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De Cartago a San José en bici para ir a mi trabajo: un viaje surrealista

54 kilómetros diarios. Muchos de ellos, en medio de angostas calles junto a potreros llenos de vacas, perros y caballos. Amanece: cambio las bocinas por el cantar de pájaros y grillos. Anochece: quedan en la mente los atardeceres mágicos, así como los delirios –tras la exigencia al cuerpo– camuflados de verdaderas luciérnagas fosforescentes.

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