19 abril, 2015
La Pila de la Melaza en el Cenac es uno de los espacios que albergan la práctica de poses y meditación. Basta con llevar un tapete y unirse a la clase de yoga que más le llame la atención. | JEFFREY ZAMORA
La Pila de la Melaza en el Cenac es uno de los espacios que albergan la práctica de poses y meditación. Basta con llevar un tapete y unirse a la clase de yoga que más le llame la atención. | JEFFREY ZAMORA

Darse una vuelta hoy por el Centro Nacional de Cultura (Cenac) conlleva la posibilidad de ver el yoga con otros ojos.

La premisa de la actividad es mostrar que toda persona puede disfrutar y beneficiarse de esta práctica.

“Queremos agrupar a las personas y ser unión, hacer comunidad y armonía. El yoga es muy integral, pues beneficia a todos y queremos compartir eso”, dijo Sofía Pérez, presidenta de Asoyoga.

Con las clases se pretende animar a cualquier persona a tomar una colchoneta y participar de las actividades.

“Hay clases para niños, adolescentes, adultos mayores, mujeres embarazadas... Y son de nivel básico e intermedio, para que la gente que no ha practicado yoga pueda acercarse y hacerlo”, agregó Pérez.

Más que poses. La oferta de lecciones en el festival deja claro que el yoga es más activo y retador de lo que comúnmente se piensa.

Lucía Quirós lo vivió en una clase de respiración cerebral , que se desarrolló al ritmo de tambores, palmadas, aullidos y mucha energía positiva.

“Fue una experiencia muy bonita, muy particular, con mucho movimiento y sentimiento. La gente hace ruidos, se mueve como un gato, como un dragón. El yoga en realidad es muy activo, muy fuerte”, expresó Quirós, quien lleva ocho años disfrutando de los frutos de la meditación y la respiración consciente.

Los organizadores del festival esperaban recibir a más de 1.000 asistentes por día.

El dinero recaudado gracias al pago de entradas permitirá que personas sin acceso fácil a clases de yoga obtengan su provecho físico, mental y emocional.

Los planes de acción social de Asoyoga llevan esta práctica a menores con cáncer terminal en el Hospital Nacional de Niños, a comunidades como La Carpio, en San José, y a centros penitenciarios como El Buen Pastor.