Guerra en Siria |

No a la intervención en Siria

El principal culpable del infierno sirio se llama Bashar al-Asad, un déspota que no dudó en aplastar desde el inicio las protestas populares contra su gobierno, mostrando una intransigencia monumental y un mensaje de odio y anulación contra sus detractores. Tomando en cuenta las injusticias cometidas por su régimen desde marzo del 2011, cuando todo comenzó, no es de extrañar que sean verídicas las acusaciones sobre uso de gas sarín que pesan hoy en su contra. Bombardeo tras bombardeo, tortura tras tortura, Bashar al-Asad ha demostrado que es capaz de lanzar cualquier arma letal contra su población.

Son cómplices de al-Asad aquellos gobiernos que han negado una y otra vez las atrocidades cometidas por el régimen. También son cómplices las potencias que, junto a aquellos gobiernos, han dado validez política al régimen encubriendo los hechos en nombre de una "búsqueda por una solución política". Esa búsqueda es necesaria, pero las intentonas han sido pura exhibición diplomática y han estado estado lejos –lejísimos– del compromiso que la crisis requiere.

El supuesto ataque químico del 21 de agosto se suma a una serie de barbaries ocurridas desde el inicio de la guerra (sí, porque desde hace meses existe una guerra en Siria). La espantosa cantidad de muertes denunciada por Estados Unidos –unas 1.500– representa cerca de un 1% de las víctimas que ha dejado este conflicto. Entonces resulta imposible no preguntarse por qué este ataque en específico modifica el accionar de Occidente: ¿es acaso más lamentable la muerte de niños en esas circunstancias que en un bombardeo cotidiano o un enfrentamiento por tierra? En Siria se han violado sistemáticamente los derechos humanos desde hace dos años. Actuar en este momento en nombre de ellos es puro y cruel cinismo.

Un grupo de personas se manifestó ayer frente a la Casa Blanca para pedirle al presidente, Barack Obama, que cese en sus intentos de atacar  Siria.  | AFP.
Protesta contra la intervención frente a la Casa Blanca. ampliar
Estados Unidos quiere actuar en Siria para defender sus propios intereses. Afirmarlo a estas alturas suena a pura banalidad. Ante las dudas, la misma Casa Blanca lo ha aclarado. "Las decisiones del presidente Obama serán guiadas por los intereses de Estados Unidos", dijo el jueves la portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, Caitlin Hayden. "El presidente está firmemente convencido de que la clave de esta situación son las medidas necesarias para proteger nuestro intereses básicos de seguridad nacional", la secundó el portavoz adjunto de Obama, Josh Earnest.

Además, no actúa por los derechos humanos un gobierno que mantiene abierta la cárcel de Guantánamo, que asesina sistemática y extrajudicialmente a sus enemigos con ataques de drones en los que caen, sobre todo, civiles, y que calla ante un golpe militar contra un presidente electo democráticamente (Egipto). Tampoco actúan por los derechos humanos gobiernos que niegan el Holocausto, que masacran la libertad de expresión deteniendo a disidentes, que impulsan leyes que reducen los derechos a minorías. Ni los amigos –Rusia, China, Irán– ni los enemigos –EE. UU., Francia, Gran Bretaña– de al-Asad anteponen en su defensa el bien del pueblo sirio.

Obama ha dicho que el ataque que planea será "limitado", un castigo para al-Asad por haber cruzado el límite que la Casa Blanca le había marcado. Pero el principal castigo lo recibirá, una vez más, la población inocente. En un país tan denso, es imposible que un ataque –viniendo o no de un nobel de la Paz– acabe con más civiles. Caerán bombas extranjeras y al-Asad castigará con más dureza a sus enemigos internos, inspirado por un discurso nacionalista de respuesta al invasor. Cada bomba abre más resentimiento, el alimento preferido de la guerra.

Yo estoy en contra del ataque estadounidense en Siria porque es ilegal (pero hoy en día eso es lo de menos), porque quienes pagarán serán los civiles, porque la ayuda internacional puede ser más efectiva de otra manera y porque a su impulsor –de oscurísimos antecedentes– no le importa el bienestar de ese país.

Yo apuesto por exigir una salida política y por dotar al país de una masiva ayuda humanitaria para reducir la catástrofe. Suena iluso, pero es la única puerta visible. Si por la mente pasa una invasión directa que acabe con al-Asad, piénsese en Irak. Si la idea de una salida política parece utópica, piénsese en Nelson Mandela.

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