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Esas cosas de la obesidad que uno no entiende

Cuando el ejercicio y la alimentación balanceada se convierten en castigo

Actualizado el 30 de octubre de 2015 a las 05:10 pm

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Cuando el ejercicio y la alimentación balanceada se convierten en castigo

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Desde que tengo uso de razón, he visto el ejercicio y la alimentación saludable como un castigo y no como una bendición o un privilegiado regalo para mi cuerpo y mi espíritu.

Ha sido hasta años recientes cuando verdaderamente entiendo su importancia y siento la necesidad de que ambos hábitos formen parte de mi vida.

¿Por qué me pasó? Soy de las primeras generaciones que crecieron con la fascinación de la tele. Viví mi infancia en los años setenta, más sentada frente al televisor que jugando en el patio de la casa. 

En la escuela, por ser asmática, mi actividad física era reducidísima.

Recuerdo que apenas arrancaba en carrera a jugar "quedó" o escondido, el pecho se me apretaba y ponía freno automático a cualquier intención que yo tuviera de correr, brincar o moverme a una velocidad mayor a caminar.

Lo más que llegué a probar en aquella época fueron algunos ejercicios rítmicos que mis maestras ensayaban para alguna presentación especial. Nada de ahogos, sudor o esfuerzo.

Ya en el cole y superada el asma con el llamado "crecimiento", la única actividad física era caminar al Mauro Fernández, todos los días, ida y vuelta.

Digamos que yo veía eso como una rutina necesaria.

Lo que nunca terminó de gustarme fue Educación Física. El único deporte que llamó  mi atención fue el voleibol, pero los otros no me engancharon, o al menos los profesores no ayudaron mucho a que yo me enamorara de alguna disciplina.

La famosa prueba de Cooper la acabó de hacer. ¡Odio total! Todo lo que representaba, en especial correr durante no sé cuántos minutos seguidos, fue detestado por esta cristiana. ¡No lo logré!

Media hora de  ejercicio al día  protege la memoria. Cualquier actividad física es válida, como hacer aeróbicos, caminar o bailar. | ARCHIVO
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Media hora de ejercicio al día protege la memoria. Cualquier actividad física es válida, como hacer aeróbicos, caminar o bailar. | ARCHIVO

Además, en mi familia no tenía muchos modelos que seguir en cuanto a actividad física. Mis pobres papás, cada quien consumido en su rutina (uno, trabajando en una fábrica de cuadernos, y la otra hasta el cuello en los oficios del hogar), no hacían más que preocuparse por darnos de comer lo que se pudiera.

Una alimentación que, de hecho, se limitaba a arroz, frijoles, macarrones, pan con matequilla y, cuando había un poco más de entradas por las extenuantes jornadas de trabajo extra de mi papá, podíamos disfrutar de un bisté encebollado y huevo.

Se comía lo más barato y lo que nos tuviera llenos más tiempo.

No soy psicóloga, pero en un intento de autoconocerme y entender la razón de muchos de mis comportamientos con la comida, debo reconocer que todo aquello pasaba.

En la Universidad, con más educación y acceso a un campus que me ofrecía más, aprendí a nadar, hice un poco de yoga y de baile. Y empecé a conocer que había comida más sana.

Pero, ¡qué les diré!, muy en mi interior, la falta de movimiento quedó grabada así como esa necesidad de comer harinas y azúcares.

Tengo ya 44 años, y estoy cambiando muchos de los hábitos de comportamiento y pensamiento que han convivido conmigo a lo largo de todo este tiempo.

En esas estoy.

Aquí les comparto algunas de las reflexiones que Marianela Gamboa, psicóloga experta en temas de sobrepeso y obesidad me ayudó a preparar para este post. Explican mucho de lo que nos pasa a nosotros, los gordos.

La ciencia no solo respalda la necesidad de la primera comida del día, sino el hecho de que sea generosa. | ISTOCKPHOTO.COM
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La ciencia no solo respalda la necesidad de la primera comida del día, sino el hecho de que sea generosa. | ISTOCKPHOTO.COM

¿Por qué me autoflagelo con el ejercicio y las dietas?

Al escuchar las palabras “dieta” y “ejercicio”, pareciera que todas las personas entienden lo mismo, pero en realidad no.

Uno de los temas que se trabajan en el abordaje psíquico de la obesidad es cómo se construyeron los significados de ambas palabras en la vida de cada persona. Para averiguarlo, es necesario profundizar más allá de pensar en comida o en mover el cuerpo.

Preguntas acerca de la historia de su alimentación (quién alimentó, qué se restringió, cuándo y por qué, etc.) y experiencias con el cuerpo como burlas escolares, críticas de la familia, comparaciones, abusos sexuales, influyen directamente en esta relación “autoflagelante” con esa dieta y con ese ejercicio.

¡No es separado!  No crea que decidir reparar, curar y cuidar un cuerpo que ha sido maltratado con el peso de más, es sólo eso, reparar el daño del cuerpo. Para haber descuidado su cuerpo, tuvo que haberse activado una serie de condiciones no sólo ambientales, sino psíquicas para que usted lo permitiera.  Y ahora, intentar hacerse cargo del cuerpo a través de alimentación y el ejercicio, es tocar las fibras más profundas de la relación con su historia de vida.

De esta manera, el sentir un plan de alimentación o un plan de ejercicio como un “castigo”, es clara señal de la necesidad de profundizar en esas experiencias infantiles que permitirían comprender cómo puede ser posible que un propósito de cuidarse, puede tan fácilmente convertirse en todo lo contrario: un maltrato.

Y así, esa relación de maltratarse, pelearse hasta con lo que le haría un bien, son señales insistentes, que recuerdan, avisan, que siguen sin abordarse esas experiencias pasadas que requieren ser trabajadas a nivel psíquico.

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