Menores examinan a su interlocutor, y eso les hace determinar cuán confiables son

Por: Irene Rodríguez 16 junio, 2014

Es mejor que no se le ocurra decirle una mentira blanca a un niño, ni siquiera ocultar –o retrasar– información, porque ellos saben cuando alguien les miente o no les dice toda la verdad. Tampoco intente confundir a un menor dándole más información de la que necesita, porque su atención seguirá en el foco de lo más importante para él, y probablemente le dirá que le aburre escuchar tanta palabrería.

Estas son la conclusiones de dos estudios realizados por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). En la primera investigación, la especialista en ciencias cognitivas Hyowon Gweon y su equipo determinaron que los niños no solo detectan cuando se les miente o se les da una verdad a medias, sino que, cuando se les oculta algo, ellos buscarán la forma de llenar esos vacíos de información, especialmente si el tema es de su interés.

“Cuando alguien nos da información, no solo aprendemos lo que la persona busca enseñarnos, también aprendemos algo sobre esa persona. Si la información que nos da es completa y veraz, confiaremos en esa persona en un futuro”, comentó Gweon en un boletín.

“Pero, si esta persona te enseñó o dijo algo incorrecto, cometió un error u omitió algo importante para nosotros, tal vez vamos a suspender la confianza, ser escépticos sobre información que nos dará en un futuro o incluso buscar otras fuentes de información”, agregó.

La explicación. El reporte de Gweon se basó en un trabajo previo en el que una maestra les explicaba a niños de seis y siete años solo una de las cuatro funciones que tenía un juguete. Luego se les dio el juguete para que lo manipularan.

En un inicio, los niños solo se enfocaron en esa función explicada, pero después exploraron otras.

Al final se les pidió evaluar a la maestra, y los niños que descubrieron más funciones del juguete, le dieron una calificación más baja.

En este segundo estudio, los investigadores seleccionaron niños de esas mismas edades. Primero les dieron el juguete para que lo manipularan y jugaran con él a su antojo. Posteriormente, una maestra les explicó solo una de las funciones que tenía el juguete.

Los menores participantes descubrieron rápidamente que la maestra estaba ocultando información y, no solo eso, se lo dijeron: le hicieron ver la información que al parecer estaba omitiendo.

A la hora de calificarla, los estudiantes fueron mucho más duros que en el estudio previo. Los investigadores apuntan a que hubo pérdida de confianza en el adulto.

“Esto demuestra que los niños no solo tienen sensibilidad para determinar quién dice lo correcto y quién no. Además, ellos pueden evaluar a los otros basándose en que la información aportada no es suficiente”, señaló Gweon.

¿Y si la información es mucha? Gweon y sus colaboradores también hicieron un experimento en el que un maestro daba más información de la que el niño requería para poner a funcionar el juguete.

Descubrieron que cuando se da más información de la que el niño requiere –o datos que el menor ya conoce–, esto es percibido a los pocos minutos , y conlleva a una pérdida de atención.

“Esto lo que nos demuestra es que ya desde pequeños sabemos cómo ir construyendo nuestras actividades a partir de la forma en la que discriminamos la información que tenemos, y también sabemos cuándo debemos buscar más datos”, concluyó Gweon.

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