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El síndrome de no disfrutar los alimentos

Me dio mal de consciencia por comer una jugosa costilla de cerdo rostizada

Actualizado el 02 de marzo de 2015 a las 05:06 pm

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Me dio mal de consciencia por comer una jugosa costilla de cerdo rostizada

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El tema para este post surgió frente a una jugosa costilla de cerdo, tan grande como la de los Picapiedra.

Sucedió en uno de esos almuerzos que se toman, casi a la carrera, entre la finalización de una cobertura periodística y el arribo del carro que lo llevará a uno a la base (periódico).

Para no quedarme sin almorzar, pasé al restaurante que tiene un centro comercial frente al Hospital de Alajuela y pedí un almuerzo.

Tenía toda la intención de comer ensalada y fresco sin azúcar con alguna proteína. Fue cuando apareció ante mí, en el escaparate, una jugosa costilla de cerdo rostizada.

La pedí pensando en que la porción sería "normal"; como las nutricionistas recomiendan para las proteínas: que no supere el tamaño de la palma de su mano y tan gruesa como una delgada rebanada de queso.

¡Ja! Resulta que la famosa porción que distribuía ese restaurante es del tamaño de un plato largo, y el ancho ... bueno, el ancho de una jugosa costilla de cerdo rostizada (calculo que tendría entre 5 y 10 centímetros entre la parte más "delgada" y la gruesa).

La llamada ‘comida chatarra’ incluye alimentos como   pizza, papas fritas, hamburguesas, pollo frito, empanadas y queques.  |  ARCHIVO
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La llamada ‘comida chatarra’ incluye alimentos como pizza, papas fritas, hamburguesas, pollo frito, empanadas y queques. | ARCHIVO

A ese almuerzo solo le agregué una ensalada y el mentado fresco sin azúcar.

Remordimientos. Pero da la casualidad que no disfruté la costillita.

Cada pedazo que cortaba, cada mordisco que daba, era una punzada a la consciencia, como si lo que me estuviera comiendo fuera un terrible pecado capital.

Esa sensación tan incómoda me recordó cuánto he sufrido a lo largo de mi vida por comer.

La relación que he desarrollado con la comida, la mayor parte del tiempo, no me ha permitido ni disfrutarla como se debe ni ponerle los límites que la consciencia me dicta. ¡Ha sido una tortura!

¿Por qué no puedo comer tranquila?

Si decidí comprar y comer la jugosa costilla rostizada debí asumir el encargo con el mayor de los gustos y placeres. O cambiar de decisión.

La relación con la comida no ha sido, precisamente, de amor. También ha sido de odio.

Creo que esto nos pasa a muchos de quienes lidiamos con diferentes problemas de alimentación, no solo con el sobrepeso y la obesidad. Y es un punto realmente interesante de explorar para quienes ayudan a personas como yo.

¿Cómo podemos cambiar nuestra forma de ver la comida? Considerarla, por ejemplo, un aliado de nuestra vida y no un archienemigo dispuesto a desarmarle a uno todos los planes.

Disfrutarla sin remordimientos, pero con medida. Como siempre, con balance.

Les prometo para el próximo post sondear algunos consejos en esa línea. Me interesa conocerlos y estoy segura de que a muchos de ustedes también.

Los invito a seguir estos y otros contenidos del blog en la página de Facebookde El Peso del Peso.

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