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Semblanza del técnico herediano

Marvin Solano, el soñador de San Gabriel

Actualizado el 03 de junio de 2013 a las 12:00 am

El timonel del campeón nacional quería ser médico y narrador deportivo

Solano estudió futbol en Brasil y allá se enamoró del famoso jogo bonito

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Marvin Solano, el soñador de San Gabriel

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Sentado sobre el techo de un autobús, el pequeño Marvin Solano le robaba minutos a su trabajo imaginando las grandes proezas internacionales del Club Sport Luchador, de San Gabriel de Aserrí.

Con una lata de atún como micrófono, narraba una a una las increíbles jugadas que protagonizaban sus vecinos contra futbolistas de renombre mundial.

Domingo a domingo, en la sala de su casa, Marvin lustraba ilusionado los tacos de aquellos jugadores de barrio que, sin quererlo quizás, se convirtieron en sus grandes ídolos, en un ejemplo de vida que decidió seguir.

“Vivíamos al frente de la plaza y mi papá era el entrenador del equipo, entonces reunía a los jugadores en una sala de mi casa y ahí se vestían”, recuerda el hoy director técnico del campeón nacional, Club Sport Herediano.

“Yo limpiaba los zapatos de todos, también ayudaba a poner las redes, marcar la cancha y hasta a quitar las boñigas que dejaban las vacas en la plaza”, agregó.

El primogénito de Iván Solano (q. e. p. d.) y Alcira Abarca, creció mezclando las mejengas de pueblo con las labores agrícolas, los grupos juveniles y la empresa familiar de buses en Aserrí. Con la pasión futbolera intacta, ingresó a la Universidad de Costa Rica en 1973, tras su otro sueño: ser médico.

Durante dos años, fue un aplicado estudiante de Medicina; entonces compartía los libros con el futbol y llegó el momento en que ambos fueron incompatibles.

“Siempre quise ser doctor, cuando era niño decía que iba a atender a toda la gente gratis. Logré entrar a la Facultad de Medicina, pero hubo un momento en que, por el futbol, tuve que hacer una pausa, pues no me coincidían los horarios.

“Mientras tanto, empecé a llevar cursos de Educación Física y terminó gustándome”, reconoce.

Marvin era portero y, a mediados de la década de 1970, jugó en las reservas de la UCR y Ramonense, incluso llegó a integrar el plantel poeta en la Primera División.

Sin embargo, una lesión lo hizo retomar los estudios y se graduó como educador físico.

Su primer trabajo lo encontró en el Deportivo Saprissa, como director de la escuela de futbol y entrenador de las ligas menores.

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Dejó el club morado para marcharse un tiempo a Panamá, donde trabajó para el recién ascendido equipo de La Victoria y la Selección Nacional, antes de continuar su camino más al sur.

“Estando en Panamá, me invitaron a una pasantía en el club Botafogo, de Brasil, y recibí una beca para estudiar dirección técnica en la universidad Unaerp, en Sao Paulo. También hice una pasantía en el Flamengo y estuve en un campeonato paulista”, cuenta.

En Brasil se enamoró del jogo bonito , el futbol espectáculo, de buen trato al balón y mentalidad ofensiva.

Regresó con el título de director técnico a comenzar una larga, y a veces ingrata carrera, en los banquillos del futbol nacional.

Volvió al Saprissa para trabajar como preparador y asistente técnico del primer equipo.

Técnicos de renombre, como Marvin Rodríguez, Wálter Ormeño y Joseph Bouska, fueron sus maestros.

La profesión que comenzó a gustarle desde que miraba a su papá cuando daba órdenes en la cancha de su pueblo.

Tras cuatro años en el club morado, empezó su paso por Segunda División, en equipos como Curridabat, Puriscal, Quepos, Paraíso y Limón hasta debutar en la máxima categoría con Ramonense, en 1996.

Desde entonces, su nombre se ligó con equipos y logros memorables: ascendió a la UCR y al Santos de Guápiles, y sorprendió a todos con un Barrio México que no pudo llegar al título.

La revancha le llegó en febrero pasado, un año después de que infarto le diera el mayor susto y la mayor lección de su vida, fue presentado como técnico del Team.

En el banquillo de ese, el primer equipo que su padre lo llevó a ver cuando era niño, Marvin alcanzó el título del Torneo de Verano..., y lo celebró como una de esas proezas que narraba a gritos con una lata de atún.

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