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La comida ha sido mi enemiga número uno

Actualizado el 07 de junio de 2015 a las 04:04 pm

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La comida ha sido mi enemiga número uno

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No se vale. Digo yo.

No se vale que la comida haya sido mi mayor enemiga.

¿Por qué si es tan deliciosa, si aparece en los momentos más mágicos, junto amigos, amores, celebraciones y fiestas, por qué vainas la comida ha sido mi peor contrincante?

Cuando pienso en ella, resulta que debo prepararme para protegerme. Como si se tratara de una guerra.

No puedo comer helado porque me eleva el azúcar y termina alimentando los rollitos que tanto desvelan.

Tampoco puedo aspirar a un buen plato de arroz, frijoles y huevo duro porque si se me pasa la mano se cae la papada.

Menos planear en comer más de un tamal de cerdo al día porque ahí sí se harían millonarios los gimnasios conmigo: dicen que se requieren sesiones de varias horas diarias para eliminar los efectos del mejor platillo navideño de todos los tiempos.

Sí, ha sido mi mayor enemiga.

Así la he visto desde que tengo uso de razón.

Me implantaron el chip el día que me llamaron gorda y me llevaron a mi primer control nutricional en el Hospital Nacional de Niños cuando tenía menos de seis años.

La percibí como una rival en el momento en que mis compañeros de fiesta o de paseo dejaban los sobros para que Angelita acabara con ellos. (Total, ella termina con todo, suponía que pensaban).

Pasar contando calorías y porciones como la única vía para que no me hiciera daño, ha sido una de mis mayores pesadillas. ¡Insoportable!

Buscar sustitutos para el azúcar, eliminar el pan blanco porque es un veneno, desterrar las gaseosas y las frituras porque, a la postre, se convierten en una sentencia de muerte y de enfermedad...

Pensar en todo lo anterior, ha consumido gran parte de mis mejores años. Y agota.

Ya no quiero estar más peleada con las crepas de melocotón, los pejibayes con mayonesa, los bocadillos de jamón español o los chocolates belgas.

Disfrutar, de vez en cuando, de una buena crepa no tiene que ser un suplicio.
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Disfrutar, de vez en cuando, de una buena crepa no tiene que ser un suplicio. (Ángela Ávalos)

No quiero desgastarme más en una lucha que me obliga a librar batallas, al menos, tres o cuatro veces cada día.

Comeré por deleite, ni más ni menos.

Disfrutaré el goce de un buen platillo en compañía o en solitario, por el simple hecho de poder comer.

Eso no quiere decir que me sentaré a hartarme hasta reventar, no, porque esa no es la actitud que se espera de quienes se aman y aman la vida, como yo. No.

Haré las paces con la comida porque ya estoy cansada de enfrentarme a ella.

No es mi enemiga. Es mi aliada. Mi fuerza, mi ánimo y mi disfrute.

En cantidades justas. En calidades justas. Porque eso es lo que quiero para mí.

Perdono a la comida por lo que me ha hecho sufrir, y me perdono a mí misma por haberla convertido, sin justificación, en mi archienemiga. Ya no más.

¡Ah! Iré por un capuccino de media tarde, solo para disfrutar la deliciosa sensación de esa mezcla de canela, leche y café.

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