Países afrontan un nuevo paradigma de lograr desarrollo bajo en emisiones

Por: Michelle Soto 17 julio, 2015
Humberto Gonzalez de Limón y Didier Cascante de Guanacaste experimentaron este año lo que probablemente será la norma con el cambio climático. Según los escenarios del Instituto Metereológico Nacional (IMN), el Caribe será más húmedo mientras el Pacífico se mostrará más seco. | ALONSO TENORIO Y ALBERT MARÍN
Humberto Gonzalez de Limón y Didier Cascante de Guanacaste experimentaron este año lo que probablemente será la norma con el cambio climático. Según los escenarios del Instituto Metereológico Nacional (IMN), el Caribe será más húmedo mientras el Pacífico se mostrará más seco. | ALONSO TENORIO Y ALBERT MARÍN

Si la temperatura media del planeta continúa aumentando, la vida –como se conoce hoy– será insostenible.

Eventos extremos de sequía y lluvias, como los vividos este año en Guanacaste y Limón, serán la norma.

Los científicos lo vienen advirtiendo y los ambientalistas tratan de poner el tema en la agenda internacional, pero lo cierto es que la discusión está estancada porque políticos y economistas consideran que establecer cuotas a las emisiones de gases efecto invernadero (GEI) limita el desarrollo. Según expertos, la reducción debería ser de entre 40% y 70%.

“Pensando en Centroamérica, ¿qué significa seguir en la misma ruta de desarrollo? ¿Dos o tres huracanes ‘categoría Mitch’ al año? ¿Tener que reconstruir infraestructura tres veces en un decenio? No pensar en el cambio climático es ir en contra del mismo desarrollo”, enfatizó Jean Mendelson, embajador plenipotenciario de Cambio Climático de Francia para América Latina y el Caribe.

Cierto, el cambio climático es una amenaza tan grande como lo fue la guerra nuclear hace 60 años –así lo consideraron recientemente 30 científicos galardonados con el Premio Nobel – pero también puede ser una oportunidad para repensar el desarrollo.

Al menos así lo ve Mendelson, cuyo país será el anfitrión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21), que se llevará a cabo del 30 de noviembre al 11 de diciembre en la ciudad de París.

Esa reunión tiene el desafío de lograr un acuerdo vinculante para los 195 países, con el fin de establecer medidas que impidan que la temperatura aumente más de dos grados Celsius con respecto a la media de 1750 (época preindustrial).

La meta debe cumplirse al finalizar el siglo.

Apostar por modelos de desarrollo bajos en emisiones tiene sus beneficios, pues, al replantear las cadenas productivas, utilizar menos recursos y optimizar los existentes, se genera un ahorro y, económicamente, es más sostenible en el tiempo.

Ejemplos ya existen y Mendelson piensa que Costa Rica aporta varios. El Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) reportó que el país, a julio, cumplió 147 días sin recurrir a energía térmica.

De hecho, la meta del ICE es finalizar este año con un consumo de combustibles fósiles que no sobrepase el 2,9% de la matriz energética. Eso representaría un ahorro de ¢94.000 millones.

El Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) ya entregó el sello de carbono neutralidad a 32 empresas. “Estas firmas cuantificaron sus GEI (gases causantes del calentamiento global) y tomaron medidas para reducirlos al máximo, sin afectar su productividad”, detalló el Minae en un comunicado.

¿Estamos a las puertas de una revolución o cambio de paradigma? “ Yo diría que a las puertas de una revolución mental en la ciudadanía y, por tanto, en los países”, destacó Mendelson.

Urgencia. Unos 2.000 científicos de 100 países se reunieron la semana pasada en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), en París.

La cita sirvió para actualizar datos sobre el clima, los cuales imprimieron un sentido de urgencia al acuerdo que se firmaría en la COP21.

Un estudio del Instituto Potsdam para la Investigación de los Impactos Climáticos de Alemania, y publicado en la revista Climate Change, concluyó que las lluvias intensas fueron 12% más frecuentes en los últimos 30 años, lo que coincide con el incremento en la emisión de los GEI desde la década de los ochenta.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores analizaron los registros de precipitaciones extremas entre 1901 y 2010. Antes de 1980, la frecuencia de esas lluvias puede explicarse por razones naturales. Sin embargo, posterior a ese año, la frecuencia aumentó en relación a la acumulación de GEI.

Aunque el promedio para esas tres décadas analizadas fue de 12%, la intensificación fue significativamente mayor en los últimos años analizados, llegando a ser 26% más habituales de lo normal en el 2010.

Paralelo a esto, las zonas más secas sufrieron una reducción de precipitaciones de hasta 27%.