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¡Contigo en la eternidad, Cheo Feliciano!

Actualizado el 17 de abril de 2014 a las 01:53 pm

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¡Contigo en la eternidad, Cheo Feliciano!

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Yo estoy contra los privilegios, pero defenderé siempre el privilegio de haber conocido a José Cheo Feliciano. Ya lo había detectado por su voz en 1970, cuando escuché Anacaona, la composición del genial cartero Tite Curet, en uno de esos discos de 45 revoluciones por minuto que hoy parecen hostias giratorias cortadas de la piedra de Rosetta. Tiempo después vi cantar a Cheo enNuestra cosa latina, la cinta documental fundante de la locura de la "salsa" y filmada en el bailódromo Cheetah, de Nueva York, en la demoledora noche del jueves 26 de agosto de 1971.

Con los años pasa el tiempo, y, al saber que el gran artista llegaría a San José en abril del 2006 para ofrecer un recital, le pedí una entrevista, cuya versión salió publicada Soho de Costa Rica. Si me hubiese encontrado ante Jorge Luis Borges o Francisco Umbral (a quienes nunca vi), no me habría emocionado más: ¡treinta y cinco años de la admiración más absoluta! Encontré una persona sencilla y amistosa, culta y bien hablada. Cheo relató su larga tragedia con las drogas y su resurrección voluntariosa. "Pero aún me queda el cigarrillo", añadió con el humo entre las manos.

Diez años antes de ese encuentro yo había escrito un artículo que apareció en La Nación de Costa Rica y que ha dado vueltas como un disco hasta convertirse en el texto que adjunto debajo. Apareció también en el libro Otras disquisiciones, publicado por Uruk, Editores, en el 2009.

Hoy, jueves 17 de abril del 2014, Cheo Feliciano murió para las pobres cosas de este mundo, no para la memoria.

.....

El último sonero

Cheo Feliciano es el clásico glorioso que cerró el siglo del bolero

Al gran José Cheo Feliciano lo ha perseguido la confusión como una doble sombra bajo una doble Luna. Cheo nació negro, crespo y uníparo, pero la homonimia le ha regalado un siamés inverosímil: blanco, lacio, ciego y guitarrista. Esto no se hace. Han pasado años, ha pasado todo el tiempo, y Cheo no ha podido desprenderse del mellizo, que es el negativo blanco de un negro. Lo que ocurre es que uno y otro, otro y uno, son antítesis que se parecen demasiado: ambos se llaman José Feliciano y son portorriqueños, cantantes y famosos.

A Cheo le toca vivir así con la diaria, obstinada sorpresa de saber que José Feliciano es único, aunque sean dos (su misterio no llega a trinidad, pero va cerca). «Crisis de identidad» llamó a esta maraña un sicólogo cuyo nombre extrañamente se ha olvidado. ¿Qué diría de todo esto don José Ortega y Gasset, el de la célebre sentencia «yo soy yo y mi circunstancia»? (Meditaciones del Quijote). Nada; más bien, Cheo corregiría: «Yo soy yo, el otro y las circunstancias de ambos». No importa cuánto hagan, los dos Josés vivirán reflejados en el farsante espejo de sus nombres hasta que ni la muerte los separe: «Aquí yace José Feliciano, el otro».

Sin embargo, ¡son tan diferentes! Para Cheo, José es la antimateria del estilo. Cuando lo llama la sangre, Cheo sale a romper cueros con las manos pues siempre quiso ser bongocero y no cantante; en cambio, José es un ciego de tímpano dorado, instrumentista que martilla prodigios sobre el yunque de aire de la guitarra. Cheo es una pantera de la selva afrocubana; José rara vez entra en la rumba (sus parajes son el rock y la balada).

Antaño, la voz de Cheo era profunda y seca, matizada e insinuante, de un timbre negro bellísimo que compartió con viejos maestros del yaz; la voz de José es desesperada, ultrajada, azotada, acuchillada –cortante y aguda–, ideal para exigir milagros (y lograrlos), y deshecha en quiebros, como la de un cantaor de las marismas sevillanas que rezase en el mar Caribe.

Ambos han grabado boleros, mas Cheo es bolerista finísimo, elegante y, cuando los entona, se pone un esmoquin sentimental así como Maquiavelo se vestía de gala para leer a los clásicos. En cambio, José se curva hacia el bolero-venganza, puñalero, damnificado y resentido; de cárcel, cantinas y aserrín; de copas rotas y vidrios por doquier; de sangre para todos (si Shakespeare hubiera compuesto un bolero, José Feliciano se lo habría cantado); de traiciones increíbles (pues lo son) y de un llanto atroz y adefesiero que –cual milagro eucarístico profano– brinda con un coctel de dolor, cerveza y lágrimas. En el bolero, Cheo cultiva la flor; José, la cebolla. Así pues, ya que se confunden tanto, podrían cantar a dúo Somos diferentes.

