Arqueólogos analizan un conducto subterráneo de 55 metros de longitud

Por: Andrea Solano B. 8 septiembre, 2014
El arquéologo Esteban Romero y las estudiantes Andrea Soto y Sharon Ugalde son parte del equipo de investigación de la Escuela de Antropología de la Universidad de Costa Rica que analizó una estructura en el Monumento Nacional Guayabo y la cual suponen que es un acueducto. | GRACIELA SOLÍS.
El arquéologo Esteban Romero y las estudiantes Andrea Soto y Sharon Ugalde son parte del equipo de investigación de la Escuela de Antropología de la Universidad de Costa Rica que analizó una estructura en el Monumento Nacional Guayabo y la cual suponen que es un acueducto. | GRACIELA SOLÍS.

Al pie de una ladera que acumula grandes cantidades de agua, una sociedad precolombina de Costa Rica levantó su monumental aldea hace unos 1.000 años.

Quienes construyeron lo que hoy conocemos como el Monumento Nacional Guayabo, en Turrialba (Cartago), eran ingenieros y arquitectos expertos que diseñaron un complejo y eficiente sistema hidráulico.

Un equipo de arqueólogos de la Escuela de Antropología de la Universidad de Costa Rica (UCR) intenta descifrar cómo nuestros antepasados precolombinos lograron contener, canalizar y aprovechar las aguas almacenadas en el subsuelo para el consumo interno y las tareas cotidianas.

Durante su más reciente temporada de excavaciones –que finalizó en julio–, los arqueólogos se centraron en un supuesto acueducto situado al costado norte del sitio.

“Nuestro objetivo es determinar si un área que desemboca en uno de los estanques del sitio es un canal construido en época precolombina o si es una formación erosiva”, declaró el arqueólogo Gerardo Alarcón, coordinador del programa de investigaciones.

La italiana Irene Torreggiani es estudiante de Arqueología de la Universidad de Boloña y se unió al equipo pues presentará su trabajo final de graduación sobre el sistema hidráulico de Guayabo.

Alarcón y Torreggiani explicaron que sus investigaciones buscan comprobar las hipótesis planteadas por los investigadores Óscar Fonseca, Jorge Dubón y Hernán Solís en la década de 1980, sobre la red hidráulica en Guayabo.

“Fonseca estudió dos sistemas de abastecimiento de aguas: uno mayor y otro menor. Él propuso que había una conexión entre el estanque llamado 14 A, un canal que pasa por debajo de un empedrado, y otro estanque, llamado 14 B. Esto es lo que tratamos de comprobar”, declaró Torreggiani.

El estanque B tiene forma rectangular y es un claro ejemplo de una obra de ingeniería hidráulica, mientras que el estanque A está bastante colapsado y requiere mayor investigación.

Los arqueólogos Marco Arce y la Waka Kuboyama identificaron una escalinata de piedra con seis peldaños que conduce a una plataforma en un nivel superior. | GRACIELA SOLÍS.
Los arqueólogos Marco Arce y la Waka Kuboyama identificaron una escalinata de piedra con seis peldaños que conduce a una plataforma en un nivel superior. | GRACIELA SOLÍS.

Misterio bajo las rocas. El supuesto acueducto corre debajo de una calzada de piedra. Los arqueólogos estiman que ese canal de conducción de aguas mide cerca de 55 metros de longitud.

Los investigadores seleccionaron un pequeño sector del empedrado para realizar allí su excavación. “Lo que hicimos fue remover unas piedras de la calzada que ya estaban colapsadas, para observar cómo es el flujo del agua”, describió Torreggiani.

Para determinar si la estructura situada debajo de la calzada es un acueducto precolombino, los científicos prestan atención tanto a la forma en la que fue construido como a su funcionamiento.

“Al excavar debajo del empedrado, nos topamos con una capa de arcilla y piedras medianas que funciona como un soporte, como un nivel de preparación para recibir este empedrado. Esta capa permite sellar la conducción del agua”, detalló Alarcón.

Por su parte, Torreggiani agregó que debajo de esa capa existe otro nivel más, constituido por dos hileras de lajas de un lado y del otro, así como por sedimentos.

Otra de las incógnitas tiene que ver con el flujo del agua.

Para ello, los arqueólogos trabajaron al lado de expertos de la Escuela de Ingeniería Civil de la UCR. “Lo que se hizo fue medir los cambios en la conductividad del agua para poder comprobar que efectivamente estaba haciendo un recorrido y seguirle la pista”, explicó Paola Vidal, coordinadora del Laboratorio de Ingeniería Ambiental de la UCR.

La conductividad del agua es la capacidad que tiene este líquido para transportar electricidad.

Sin embargo, esa propiedad no es inherente al agua, por lo que es necesario inducírsela agregándole iones (átomos con carga eléctrica, no neutros).

Por esa razón, al agua se le coloca sal de mesa compuesta por átomos de sodio y de cloro. Los científicos agregaron la sal en cinco puntos de la posible ruta del agua: en la cima de la ladera, en su base, en la excavación, en un orificio en la calzada y en el estanque B.

Con ayuda de instrumentos especiales, los ingenieros midieron los cambios producidos en la conductividad. Esto les permitió corroborar que, efectivamente, hay conexión entre esos cinco puntos.

También se midieron distancias y tiempos, lo cual permitió realizar cálculos de velocidad.

“En algunos tramos, la velocidad resultó mucho más baja que lo previsto. Esto nos hace suponer que hay algún obstáculo: un sedimento o un colapso en la estructura, o simplemente que hay una curvatura en el diseño del canal”, agregó Vidal.

Tanto los arqueólogos como los ingenieros resaltan la destreza de los grupos precolombinos para resolver el problema de la gran acumulación de agua en la ladera que bordea la antigua aldea.