Por: Hassel Fallas 27 mayo, 2014

En la última década, el país redobló esfuerzos para aminorar la fuga de alumnos y mejorar la calidad de la enseñanza.

Se impulsaron programas de becas como las de Avancemos del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) y subió la inversión en infraestructura a más de ¢30.000 millones anuales en el último trienio.

A las ayudas socioeconómicas se sumaron el fomento del arte, la promoción del deporte, los cambios en los programas de estudio y reformas como el “arrastre” de materias para que los estudiantes solo repitan las asignaturas perdidas.

Sin embargo, esas estrategias no dan frutos, por igual, en todos los colegios.

Eso se debe, en gran medida, a la descoordinación entre las instituciones que intervienen en la educación de los jóvenes, advierte Isabel Román, coordinadora del Programa Estado de la Educación.

Dependiendo del contexto del alumno, el abordaje integral podría incluir no solo al MEP y al IMAS, sino también al Patronato Nacional de la Infancia, el Ministerio de Salud, el Ministerio de Trabajo y hasta la Fuerza Pública.

“En algunos colegios parece haber una sinergia virtuosa, pero en otros estamos ante una enorme desconexión con pocos resultados. Es lo que pasa con Avancemos: das la beca, pero no hay un seguimiento, cuerpo a cuerpo, para ver cómo le está yendo al chico y qué apoyo necesita”, destaca Román.

Fruto de esa carencia se desaprovecha la posibilidad de vigilar aspectos como rendimiento y ausencias de los beneficiarios, que podrían alertar sobre cuándo intervenir, critica Jennyfer León, investigadora del Estado de la Educación.

“Entregar un cheque de Avancemos es exactamente como dar un préstamo en un banco: otorga el derecho de acceder a la información y monitorear al cliente”, afirma.

Sistema de alerta. Por iniciativa propia, Milton Rojas, director del Técnico Profesional de Liberia, en Guanacaste, ha estudiado el comportamiento de sus 500 alumnos que reciben Avancemos. Encontró que la mitad se ausenta frecuentemente, pero no deja el colegio con tal de recibir el dinero.

Allí, los subsidios atenuaron la deserción, pero desplazaron el problema hacia el ausentismo.

“Arrastran muchos problemas académicos. Un estudiante no rinde igual si no viene a clases”, sentencia Rojas.

Leonardo Garnier, exministro de Educación, opina que el seguimiento es necesario, pero no para todos los 150.000 beneficiarios , sino para aquellos que evidencian síntomas de deserción.

No obstante, hasta la fecha, no se ha implementado un sistema de monitoreo para identificarlos.

“Necesitamos entender la deserción como un proceso y no como un evento. Hay señales que permiten reaccionar a tiempo y para aprovecharlas es necesario un sistema de alerta temprana”, dice Mauricio Portillo, fundador de Iniciativa contra la Deserción.

Garnier afirma que el Programa de Informática para el Alto Desempeño (PIAD) ayudaría a solventar ese vacío.

El sistema ya se utiliza en 336 colegios (53% del total), aunque solo 160 tienen conexión directa con el MEP.

El PIAD es una herramienta que permite a los profesores registrar a sus alumnos e incluir sus notas, entre otros datos útiles para advertir señales de deserción.

Analizar esa información, en el tiempo, ayudaría a entender algo que hoy el exministro Garnier no sabe explicar: por qué en el 67% de los colegios la deserción es un sube y baja de un año a otro.

Esa inconstancia también evidencia que urge una política pública de educación que trascienda al gobierno de turno, dice Román.

“Aquí el tema es la sostenibilidad de los esfuerzos, la claridad en las metas y el alineamiento de los distintos actores”, puntualiza.