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Un día en la vida hubo 'tafies' con Paul McCartney

Actualizado el 06 de mayo de 2014 a las 05:30 pm

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Un día en la vida hubo 'tafies' con Paul McCartney

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A quienes iban conmigo se los dije muy claramente, cuando íbamos rumbo al Estadio Nacional: "Sí mariqueo en Here Today (la canción de 1982 que Paul McCartney le dedica a John Lennon, mi Beatle favorito) no se burlen, por favor".

Llegó Here Today y su letra, la conversación que se le quedó pendientes a los dos compositores más grandes del siglo XX, fue un asalto a los sentimientos: hubo que llorar. No quedó "más tren". En todo caso, todos estaban con el alma hecha un puño y todos tuvimos nuestro chance de sacar las lágrimas. Fue la canción 16 del concierto del jueves de sir Paul, quedaban 24 por delante y ya registraba mi segunda caída a lona; la primera, obvio, cuando el ex-Beatle salió al inmenso escenario colocado en el Estadio Nacional.

En ese instante caí en la cuenta, y creo que muchos, de que el sueño más loco o el más imposible era una realidad: Macca estaba en Tiquica y la espera, de no sé cuánto tiempo, se había acabado. Fueron casi tres horas de comunión con uno de los grandes del rock, parte de Los Beatles (el 25% para ser exacto). El hombre se dejó el pellejo sobre el escenario y todos quienes estábamos en La Sabana le dejamos el corazón, el galillo, los recuerdos y una felicidad tan grande que para describirla tengo la sospecha de que la palabra no ha sido inventada aún.

¿Cómo describir las emociones que todos vivimos la noche de un día que uno de Los Cuatro Grandes cantó en Costa Rica?

'Fans on the run'. Tal vez, una manera sea una señora que estaba a la par de mí (en gramilla), con toda la pinta de haber vivido la beatlemanía: bailó y cantó como nunca lo debe de haber hecho. ¿La diferencia? Estaba en coro con Paul. Había que seguirla. Quien escribe, normalmente díscolo para el baile, no aguantó, se echó a pista y bailó como lo hace Mafalda -fanática acérrima de Los Beatles- en varias de sus viñetas.

Es entendible: la música del cuarteto de Liverpool, de Wings y de Paul es parte de nuestro soundtrack personal, ya sea en un tocadiscos, una casetera, un walkman, un I-Pod, en la compu o en la nube de Internet. Todos tenemos una canción que nos tocó de alguna forma o nos acompañó de otra; por eso, cantarla con el Sir es algo que sencillamente muchos lo veían fuera de este mundo.

Desde ese jueves, las piezas de nuestro setlist particular tienen un plus: las cantamos con Paul McCartney. En Band on The Run, uno de los compas confesó, sin pena y en voz alta, la pérdida del control de sus esfínteres (metafóricamente hablando..., por suerte); otro, en su red social, proclamó que con Let it Be sus "calzones" se cayeron y declaró estar a "moco tendido"; otra, con esa misma, dijo que solo cerró los ojos y se dejó llevar. Live an Let Die casi nos  mata a todos: fue la que nos sacó el menudo a todos).

Live and Let Die

¡Todos juntos ya!

Por unas horas, todos nos fuimos de esta tierra y fuimos parte de la maravillosa Pepperland. Paul nos hizo sentir más en casa que nunca: dijo "pura vida"; llamó a los "maes" (le costó la palabrita) a cantar y se despachó con un "¡qué buena tafies"!, que rindió (más) a toda concurrencia.Todo, por supuesto, está programado y nada está fuera de lugar..., pero a nadie parece importarle. De hecho, lo de la 'tafies' fue la salida más celebrada de la noche. Ahí está el detalle: el respeto absoluto de Paul por su público que llega a sus conciertos, que lo hacen ser, como bien apuntó un amigo, el "mae de 71 años más joven que haya visto". Jovial y muy vivo, para quienes todavía creen en leyendas urbanas y salen con un domingo 7 mal vestido de nota periodística.

Escribo esta nota vivencial al final de la tarde siguiente del día en la vida en que Paul McCartney, uno de Los Cuatro Grandes, tocó en Costa Rica (fue publicada en Viva de La Nación, el 3 de mayo).

Durante el rato que la hice, reí, me alegré, me dio la nostalgia y la adrenalina volvió dispararse. Costó concentrarse porque ese viaje mágico y maravilloso con Paul McCartney fue demasiado para el espíritu y no bastan unas horas para sosegarlo; más bien, uno queda eléctrico y, eso sí, con los votos de fidelidad renovados con Macca y, por consiguiente, con Los Beatles. Esta felicidad no la voy a olvidar nunca. Disfruté este concierto de Paul más que al que asistí en México, el 3 de noviembre del 2012. Canté como nunca, bailé como lo hace Mafalda y lloré porque había que llorar. Inolvidable.

Todos podemos contar historias lindas de esa noche(que perdone don Vito Corleone por parafrasearle su cita). Esta fue la mía.

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