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Teoría de la divagación y del eureka

Actualizado el 30 de diciembre de 2013 a las 10:25 am

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Teoría de la divagación y del eureka

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Ignorante es el experto que sabe todo lo que debe ignorarse sobre algo. Por supuesto, ignorar hoy no es fácil ya que la Internet nos lanza demasiada información y quiere extraernos de la ignorancia cual si fuese nuestra heroica maestra del Kindergarten (como dicen los alemanes al jardín de niños cuando los alemanes no saben español).

La maestra del Kinder es la persona que encuentra los casos perdidos; o sea, es quien nos conoció bien desde el primer día, cuando entendimos que el abecedario era la distancia más larga que había entre nosotros y la hora del recreo. La maestra del K. nos tasó como joyas al revés y supo ipso facto (o como se escriba) que nos quedaríamos igual, burreando ad libitum, pues el estudio nos entraba por un ojo y nos salía por la otra oreja.

Dicho sea de paso, ya que hablamos por escrito de ‘infante’, esto significa “niño tan pequeño que no habla”: se nota que el inventor de la palabra ‘infante’ nunca entró en un Kindergarten; pero esto es ya otro asunto, que no debió aparecer aquí pues las digresiones nunca deben notarse: solamente deben ocupar espacio cuando el redactor y la redactriz escriben bajo poca inspiración; o sea, en su estado natural.

Los y las niños y niñas son listos y listas, y nacen con una tremenda predisposición para la etimología, de modo que los y las saben que ‘escuela’ viene de una palabra griega que significa ‘ocio’ y están dispuestos-as a aplicarla como debe ser.

En ese sentido (siempre debe escribirse “en ese sentido” cuando ya no se sepa qué decir y cuando lo que siga carezca de conexión con lo escrito antes), el ocio y la divagación pueden ser verdaderas artes.

En ese sentido, la divagación es esencial en la oratoria pues sirve para que el público se vaya antes a divagar por su cuenta ya que todos tenemos cosas importantes en las cuales no pensar. Algunos políticos son maestros de la improvisación en los discursos y en el gobierno.

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Otra forma muy apreciada de la divagación surge cuando un poeta se pone a explicar sus versos: labor inútil pues basta leerlos para comprobar que son inexplicables. Los malos poetas que disertan sobre sus versos son como los asesinos que vuelven al lugar del crimen.

Después de divagar a gusto, nos preguntaríamos si este arte tan sutil tiene alguna utilidad, además de hacer que los relojes no avancen. Como siempre, la respuesta está en la ciencia, pese a sus muchos errores. (Los errores de la ciencia los corrige la ciencia, no el cine camerunés ni la lírica occitana, como suponen algunos anticientíficos popmodernos.)

En el libro Imaginar, Jonah Lehrer explica que la divagación no equivale al vacío; durante ella, el cerebro vuela a 100 hilando ideas y recuerdos que nunca se vincularían en una fase de concentración. Este palomar de ocurrencias puede suscitarnos descubrimientos. Cazamos ideas-mariposas que entraron por la ventana de una lectura y somos Arquímedes de un eureka que tal vez justifique nuestra vida.

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