José Luis Feliciano Vega, Cheíto el Grande, nació en el barrio de Pancho Coímbre, en la sonera ciudad de Ponce, el 7 de julio de 1935. Lo acunó la pobreza, siempre atenta con los niños, y Cheo le correspondió durante años, tan fino él. De joven, Cheo cumplió con lo que todos esperamos del buen pobre: no codiciar los bienes ajenos. Claro está, así no se prospera, pero se da buen ejemplo –lo que realmente importa–.

Siendo Cheo muy joven, lo llamó la fama, pero le dejó una dirección harto imprecisa: Nueva York, Barrio Latino, que es como el París de los modestos. Allí, en 1952, le salió el diablo del cuerpo, y Cheo se arrimó a los grandes por si alguien le abría una oportunidad a sus fieras tumbadoras; pero no fue así.

Oído que lo hubo cantar el gran Tito Rodríguez, lo empleó como su reemplazo vocal en los demoledores recitales del Palladium, espantando la tristeza de quirófano que exhibe todo escenario sin gente. Siempre era de noche, y, siendo coronas del aire, las nubes se pasaban la voz, la gran voz de Cheo Feliciano. Así, había tanta electricidad en el aire que Cheo habría podido venderla. El mismo Tito lo recomendó después como cantante para el Sexteto de Joe Cuba: «Ahí está Cheo, que canta chévere». Con ese grupo de bárbaros rumbones, Cheo permaneció durante diez años (1957-1967), que fueron su escuela, su universidad y su desgracia.

La brusca aventura del éxito lo acercó a las cuatro puertas que ya anunciaba Daniel Santos. Desbaratado por el desorden, Cheo se echó al júbilo asesino de las drogas y terminó en el hospital y casi la cárcel; sólo le faltaban la iglesia y el cementerio, pero al tercer año resucitó. En 1970 estaba de vuelta enseñando quién manda aquí y dando lección de soneo absoluto.

En 1971, el artsita grabó el admirable disco de larga duraciónJosé Cheo Feliciano («Anacaona», «Pa’ que afinquen…») con un conjunto de alta joyería y entonó así su renacimiento:

«Como silencio guardé,

cantaron otros soneros

librando los nueve ceros

que una vez les dediqué».

Dos años después, Cheo lanzó otro disco terminante: Con una ayudita de mi amigo (el generoso cartero-compositor Catalino Tite Curet Alonso), definitiva baraja de boleros y guaguancós.

Ambos discos le hubieran valido, solos, una doble eternidad, pero, en 1972, Cheo se alzó a una de las cumbres de la música romántica cantada por un hombre. Si hay un disco de boleros como una lluvia de luna y que rebasará la cuesta del siglo, ese ha de ser La voz sensual de Cheo porque los diez temas que incluye son tan absolutamente perfectos que girarán en el eje del tiempo como un rosario de astros.

Sin embargo, hay que decirlo todo. A fines de los años 70, Cheo Feliciano comenzó a perder su voz espléndida; pero fue ya tarde para el fracaso porque la lenta agonía que empezaba nunca disolvió de la memoria al último sonero del siglo XX: al que –tigre en el guaguancó y señor en el bolero– había logrado la extraña arquitectura de meter la esquina rumbera en el salón. El Cheo eterno es ese: furor caliente y elegancia; descargas tremendísimas con el loco de Joe Cuba y violines suntuosos con el maestro Jorge Calandrelli.

Habría que trepar muy alto en el árbol de la sabiduría para encontrar las ramas de donde emergió Cheo. Una es Tito Rodríguez, el mismo que pasaba del rumbón violento Chen-cher-en gumá al bolero e himno Inolvidable, como quien cambia de mano un cigarrillo. Otra rama es Benny Moré, Jano de la música caribe, con una cara negra para las noches de África que aún golpean en Babarabatiri y una cara mestiza para ¡Oh, vida!, el bolero cálido, lento y rumoroso.

«Para quedar, un libro basta», ha dicho Ernesto Sabato. Cheo quedará tres veces para siempre con tres discos soberbios: es un clásico.

Ojalá que el siglo XXI nos traiga alguien que alcance a Cheo y que nos rescate del naufragio espeso de tantos hijastros de papá (Iglesias-Iglesias, Fernández-Fernández, etcétera-etcétera). Cuando un gigante pierde la voz, no se dan el trabajo de buscarla.

En fin, pasó la era de los dinosaurios; ahora sufrimos el minuto de las lagartijas. Que el ángel de la música no nos abandone. Así será pues el bolero nos ama. No puede evitarlo: es un sentimental.

San José, Costa Rica, 1996.

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