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La gran fiesta del fútbol

Mundial Francia 1938: Italia, bicampeón mundial

Actualizado el 20 de abril de 2014 a las 10:33 am

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Mundial Francia 1938: Italia, bicampeón mundial

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INTRODUCCIÓN

La tercera entrega de la historia de los Mundiales de Fútbol: Francia 1938. Esta Copa Mundial la pidió Francia, la organizó Francia y la vivió Francia, pero la ganó Italia con todo merecimiento. Fue su segundo título universal consecutivo con una mezcla de buen fútbol, marca férrea y sin ayudas, a pesar de que hubo una nueva presión de Il Duce, Benito Mussolini, para que la Squadra Azzurra ganara el cetro. Esta fórmula ganadora convirtió al equipo de Vittorio Pozzo en el primer bicampeón mundial de la historia. La reseña de este Mundial se complementa con un video de la final jugada ese año entre Italia e Hungría, que dura tres minutos y 55 segundos.

La tercera Copa del Mundo celebrada en 1938, en Francia, casi que a petición del presidente de la FIFA, el galo Jules Rimet, tuvo como entorno previo a una Europa en conflicto. La geografía del continente no había logrado reponerse a la débil situación social, económica y política de la Primera Guerra Mundial.

El zaguero italiano, Alfredo Foni, despeja una pelota en forma acrobática, durante la final de 1938 ganada por su país, 4-2, sobre los húngaros.
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El zaguero italiano, Alfredo Foni, despeja una pelota en forma acrobática, durante la final de 1938 ganada por su país, 4-2, sobre los húngaros. (Archivo LN)

Los Gobiernos en el Viejo Continente entendieron que las antiguas estructuras ya no eran la solución para los problemas en todos los sectores de la sociedad. 

Entonces, los aires, los estragos y divergencias de la guerra, para cambiar el mapa de Europa, comenzaban a asomarse sobre el futbol. El dictador alemán Adolfo Hitler, al mando del Tercer Reich, invadió Austria, que desapareció del mapa como país por el Anschluss (la adhesión de territorios), se le rebautizó Östmark y fue degradada al rango de un simple distrito.

El Führer quería capitalizar un triunfo deportivo para la Alemania nazi y sacar provecho del talento desbordante de los jugadores de Austria, que era potencia futbolística en la época. El técnico Sepp Herberger llevó a Raftl, Skoumal, Stroh, Hahnemann y Neumer, quienes obligados se pusieron la camiseta alemana en el Mundial en un equipo, en teoría, invencible; aunque la verdad nunca terminaron de amalgamarse por tener estilos diferentes para jugar: el alemán simboliza la fuerza y el austríaco la habilidad y la rapidez mental.

Pero, por sobre todas las cosas, Alemania quería en sus filas a un hombre del equipo austríaco, Mathias Sindelar. Con el conocido “Mozart del futbol”, el triunfo teutón hubiera sido fácil en Francia, pero Sindelar dijo que “no”. Había dos razones por las que se negó a jugar con la esvástica en el pecho: sus ganas de ser digno y su esposa judía, Camila Castagnola. La insistencia de los directivos alemanes llegó hasta la intimidación, pero Mathias no aflojó.

El célebre Wunderteam o equipo maravilloso de Austria había eliminado a Letonia y Lituania, pero pasó a ser patrimonio del pasado e inició la historia de frustraciones de los “grandes” que no fueron campeones mundiales, como Hungría y Holanda. Su estrella Sindelar se suicidó junto a su esposa, medio año después de concluido el Mundial, el 22 de enero de 1939, y 40.000 personas asistieron a sus honras fúnebres en enorme manifestación de duelo.

Varios años antes, en 1935, el fascismo del dictador italiano Benito Mussolini, Il Duce, quien quería otra victoria mundialista, comenzó la expansión de su imperio al invadir Etiopía. Y en julio de 1936, el general Francisco Franco encabezó la sangrienta revuelta militar en España, destrozada por los estragos y cañones de una terrible guerra civil que duró hasta el 8 de marzo de 1939. 

Por su lado, Egipto y Japón se encontraban en otros menesteres, mucho más importantes que formar una selección y participar en la eliminatoria del Mundial. Los nipones no lo hicieron, por el conflicto bélico que sostenían con China. Así que el común denominador en el planeta fueron los conflictos bélicos.

BOICOT A LA COPA

Mientras el mundo estaba casi en guerra, Francia se postuló para montar el Campeonato Mundial de 1938. Y era casi imposible que se le dijera que “no”, especialmente al insistente jerarca de la FIFA, Jules Rimet, era el padre de la Copa universal que empezaba a crecer cada cuatro años.

El rival de Francia en la organización del Mundial del 38 fue Argentina, en un territorio estable, pero la votación que se hizo en Berlín, durante el Congreso de 1936, dejó fuera de la conversación a los suramericanos. Como represalia, los dirigentes argentinos consiguieron aliados como Costa Rica para imponer un boicot, al argumentar que las sedes debían alternarse entre un continente y el otro. 

