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El flogisto, la flojística y el gran Lavoisier

Actualizado el 23 de diciembre de 2013 a las 03:36 pm

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El flogisto, la flojística y el gran Lavoisier

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‘Flogisto’ parece ser el sinónimo de ‘haragancito’, pero escrito con mala ortografía. En verdad, el ‘flogisto’ fue una substancia química que dejó de existir ya en el siglo XVIII, cuando el científico francés Antoine-Laurent Lavoisier demostró precisamente que el flogisto exhibía la más sutil de las características: la inexistencia.

En cambio, como sinónimo de ‘haragán’, el flojisto ha gozado de una vida más duradera. Lo escribiremos con jota pues, a veces, la mala ortografía nos lleva por el buen camino. Esto es una gran noticia ya que por el buen camino se llega antes porque en él no hay nadie.

El flojisto odia trabajar cual si fuese sindicalista vitalicio. El flojisto es quien deja todo para después como si ‘después’ fuese otra persona, mas resulta que Después es él mismo, pero con una semana de demora, con el trabajo amontonado y con el jefe que lo mira.

El flojisto es quien ha descubierto que la palabra ‘trabajo’ deriva de ‘tripalium’, un instrumento de tortura hecho con tres palos.

Podría decirse que la flojística es la parte de la psicología del trabajo que estudia cómo son los lunes a las ocho de la mañana.

La flojística es el síndrome que sufren los niños de Kindergarten cuando sienten que la vida se les está yendo en estudiar, y quienes, a la hora de hacer las tareas, exigen el derecho a la autoeducación.

Retornando al flogisto con ge, el médico alemán Georg Ernst Stahl (1660-1734) propuso la idea de que los cuerpos arden porque el fuego hace que pierdan una substancia, precisamente llamada ‘flogisto’.

El problema con el flogisto era que se conducía como un típico candidato entre dos elecciones: no se dejaba ver. Así, en vez ser una solución, el flogisto era otro problema que debía explicarse.

Herr Stahl cometió un error de método que, mucho antes, había señalado el monje inglés Guillermo de Ockham: los seres no deben multiplicarse sin necesidad; sin probarse precisamente que la explicación A resuelve el problema A.

Empero, tal postulado (la “navaja de Ockham”) no siempre es veraz pues un ser “inexistente” puede resolver un problema. Este fue el caso del planeta Neptuno, descubierto con meros cálculos –sin habérselo visto– porque causaba desviaciones en la órbita de Urano. O Urano o Isaac Newton se equivocaba, y Urano aceptó que Newton tenía la razón.

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Como fuere, Monsieur Lavoisier realizó lo que los demás debieron hacer en  vez de imaginar flogistos: darse el trabajo de pesar un cuerpo antes de su combustión y después de ella en una campana cerrada.

Lo que Lavoiser encontró fue singular: en algunos casos, el cuerpo pesaba más luego de su combustión, de modo que, si había tenido flogisto, este debía de guardarle mucho amor al cuerpo ajeno pues no se había ido a otra parte. El cuerpo combusto había ganado oxígeno: de aquí su mayor peso. Para encontrar la verdad, basta con vencer la seducción de la flojística.

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