Por: Andrea Solano B. 1 abril, 2016
Alexis Aguilar sueña con convertirse en guía turístico del sitio del sitio. Catherine Chamorro pinta un mural en la comunidad. | JORGE NAVARRO
Alexis Aguilar sueña con convertirse en guía turístico del sitio del sitio. Catherine Chamorro pinta un mural en la comunidad. | JORGE NAVARRO

“Yo me siento como un montículo más. Aquí hay 12, entonces yo soy el número 13”, declaró Alexis Aguilar Calvo, vecino de la comunidad de Gallardo, en Puerto Jiménez de Puntarenas.

Don Alexis fue una de las personas que, en agosto del 2015, ingresó al sitio arqueológico Cantarero, en busca del oro adherido a la tierra arcillosa.

Él fue orero artesanal durante 19 años y extrajo metal del Parque Nacional Corcovado y del río Tigre, que bordea el sitio. “Yo también vine aquí a jalar sacos, no lo niego y algo sacamos. Pero, en ese momento, yo solo veía un pedrerío. No tenía idea de que la belleza no está en el metal que hay en el suelo, sino en la naturaleza y en la historia de este lugar”, confesó Aguilar, de 44 años.

Armado con un rastrillo, machete y botas de hule, Aguilar cumple puntualmente la tarea de limpiar el asentamiento por las mañanas. Este exorero vive de “chambas ocasionales”, pero actualmente está llevando cursos de capacitación para convertirse en guía turístico, como sucede con otros 15 lugareños.

“Estamos dispuestos a luchar para defender el lugar. Tenemos vigilancia hasta de noche y no vamos a dejar que nadie se meta a destruirlo”, aseguró Aguilar. Él también es parte de un comité que trabaja en la creación de una asociación comunal dedicada a la conservación del sitio arqueológico y a la promoción del turismo cultural en este.

La visitación turística abriría una alternativa para generar ingresos a una comunidad con escasas opciones de empleo y que depende de la extracción de oro. El proyecto busca integrar la riqueza natural que envuelve el lugar, pues, además de montículos y terrazas, esta aldea precolombina también es hogar de aves, mariposas, monos, tolomucos y otras especies. De hecho, el primer espacio, el que da la bienvenida al visitante, se llama plaza de los Tres Gigantes, en honor a una ceibo, un higuerón y un aguacatón que sobresalen ahí.

Color en el pueblo. Catherine Chamorro y Stephanie Marín son dos jóvenes vecinas de la comunidad, que comparten el entusiasmo de Alexis Aguilar por Cantarero.

Ambas muchachas están debutando como artistas y, desde hace tres semanas, pintan un mural en la entrada del pueblo para orientar a los futuros visitantes al asentamiento precolombino.

“Ese sitio me llena el alma. Me fascina llegar ahí e imaginarme cómo era que vivían esas personas. De verdad es necesario que todos lo cuidemos”, declaró Chamorro, de 15 años.