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Tristes absurdos sirios

Actualizado el 19 de junio de 2013 a las 04:36 pm

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Tristes absurdos sirios

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Cuando una guerra se vuelve noticia solo por las acciones diplomáticas que genera, es cuando esa guerra ha alcanzado la más cruenta de las barbaries.

Llevamos más de dos años de conflicto en Siria y las notas que registran decesos ya no nos sorprenden. Se apagan diez, veinte, treinta... vidas en un bombardeo, y el incidente suena tan normal como alza en el combustible. Se trata, simplemente, de nuevas víctimas que engrosarán los números de la ONU, según los cuales, de estallido en estallido, ya han muerto 5.000 personas en promedio cada mes (93.000 en total, siete cada hora). La cifra, advierte el organismo, podría ser mucho peor.

Dos niños hermanos se recuperan en el hospital tras un bombardeo en Idleb, Siria.
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Dos niños hermanos se recuperan en el hospital tras un bombardeo en Idleb, Siria. (AP.)

La ONU ha documentado el homicidio de al menos 6.561 niños menores de edad.

La guerra siria seguía ahí la semana pasada, tan incómoda como cotidiana, hasta que Washington reconoció que el régimen de Bashar al-Asad ha utilizado armas químicas contra los rebeldes. Entonces el conflicto reapareció como una gran noticia. El uso de esas armas era la "línea roja" que había fijado el presidente y premio nobel de la Paz, Barack Obama, para cambiar su posición respecto al conflicto y considerar entregar armas a los rebeldes. Una línea roja que se cruza justo cuando el ejército de al-Asad, con ayuda de Hezbolá e Irán, se había alzado con triunfos importantes en Kuseir y los Altos del Golán, y se preparaba para aplastar Alepo, el principal bastión insurgente. Es decir, una línea que se cruza justo cuando el régimen lleva las de ganar.

¿Por qué las armas químicas sí logran retoques en el discurso de Washington? ¿No había ya la guerra destrozado los derechos más básicos como para buscarle una pronta salida? Si uno se detiene a pensar en Siria, lo único que hará será reunir preguntas sin respuesta. Quizá no pueda ser de otra forma: estamos hablando de una guerra, y una guerra es, ante todo, una sarta de sinsentidos.

Las armas químicas se prohibieron en 1993 mediante una convención que fue firmada por 188 Estados. Entre ellos no figura Siria, de modo que no está sometida a la supervisión de uso y contrucción de esas armas, cuyos efectos van desde descontroles nerviosos –los afectados lloran, salivan, orinan y defecan involuntariamente– hasta ampollas muy dolorosas y duraderas, así como daños genéticos a largo plazo.

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Una arma prohibida es toda una paradoja. ¿Por qué se prohibe una arma química y no aquel misil que se apresta a derrumbar la casa de una familia inocente? Prohibir una arma es ponerle reglas a la guerra; y ponerle reglas a la guerra es ponerle reglas al absurdo (y aún peor: justificarlo).

Los países del G-8 –en especial Rusia y Estados Unidos– buscaron esta semana apurar la salidad del conflicto. No pasó nada. El grupo de potencias respaldó una "transición democrática" y pidió que se celebre "lo antes posible" en Ginebra una reunión entre rebeldes y partidarios del régimen de Damasco. Pero Rusia volvió a insistir en que una salida de al-Asad, su socio, no puede ser una condición.

Barack Obama y Vladimir Putin discutieron en la cumbre del G-8 una salida al conflicto sirio.
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Barack Obama y Vladimir Putin discutieron en la cumbre del G-8 una salida al conflicto sirio. (AFP.)

Uno desearía que las democracias respondieran con más agilidad, que los estados de derecho recurrieran a sus valores  fundacionales para detener esta masacre. Pero ahí está la diplomacia, ese gigante de lentas reacciones que evita las posiciones moralmente incómodas. Ahí están Vladimir Putin y Barack Obama, en traje entero, sentados rígidamente uno al lado del otro, discutiendo una salida a esta pesadilla tan lejana. Ahí están, tratando de frenar un conflicto mientras Moscú dota de armas al régimen y Washington estudia la posibilidad de hacer lo propio con los rebeldes.

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