”, hasta un recolector de latas que al finalizar el partido encontró $180 en el suelo y bailó en una pata.

El recolector se llama Humberto Rojas y dice que él vive ahí, en la plaza. También, dice que lo pone muy contento que vaya tanta gente a visitarlo, aunque nadie sepa de su existencia.

Él sabe que así funcionan las cosas en Costa Rica. “Todos estamos en el mismo barco con la Sele , yo no me pierdo los partidos, pero aquí cada quien sobrevive a como pueda”, dice.

Humberto tuvo razón casi siempre, excepto cuando la adversidad nos atacó, después de 120 minutos de partido. Ahí sí fuimos todos uno solo. Mientras antes competíamos a rasguños y zancadas por el campo para alcanzar a mirar al imparable de apellido Robben, ahora todos nos tomábamos de las manos, nos abrázabamos, le rogábamos al mismo Dios con las manos hacia el cielo.

Ana Díaz, la adulta mayor, hizo una cruz con la mano derecha dirigida hacia la pantalla: Dios me los ha de bendecir, muchachos.

Justo después de santiguarlos, el guardamenta holandés le tapó un penal a Bryan Ruiz y una roca gigante de silencio nos cayó encima a nosotros, pero de nuevo “¡sí se puede!” y de nuevo los brazos al cielo.

Luego de mirar una plaza llena de expresiones descompuestas cualquiera pensaría que los ticos dejaron de tener cara de angustia para que la angustia pasara a tener cara de ticos.

Pero esta culebra que ahora se toma las calles josefinas con cánticos y vuvuzelas borra todo el rastro de decepción. Ya nadie sufrirá más en este Mundial a causa de su equipo. La consigna parece ser la misma para todos: aquí nadie perdió.

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