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Honduras, elecciones sobre el pavimento

Actualizado el 23 de octubre de 2013 a las 09:06 am

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Las calles de Tegucigalpa son un álbum de fotografías de pasaporte. Los postes de luz están repletos de rostros de candidatos a la presidencia, a diputaciones y alcaldías. Son solo eso: rostros. No queda claro por qué un hondureño debería votar por uno u otro en las elecciones del 24 de noviembre. "Súbete a mi cucarachita", dice, sonriente, Juan Diego Zelaya, candidato a diputado por el Partido Nacional, en vallas colocadas por toda la ciudad. "Cucarachita" es lo que en Costa Rica llamamos "vocho". Así que Juan Diego Zelaya pide a los votantes de este país donde seis de cada diez personas viven en la pobreza... que se suban a su vocho.

En la televisión y los periódicos no cambian mucho las cosas: entrevistas complacientes, coberturas sesgadas para uno u otro bando, propaganda con reguetón y adaptaciones del Gangnam Style, ausencia de propuestas elaboradas para problemas tan complejos como el deficiente sistema de salud y el desempleo... La campaña arde con ataques directos entre partidos y denuncias de corrupción y fraude, en medio de un escenario inédito en la historia de Honduras, pues dos partidos debutantes (Libre y PAC) amenazan con romper la centenaria tradición del bipartidismo.

Sin embargo, aquí, en la colonia Arturo Quezada, a tan solo unos kilómetros del corazón capitalino, ese fragor político no llega. El concreto de los postes de luz se mantiene casi sin propaganda, tan solo impregnado por el polvo que levantan los buses y las mototaxis que logran sortear estas calles imposibles. A la gente de esta localidad poco le importa lo que sucede abajo, en la ciudad, sobre el pavimento. Y parece que a los candidatos poco les importa lo que sucede aquí. "A estos lugares nunca suben", dice Kevin, que recién alcanzó los 18 años con el escepticismo que acompaña a gran parte de los electores. Lo dice sobre una de las dos camas que apenas caben en esta casa de madera y sin divisiones, donde vive con su madre y sus dos hermanos. Podría votar en estas elecciones, pero no lo hará. Ni él ni su madre, que cocina unos frijoles con sal antes de que la hija menor parta hacia la escuela. Más tarde, cuando baje el sol, dice, cocinará las tortillas de la noche. Es la dieta de casi todos los días, que debe preparar con el agua que recoge en las dos horas semanales de servicio.

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Llegué a la colonia Arturo Quezada en compañía de Delcy, una colaboradora de la ONG Casa Alianza, que trabaja en la reinserción social de niños y adolescentes golpeados por la pobreza, el crimen y la violencia familiar. Sin compañía de alguien así, que conozca y a quien conozcan en la colonia, la entrada a estos lugares conlleva un riesgo muy alto. Para llegar, tomamos un "rapidito" (busetas más seguras que los buses normales, donde los asaltos suceden a diario) en el centro de la ciudad, que nos dejó a unos tres kilómetros del destino final. En medio del trayecto el chofer le entregó unos billetes a un motociclista que se detuvo en su ventanilla. Es muy probable que se tratara del "impuesto de guerra", cobrado por las pandillas y al que todas las rutas de transporte y numerosos comercios, incluso en la capital, están obligados a pagar para evitar la muerte propia o la de familiares. Un amigo que me ha ayudado a moverme por la ciudad dice que algunas empresas de transporte ya lo incluyen dentro de los gastos diarios, junto con la gasolina.

La violencia es tema de todos los días en Honduras. Todas las personas con las que he hablado tienen una historia que contar. En la calle, los autos viajan con las ventanas polarizadas subidas al tope. Parece que se movieran solos, sin mediación humana. Pero no se tarda en comprender que la inseguridad no es el problema que más molesta a los electores. El principal lastre del país, dicen, es la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades. Delcy me dice que una cosa lleva a la otra, pues los jóvenes desempleados muchas veces encuentran refugio en el crimen. En Honduras, más de cuatro de cada diez jóvenes menores de 30 años no tienen empleo.

Kevin está por terminar la secundaria y saldrá con un título de perito mercantil. Su padre murió y ha tenido que ayudar a su madre con las tareas diarias y el cuido de los dos hermanos, de 15 y 8 años. ¿Ya tiene opciones de empleo? "No todavía; pero uno está dispuesto a trabajar en lo que sea con tal de salir adelante", dice. Kevin no sabe dónde podrá trabajar, pero tiene la certeza de que ningún político, ni por más nuevo que sea, podrá remediar su situación.

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