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Owen, el de La Mosquitia

Actualizado el 25 de octubre de 2013 a las 09:50 am

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Owen, el de La Mosquitia

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Se llama Owen, tiene 27 años y hace dos viajó a Tegucigalpa para ingresar a la universidad. Para ello debió dejar las palmeras y las lagunas de su tierra natal, La Mosquitia, que pese a su exhuberancia es una de las regiones más abandonadas de Honduras y donde la mayor actividad económica es la pesca de buceo sin ningún equipo más que los pulmones. Muchas personas que practican el oficio, incluidos jóvenes, acaban paralíticos, y sus familias se las deben ingeniar sin ayuda del Estado. También es una zona atravesada por el narcotráfico, pero dice Owen que de eso solo unos cuantos sacan provecho.

Cuando Owen tenía nueve años, un rayo cayó sobre la plaza de futbol del pueblo. Diecinueve personas murieron, entre ellas su papá. Su madre luchó para que Owen y sus cinco hermanos concluyeran al menos la primaria. Lo hizo con las cabezas de ganado que dejó su padre, pero todo eso se acabó, cuenta Owen.

Owen acaba de regresar de La Mosquitia. Andaba dejando el cadáver de su tía, a quien cuidó durante las últimas semanas en el Hospital Escuela, el más grande de Tegucigalpa. Tenía cáncer. Uno de sus profesores me contó que Owen solo dejaba el hospital para venir a clases. Su tía fue quien lo ayudó a iniciar los estudios superiores y ahora Owen no tiene claro qué va a suceder. Solo tiene la certeza de que regresará con un título a La Mosquitia para ayudar a su gente. "Yo debo terminar a como sea", repite una y otra vez. Vive junto con dos primos en colonia Keneddy, el suburbio más grande de la capital, en el que habitan unas 150.000 personas. Caminar hasta la universidad le toma unos 40 minutos. A veces come, a veces no.

Se dice que Honduras cerrará este año con el 80% de su población sumida en la pobreza. Owen me cuenta su historia en la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, que tiene al frente un centro comercial en cuyo parqueo polulan automóviles modernos. La desigualdad en Honduras se vive a cada minuto. El martes hablé con una madre que alimenta a sus tres hijos con 500 lempiras (unos $25) a la quincena. En este centro comercial, un combo de comida rápida puede costar unas 200 lempiras.

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La ciudad es la selva de Owen. Dice que caminar sin dinero en Tegucigalpa es muy difícil. En La Mosquitia, pese a la pobreza, la gente al menos le daría algo de comer, pero en la capital a nadie le importa. "Uno sin dinero es un problema", dice. Además ha tenido que convivir con la discriminación de compañeros y profesores. Reconoce que él y los demás misquitos llegan con un nivel de conocimiento inferior, pero la culpa no es de ellos. "En La Mosquitia la enseñanza es muy mala. En mi ciclo básico no había profesores con título universitario". Owen cuenta el caso de un profesor de ciencias naturales que tan solo se había matriculado en la universidad; no asistió a ningún curso, pero daba clases gracias a que su tío era entonces director departamental de la zona. Su exprofesor ahora estudia en la Pedagógica, y Owen ha aprobado más cursos que él: 23 en año y medio, una marca sobresaliente. "Cuando yo llegué aquí dije: 'Soy misquito, esa es mi lengua materna y la defenderé, y si quiero salir adelante debo estudiar más que los demás'".

Owen sostiene que los políticos nada hacen por los indígenas y por eso está convencido de dejar el bipartidismo en las elecciones del 24 de noviembre. Como la gran mayoría de jóvenes con los que he hablado en esta universidad, votará por Xiomara Castro, del partido Libre. Sin embargo, sabe que en su zona no todos soltarán esa tradición centenaria. "A la gente poco le importa la política, pero regalan su voto a cambio de dinero, ropa, medicamentes, comida...".

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