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La furia

Actualizado el 11 de julio de 2014 a las 08:29 pm

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La furia que sentía Joaquín sólo podía quitársela despedazándole el hocico a Ricardo, el miserable que le robó su novia.

Había peleado muchas veces, en torneos, con árbitros y petos de taekwondo de por medio; pero nunca en el mundo real. Hacía tres años que había dejado el arte marcial y aunque recordaba las patadas y defensas más importantes, no las iba a utilizar; en la calle es otra cosa, es todo más instintivo, los golpes fluyen de forma natural. Además, Ricardo no le aguantaría ni un microround; esa furia que llevaba  adentro era suficiente para noquear a cualquiera.

No le importaba que lo tacharan de cavernícola, machista o macho alfa, él solo quería sacarse esa espina. No era culpa de ella; estaba claro en qué: Ricardo se la había gusaneado, la táctica del gusano miserable es lo más bajo que puede caer un hombre.

 
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El silencio reinó, ni siquiera Ricardo, que se mostró cobarde frente al gladiador que lo retaba, pronunció palabra. Joaquín estaba a punto de lanzar el primer puñetazo y llenar de sangre ajena las paredes de la casa de su exnovia.

La estrategia consiste en jugar la carta de amigo, acercarse a la chica de forma inofensiva, ser su paño de lágrimas, escuchar los problemas y deficiencias de la relación con su pareja, estar atento y en el momento justo serrucharle el piso al novio hasta derribarlo; ahí, justo ahí, el gusano ataca.

Luego ella acude al novio y le explica: “Fue de repente, no lo teníamos planeado… simplemente pasó”. Ellas realmente creen que es el destino lo que las une a los gusanos, y no la miserable estrategia de estos, pensaba Joaquín.

El rumor de que el gusano se llevaría una terrible golpiza se extendió, el mismo Ricardo sabía que si el ex de su chica lo agarraba, lo enviaría a Emergencias del San Juan de Dios.

Pasó el tiempo, la expectativa de la pelea crecía, el temor de Ricardo y de su amada era desbordante, pero insuficiente para que siquiera pensaran en romper. Ella intentó hablar con Joaquín, suplicarle que no le hiciera daño a su nueva pareja; mas la sentencia era inapelable.

Ella dio una fiesta en su casa, llegó todo el mundo, conocidos y amigos por conocer. Fue la presentación oficial de Ricardo como su nuevo novio; nunca imaginó que Joaquín llegaría, no lo invitó y supuso que respetaría su antigua y extinta relación, pero a él ya nada le importaba. Llegó con porte de malo y seis birras metidas en una  bolsa de supermercado. Las horas siguientes fueron tensas.

Nunca nadie ha podido explicar cómo fue que se desató el pleito,  quienes asistieron a la fiesta se saltan esa parte cuando cuentan la historia, y si alguien los interroga en detalle, solo atinan a divagar sin responder de forma clara. Lo cierto es que de un pronto a otro, Joaquín y Ricardo estaban dentro de un círculoa punto de medir fuerzas.

El silencio reinó, ni siquiera Ricardo, que se mostró cobarde frente al gladiador que lo retaba, pronunció palabra. Joaquín estaba a punto de lanzar el primer puñetazo y llenar de sangre ajena las paredes de la casa de su exnovia; pero, en lugar de atacar se marchó callado y sin cruzar mirada con nadie.

Él sabía que una vez que conectara el golpe, su furia se desvanecería. No podía dejarla escapar, prefirió aferrarse a ella, volverla su compañera, con ella podría vivir; por el contrario, con la tristeza, que aguardaba impaciente por invadirlo, no soportaría ni un día.

 @matablanco

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