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El saludo

Actualizado el 27 de noviembre de 2014 a las 05:31 pm

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La mirrusca figura caminaba apresurada por las calles; no medía ni metro cuarenta; parecía la modelo de un retrato de antaño que había escapado de una exposición de arte para deambular sonámbula y perdida. Cuando alguien se imagina a una anciana, a una típica y tradicional anciana, se la imagina a ella.Avanzaba, viendo el piso y levantando la mirada de cuando en cuando para apreciar las caras de los extraños. Aún no se adaptaba al mundo nuevo, ajetreado, líquido y rápido de la ciudad.Cargaba su bolso, en el cual llevaba nada más que el temor de andar lejos de su casa."Buenos días",  le dijo un hombre, ambablemente.Su corazón se detuvo por un momento y no fue lo suficientemente rápida para devolver el saludo; lo único que atinó a hacer fue caminar más rápido.

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También se olvidó de sus sueños suicidas; si alguien tenía la cortesía de saludarla, era porque aún merecía la pena estar viva.

Llegó a su casa; le era difícil respirar. Se sentó, temblando, en la mecedora. Cuando recobró la lucidez se preparó un té.“Buenos días” había dicho el caballero haciendo gala de una ya casi extinta y espontánea cortesía; era la primera vez que alguien le dirigía la palabra en siglos; era la primera vez que oía a alguien hablar dirigiéndose a ella, la primera vez en tanto, tanto tiempo que alguien la determinaba.Descartó sus sospechas de que era invisible. También se olvidó de sus sueños suicidas; si alguien tenía la cortesía de saludarla, era porque aún merecía la pena estar viva.Y pasaron los días y ese saludo la mantenía con vida, “¿habrá sido un ángel?”, se preguntaba, “o quizá tan solo un buen samaritano… una simple coincidencia, un hombre educado que andaba de buenas…”.Ocho días después se aventuró a transitar por el mismo camino, por el mismo lugar, a la misma hora, con temor a no encontrarlo, con temor a echarse a morir de nuevo, o peor aún, encontrarlo y que la ignorara. Todo eso pasó por su cabeza gastada y cansada de recordar tiempos mejores; pero no, el mismo desconocido de la vez anterior la saludó de la misma forma que la vez anterior, en la misma esquina de la vez anterior: “Buenos días”, dijo, clavándole una  inyección de adrenalina y felicidad a la receptora de su amabilidad.En esta ocasión, pudo asentir con la cabeza… “Una semana más de vida”, reflexionó agradecida, “aún hay esperanza en este mundo de mierda”.Y así fueron transcurriendo las semanas. La anciana y el extraño se topaban. La vida, el destino, la casualidad los hacía encontrarse, dándole a ella un respiro, una razón para no marchitarse en el olvido del invierno.El extraño ya no puede hacer su trabajo. No se anima, no tiene el valor. La tarea parecía sencilla: una viejecita con ideas suicidas, pero justo cuando estaba presto a llevársela, notó su esperanza y alegría. “Nunca debí saludarla”, reconoce la Muerte.

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