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Sobrepeso y obesidad

La gordura, escudo contra las toqueteadas callejeras

Actualizado el 09 de octubre de 2015 a las 05:53 pm

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La gordura, escudo contra las toqueteadas callejeras

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Alguna vez, una psicóloga que intentaba ayudarme en este proceso de bajar de peso me preguntó: "Ángela, ¿para qué usa usted su gordura?"

Hoy, a propósito del acoso callejero contra las mujeres, recordé una de las razones. No es la única, aclaro.

Se me vino a la memoria esta tarde conversando con una colega sobre el sinfín de experiencias desagradables que sufrimos las mujeres por el acoso sexual callejero, y no tan callejero.

Recordé mi época de adolescente y adulta joven.

Yo era una chiquilla bonita, agraciada, que detestaba con toda la fuerza del corazón esas miradas rayando en lo animal que me lanzaban los hombres; sobre todo, los mayores.

Ese odio surgió en la escuela. Lo originó un maestro que no dirigía, precisamente, una mirada paternal a sus estudiantes; en especial, a las que estábamos en los niveles superiores.

No pasaba de la mirada. Pero ya para entonces, a pesar de mi tierna juventud, percibía sus malas intenciones. Me daba asco y detestaba sus clases.

LEA: ¿Por qué o para quién adelgaza usted?

Esa sensación siguió en el colegio, como adolescente. Yo caminaba, ida y vuelta, al Mauro Fernández, en Tibás.

Un día de tantos, un pendejo que trabajaba en un taller mecánico de la zona se me atravesó en el camino para manosearme un pecho.

¿Qué edad tendría yo en ese entonces? Quizá unos 14 o 15 años.

El viejo verde siguió su camino como si nada, y yo quedé temblando como un conejo, con la integridad violada.

De vez en cuando veo al decrépito viejo verde, que ya se transformó en un viejito de la tercera edad. 

La gordura, ¿un escudo? | MELISSA FERNÁNDEZ/ARCHIVO
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La gordura, ¿un escudo? | MELISSA FERNÁNDEZ/ARCHIVO

También recuerdo los viajes en bus. Iban repletos de viejos tocones.

En uno de tantos, camino a San José, mi hermana y yo sufrimos el acoso de un hombre que se nos lanzó encima: nosotras sentadas, y él de pie.

Mi hermana mayor, en defensa mía, sacó la sombrilla y se la plantó "en donde te conté", como diría mi mamá.

LEA: ¿Para qué uso mi gordura?

El mae, enfurecido, nos persiguió por varias cuadras en San José, cuando nos bajamos del bus.

Incontables las veces en que me llevé nalgadas de desconocidos, y escuché obscenidades irrepetibles. Igual, de viejos mayores, muy probablemente enfermos de la cabeza y del alma.

Ya mayor, tras mi primer gran proceso de engorde, como les conté, me puse en línea. Toda fit.

Fue cuando sentí una gran diferencia en el trato; en el antes y el después de la gordura. Un efecto similar a lo que los meteorólogos llamarían choque térmico.

De ser una gordita a la que nadie volvía a ver y que transitaba por la vida relativamente a salvo de cualquier tipo de acoso sexual (parece que a la mayoría de los hombres la grasa los asusta), pasé a convertirme en punto de atracción entre la población masculina.

Los "abejones de mayo" comenzaron a merodear por todo lado.¡Caían hasta del techo!

No podía ponerme un pantalón corriente, de oficina, porque sentía los ojos pegados en mi trasero.

Tampoco podía usar una blusa común y corriente porque, aunque me subiera los botones al máximo, las miradas se zambullían entre los pechos, como si tuvieran alguna extraña fijación materna.

El tipo de miradas, el tono de las palabras, aunque no me tocaban físicamente, sí lo hacían de otra manera.

Cuando salía a hacer ejercicio, ¡ni qué decir!

Parecía que no habían visto nunca a una mujer corriendo en pantaloneta; una pantaloneta que, por cierto, llegaba casi hasta las rodillas, aguadita, como manda la santa inquisición.

Aquí no hay diferencia de edad, sexo, religión o clase social. Esto del acoso es uno de los hábitos más "democráticos" que he conocido.

LEA: Verme al espejo desnunda y gorda, ¡qué shock!

Aquella psicóloga me preguntó un día para qué usaba la gordura.

En mi caso, para protegerme de muchas cosas.

Entre ellas, de este tipo de acoso, que, al menos a mí, me incomoda y  me parece una total agresión a la integridad de cualquier persona.

En este caso, de una mujer con todo el derecho a ser ella misma y andar por la calle con total tranquilidad y libertad.

Por supuesto, no todos los hombres son así.

Conocemos a uno que marcó la diferencia y se separó del resto de la manada. Para él, mi respeto y mis oraciones.

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