Maestras de sus niños les enseñan a leer y escribir, así como sumar y restar

Por: Monserrath Vargas L. 25 octubre, 2015

“Mi anhelo es aprender a leer y escribir”, cuenta Flor de María Salazar, de 52 años, conmovida hasta las lágrimas, una tarde de miércoles en la biblioteca de la Escuela Finca La Capri, en San Miguel de Desamparados.

Los corredores de ese centro educativo se convierten en aulas para ella y otros 12 padres de familia de estudiantes de la institución, quienes se acercan dos veces por semana, dispuestos a dejar atrás el analfabetismo.

El plan piloto fue idea de Jenny Prado, la directora de la escuela, y halló la complicidad de Marielos Murillo, investigadora del Instituto de Investigaciones Lingüísticas y profesora de la Escuela de Formación Docente de la Universidad de Costa Rica (UCR).

La aventura empezó hace dos meses y espera ser aceptada como proyecto ante el Consejo Nacional de Rectores (Conare) para obtener apoyo y financiamiento.

Formar adultos. Mientras tanto, las maestras enseñan y los padres comienzan a aprender. Primero el abecedario, después las vocales. “Se va poco a poco”, relata Flor de María Salazar, una de las beneficiadas.

“Es una educación muy individualizada, que tiene que ser de mucha cercanía con el adulto”, aclara la investigadora Murillo.

Luego vendrán la lectura y escritura, las matemáticas y hasta la tecnología, pues en el futuro planean usar aplicaciones móviles, desarrolladas por estudiantes del Instituto Tecnológico de Costa Rica para reforzar los conocimientos que los padres van adquiriendo lección a lección.

Sacrificio. En un inicio se pensó en impartir el programa por las noches, pero el horario era inconveniente para los involucrados.

A pesar de que asistir a clases los lunes y miércoles por las tardes implica un esfuerzo adicional, los padres de familia lo hacen complacidos.

“Yo les cuento a otras personas que quieren leer y escribir (que asisto aquí). Sin embargo, ellos ponen ‘peros’; yo hasta debajo del agua me vengo”, cuenta Flor de María.

El sacrificio lo hacen todos; Fidel Solano, de 28 años, por ejemplo, cuenta con el apoyo de su jefe del camposanto La Piedad para tener las tardes libres dos días a la semana; luego él repone las horas. Solano confiesa que fue la mamá de sus tres hijos, quien lo apuntó en el programa y esto ha representado un cambio importante en su vida.

“He aprendido bastante, ahora me mandan mensajes y ya por lo menos los entiendo, duro mucho para leer, pero ya entiendo las letras. Antes no los entendía (los mensajes) y los ignoraba”.

Lo motiva no solo la esperanza de un futuro mejor, sino su propio hijo, quien cursa el segundo grado y a menudo le dice: ‘Papi, yo sé que usted puede. No me decepcione”, cuenta Fidel.

“Él llega todos los fines de semana a la casa y me pregunta si tengo tarea para ayudarme a estudiar. En lugar de ayudarle yo a él, me ayuda él a mí, y sus palabras me motivan”, relata.

Enseñarles a leer y escribir a estos padres de familia es solo el principio. Sin embargo, “el fin supremo es darles estabilidad emocional y cognitiva a los niños y las niñas del centro educativo”, asevera Jenny Prado.

Si los padres entienden la importancia de la educación, se la transmitirán a sus hijos y eso los alejará de las calles, de las drogas y de otros peligros, afirma la directora de la escuela.

Aunque el programa seguirá ejecutándose hasta diciembre de este año, Matilde Lara, una alumna de 60 años y vecina de La Capri, espera con ansias seguir aprendiendo y continuar con la experiencia el año venidero.