Cuatro de ellos abordaron una avioneta por primera vez, dos volaron hace un año, también por sus buenas calificaciones

Por: Eillyn Jiménez B. 9 septiembre, 2016

La hélice de la avioneta TI-BGA, de Sansa, comenzó a girar con rapidez; el capitán, Sergio Cabrera, anunció el inicio de un viaje de Alajuela a Quepos y, en ese instante, Susye Cordero Segura, de 8 años, sacó de su maletín una estampa de la Virgen de Los Ángeles con una oración al reverso.

Era la segunda vez que abordaba un vuelo gracias a sus buenas calificaciones y su madre le pidió rezar para regresar sana y salva a su casa.

Susye Cordero rezó antes de que el vuelo despegara. Ella se asustó un poco cuando la avioneta tomó altura.
Susye Cordero rezó antes de que el vuelo despegara. Ella se asustó un poco cuando la avioneta tomó altura.

Susye forma parte de un grupo de seis niños de la escuela El Rodeo, en Mora, San José, a los que Sansa les obsequió un viaje para celebrar su día de una manera diferente: por lo alto.

El requisito para abordar este particular vuelo era tener las mejores seis calificaciones de su centro educativo, al que a diario asisten 53 menores de diferentes niveles (de preescolar a sexto grado).

Unos asientos más adelante, Kaelan Oconitrillo Arguedas, de 7 años, viajaba en avioneta por primera vez. Los nervios le acompañaron desde la noche anterior, cuando casi no durmió a la espera del viaje.

Durante el recorrido sus oídos se "taponearon" debido al ruido de la aeronave, pero esa molestia desapareció de inmediato cuando el mar tocó sus pequeños pies morenos.

Funcionarios de la terminal de Sansa pesaron a Kaelan Oconitrillo Arguedas junto a su equipaje.
Funcionarios de la terminal de Sansa pesaron a Kaelan Oconitrillo Arguedas junto a su equipaje.

Ese fue el inicio de una aventura entre el agua de sal y la arena del Parque Nacional Manuel Antonio, no solo para él, sino también para Susye, Antonio López Sandí (12 años), Noemy Rodríguez Chaves (12 años), Maikel Arguedas Alvarado (11 años) y María Fernanda Umaña Martínez (12 años).

Todos bajaron algo aturdidos de la avioneta, debido al fuerte sonido en el aire, y confesaron sentir vacíos en el estómago al despegar y aterrizar. No obstante, tan pronto como se pusieron en contacto con el agua todo se convirtió en brincos, sonrisas y estructuras hechas en la arena, aunque estas eran derribadas, una y otra vez por las olas.

Al concluir el tiempo en la playa, las camisas, blusas y pantalones chorreaban agua y los cabellos lucían llenos de arena, pero el acúmulo de anécdotas crecía como la espuma.

Minutos después, de regreso a la microbús que los llevaría de nuevo al aeropuerto de Quepos, los niños disfrutaron de los senderos del Parque, donde pudieron observar un mapache, decenas de cangrejos y un venado, animales que no suelen ver en Mora.

Los niños disfrutaron en el Parque Nacional Manuel Antonio, donde estuvieron en el mar y caminaron por los senderos.
Los niños disfrutaron en el Parque Nacional Manuel Antonio, donde estuvieron en el mar y caminaron por los senderos.

Susye compró dos ocarinas, una para ella y otra para su hermana Jimena, las cuales sonó durante una buena parte del viaje de regreso.

La tarde de los seis niños finalizó con un baile de cumbia en la Marina Pez Vela, en el centro de Quepos, antes de abordar el vuelo que los trasladaría de nuevo a Alajuela. Allí abordaron una microbús hasta Mora.

El recuento de experiencias fue la tónica en ese trayecto, cada uno destacando un momento especial, que según ellos, hicieron de su día algo inolvidable.

María Fernanda Umaña corre con el pan hacia su casa antes del comienzo del viaje, mientras los familiares de Susye la despiden con una bendición.
María Fernanda Umaña corre con el pan hacia su casa antes del comienzo del viaje, mientras los familiares de Susye la despiden con una bendición.

Montarse en el avión fue el mejor momento del día para todos, aunque María Fernanda, Noemy, Maikel, Susye, Antonio y Kaelan también reconocieron que en la playa la pasaron bien.

Todos dijeron sentirse orgullosos de que su empeño escolar tenga recompensas como estas, por lo que esperan convertirse en el ejemplo para otros estudiantes del país.

En un año, le corresponderá a otros seis niños vivir esta experiencia, en la que Sansa elige —por dos años— a un centro educativo de escasos recursos para otorgarle los viajes a sus estudiantes más destacados.

Un perro del barrio acompañó a los estudiantes antes de salir de la escuela El Rodeo.
Un perro del barrio acompañó a los estudiantes antes de salir de la escuela El Rodeo.