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Marihuana en Uruguay, un experimento necesario

Actualizado el 08 de agosto de 2013 a las 06:15 pm

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Marihuana en Uruguay, un experimento necesario

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Uruguay está a un paso de convertirse en el primer país en el mundo cuyo Estado se encarga de producir, distribuir y vender la marihuana. Solo falta la aprobación en el Senado, donde el Gobierno, promotor del proyecto, cuenta con la mayoría de los votos.

El presidente José Mujica venció la reticencia inicial en su partido y avanzó pese al rechazo de la mayoría de uruguayos. Para el mandatario, la ley despojará al narcotráfico de un mercado que mueve, con muertes y extorsiones, entre 30 y 40 millones de dólares al año. En Uruguay, el consumo de la marihuana no está penalizado, pero sí la comercialización. Además, dice el presidente, los consumidores podrán adquirir un producto de mayor calidad, con sustancias menos nocivas que las ofrecidas actualmente.

Dice el presidente Mujica que se trata de un "experimento de vanguardia", una respuesta a la fallida táctica de la lucha frontal contra el narco. Para ejemplos, México y Centroamérica. La guerra contra el narcotráfico en México se ha cobrado 60.000 vidas en los últimos seis años. La tasa de homicidios en el Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador) se ha disparado hasta convertir a esta región en la más peligrosa del mundo entre las que no están en guerra. Ni en Centroamérica ni en México el consumo de drogas ha disminuido.

En Uruguay, el consumo de la marihuana no está penalizado.
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En Uruguay, el consumo de la marihuana no está penalizado.

Con estos números y sin una solución a la vista, el experimento de Uruguay es un experimento necesario, que además se realiza en un laboratorio óptimo: el país más pacífico de América Latina, con bajos niveles de desempleo y pobreza, y una situación geográfica muy distinta de las inhóspitas selvas centroamericanas.

¿Cuáles serán los efectos de la iniciativa en Uruguay? Ante lo inédito de la ley, es difícil establecer un panorama, pero los resultados deberán analizarse más allá del impacto en el crimen y la inseguridad. Sería iluso pronosticar el acabose de los carteles de la droga si un proyecto como este se aplicara en México y Centroaméria, pues esas organizaciones han ampliado sus prácticas y hoy se nutren también del secuestro, la extorsión y la trata de personas.

En cambio, la medida sí supondría cambios en salud pública, pues la adicción de la marihuana podría tratarse sin los tabúes que la acompañan hoy. En la propuesta uruguaya, los consumidores deben inscribirse en un registro y tendrán una cuota mensual de 40 gramos. Quien sobrepase ese límite podrá ser identificado y recibir atención del sistema público. Es una persecución menos costosa, social y económicamente, que frenar de tajo el consumo (misión, por lo demás, utópica).

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Además, con la legislación también se dejarían de distraer recursos que hoy se utilizan en la localización y quema de plantaciones, y que podrían estarse empleando en programas de rehabilitación o en otros frentes de la inseguridad.

El proyecto uruguayo aparece cuando cada vez más voces se unen contra las políticas de represión, defendidas y auspiciadas por Estados Unidos. En este país, paradójicamente, Colorado y Washington ya permiten el consumo recreativo de la marihuana. La discusión también se asomó en la capital mexicana, donde la izquierda presentará en setiembre un proyecto similar al de Uruguay. De su lado, la OEA planteó semanas atrás, ante el recelo estadounidense, la necesidad de discutir la despenalización, debate que fue bien visto por la presidenta Laura Chinchilla.

Sin duda, son nuevos tiempos en el combate de la droga. Se puede estar en contra del consumo de la marihuana, pero ante la escalada de violencia en nuestra región, nadie puede negar que es necesario replantear la política de combate contra el narcotráfico. El de Uruguay es un paso que habrá que seguir con atención.

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