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La bóveda

Actualizado el 23 de mayo de 2014 a las 07:04 pm

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Un frío le recorrió el cuerpo, como si le hubiesen bajado el interruptor de encendido. En las fotografías que se desplegaban en la pantalla, entre tanta cara, reconoció a su hermano.

– ¿Todos los que están aquí es por asaltar? – preguntó al agente tratando de disimular su sorpresa.

–Son de delitos contra la propiedad, del rango de edad que nos dijo, que operan en el centro de San José, por la plaza de la Cultura, donde dice que vio que asaltaban a la muchacha.

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Pasaron 10 años para que lo volviera a ver; en esa ocasión pensó que el impacto no iba a ser tan grande, pues ya iba preparado, pero volvió a sentir el frío, el robo de energía

Ya no recordaba la cara del hampón que había asaltado a su compañera de universidad; el rostro de su hermano lo había llevado a otro mundo, fue como un pasaporte al pasado, revivió en instantes el pavor que le provocaba su hermano mayor, cómo lo molestaba cuando niño y hostigaba durante la adolescencia, el dolor que le produjo a su madre, las ofensas, los maltratos. Todos esos tormentos que había puesto bajo llave, regresaron como una violenta avalancha.

Dejó el edificio; aún nervioso, tomó el bus hasta su casa, se encerró en el cuarto y se propuso nunca más ir a San José.

A su madre prefirió no contarle nada; ella, al igual que él, ocultaba con blindaje los sentimientos y dolores del ayer. Su bóveda había sido vulnerada; sin embargo, la de su madre permanecía intacta, y así debía seguir.

Pasaron 10 años para que lo volviera a ver; en esa ocasión pensó que el impacto no iba a ser tan grande, pues ya iba preparado, pero volvió a sentir el frío, el robo de energía. A diferencia de la vez anterior, el reencuentro fue en persona; al igual que la vez anterior, fue en un edificio judicial.

Observó el cuerpo sin vida de su hermano mayor, la bóveda explotó de nuevo, pero ahora, con el aguacero de miedos de juventud, venían también remordimientos y culpas.

Pensó que, tal vez, si hubiese hecho algo, si hubiese intentado buscar a su hermano, darle ayuda, si, tal vez, se lo hubiera comentado a su madre.

Dejó el edificio; aún nervioso, tomó su automóvil, viajó hasta el centro de San José, y se sentó en una banca de la plaza de la Cultura; buscaba un fantasma, un recuerdo; no encontró nada.

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