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Llueve en el país de la lluvia, y los lluvesinos nos sorprendemos

Actualizado el 13 de septiembre de 2014 a las 07:11 pm

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Llueve en el país de la lluvia, y los lluvesinos nos sorprendemos

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Siempre me ha sorprendido que la gente en este país, el País de la Lluvia, se sorprenda cuando llueve.

La lluvia es una consecuencia de vivir en el trópico, debería ser para nosotros, los lluvesinos, tan común como la nieve para los suecos.

Los lluvesinos no se acostumbran a la lluvia
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Los lluvesinos no se acostumbran a la lluvia (Archivo)

Cae la lluvia y pasa lo mismo siempre: las alcantarillas colapsan, las calles se llenan de presas, se roban los paraguas del balde  donde se dejan los paraguas cuando se entra a cualquier edificio.

Cae la lluvia y pasa lo mismo siempre: las alcantarillas colapsan, las calles se llenan de presas, se roban los paraguas del balde  donde se dejan los paraguas cuando se entra a cualquier edificio, la gente se moja, la gente se resfría, la gente llega tarde a su destino, la gente se queja del aguacero, del mismo aguacero que lo sorprende desde niño.

No somos lo suficiente europeos (apenas somos un poquitico suiciticos) para prevenir las congojas de la  lluvia; no construimos un paso techado que una la oficina con el parqueo, no arreglamos el limpiaparabrisas que está malo desde enero, no nos tomamos una pastilla para subir las defensas del organismo.

Un día de estos, un día de lluvia, caminé por San José, de mi apartamento a la farmacia. Me armé con la sombrilla del vecino, calcé unas sandalias –para no tener medias que se me mejoran– y recorrí el camino observando a los josefinos lluvesinos. La dependiente de la panadería colombiana  coquetea con el cliente; él, para resguardarse del agua, se queda más tiempo de la cuenta bajo el techito que protege las enchiladas y los cangrejos. El chofer del bus no pierde la paciencia, sonríe y le dice al chequeador que la nave anda con el aire acondicionado malo. Dos personas transexuales se cuentan chismes en la esquina de la escuela metálica, un descanso de su trabajo de servicio sexual.

No tomamos precauciones ante la lluvia porque nos gusta sorprendernos, porque nos gusta jugar la carta del azar, queremos que el día que salimos sin paraguas sea el día en que no llovió en el País de la Lluvia, o que llovió poco, o que llovió justo cuando estábamos haciendo fila en el Banco, y ¡nos salvamos!

La lluvia es un personaje más de nuestra vida, pero insistimos en que, pese a su apariencia monótona, siga siendo la que le dé un giro a la trama que hilvanamos: una pretexto para hablar con una desconocida, la excusa perfecta para llegar tarde al destino al que queremos llegar tarde, un recuerdo, un anhelo, una imagen de la ciudad escurrida.

Llueve en el País de la Lluvia y los lluvesinos nos sorprendemos casi tanto como los temblorinos se asustan cuando tiembla en el País de los Temblores.

Siempre me ha sorprendido que la gente se sorprende de que llueva, y siempre olvido  el paraguas en el carro.

@matablanco

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