Uruguay también le dijo “no” a la competencia mundialista porque, al igual que en la edición de 1934, todavía estaba molesto por el bloqueo que algunos países europeos le hicieron a “su” Mundial, ocho años atrás. 

Perú, Paraguay y Ecuador, por su parte, no se inscribieron, principalmente por motivos económicos. Por ello, a esta Copa se la llamó “la de los europeos”, porque Brasil y Cuba –avanzó a la segunda fase, pero fue frenado por Suecia– fueron los únicos países de América que intervinieron. 

El torneo tuvo etiqueta de europeo. Todo giraba alrededor de las potencias del Viejo Continente y, en particular, de lo que pudieran desarrollar Italia, Hungría y Checoslovaquia ya que Inglaterra, como de costumbre, había preferido no participar en el Mundial porque sus dirigentes consideraban que no tenía valor y no habían tenido tiempo de armar un equipo a la altura del acontecimiento. 

Por primera vez, los dirigentes de la FIFA establecieron que el ganador del torneo anterior –es decir, el nuevo campeón mundial Italia– no intervendría en las futuras eliminatorias, del mismo modo que el país organizador (Francia).

Asimismo, se presentó por primera vez la inscripción de 22 jugadores por cada país participante y el organismo rector del futbol canceló el traslado de 17 personas por cada delegación, en coche cama de segunda clase y los gastos de estadía, a razón de tres dólares por persona y por día.Además, los organizadores pagaron unos 50 centavos de dólar para cubrir los gastos menores, desde cinco días antes del primer encuentro hasta los dos siguientes del último duelo que disputara cada seleccionado mundialista.

Algo también original fue la decisión respecto de un posible empate en el primer puesto, que no podía ser quebrado con los alargues y desempates. En este caso, los dos equipos serían declarados campeones por “igual mérito”.

El sistema de este campeonato universal sería por el de eliminación directa a la primera derrota que se presente, como sucedió en la edición de 1934. Algo muy cruel, pero efectivo, pues había que ganar o ganar. 

Las reglas del futbol, escritas por los ingleses en 1898, alcanzaron ese mismo año su redacción definitiva. Una de las últimas novedades fue el trazado de un semicírculo frente al área grande, para que ningún jugador se situara a menos de 9,15 metros en el momento de patearse un tiro de penal.

BRASIL DIO LA PELEA 

Una Copa del Mundo de mal ambiente en 1938. De un total de 36 selecciones inscritas, participan 26 en las eliminatorias y 15 en la fase final. Pese a que los números del torneo hablan de que fue un gran campeonato, hay en París un clima de guerra mundial y, por ello, alemanes e italianos tenían en contra los aficionados franceses.

El gran fracaso de este “Mundial prebélico” fue de Alemania, que acababa de anexionarse a Austria. Al formar un solo país, el imperio de Hitler presentó un conjunto por cinco austríacos y seis alemanes. En el primer partido, los alemanes empatan 1-1 con Suiza; en el segundo se prescinde de los cinco austríacos y juega con alemanes, pero pierden 4-2 contra los helvéticos.

Italia estaba descartada por los críticos de la época, pese a que se consagró en las Olimpiadas de Berlín 1936. Es que le había costado mucho ganarle en tiempos extras a Noruega (2-1), en su presentación de octavos. Y, además, ya se había echado a todo el público en contra cuando saludó al estilo fascista. 

Antes de la competencia, Brasil y Hungría eran los favoritos. Los representantes suramericanos nada tenían que aprender y sí mucho que enseñar, porque venían jugando muy bien bajo el espectacular influjo de su estrella Leónidas da Silva, el Diamante Negro, factor fundamental en los encuentros previos y máximo goleador del campeonato. 

Y los magiares aspiraban al cetro pues, con la conducción de György Sarosi y sobre la base del club Ferencvaros, que estaba colmado de talento, metieron ¡17 goles! en sus dos primeros partidos de la Copa Mundial: 11 a Grecia (11-1), en la eliminatoria previa, y seis en la ronda de los octavos de final al debutante asiático, Indias Orientales Holandesas (6-0), que hoy es Indonesia y había fundado una asociación nacional separada, con el acuerdo de Holanda. 

En los cuartos de final, el 12 de junio, Hungría eliminó a Suiza por 2-0, Italia resucitó su futbol de calidad ante Francia para vencer 3-1, Suecia apabulló 8-0 a Cuba y Brasil dejó en un buen lugar a América, aunque por ser poco efectivo necesitó de dos encuentros para dejar fuera a Checoslovaquia (1-1 y 2-1).

El Scracht du Ouro sacó la cara por los americanos y tuvo a mal traer a los más encumbrados equipos europeos, con la presencia de siete elementos que estuvieron en Italia 1934. Prueba de ello fue que finalizó en el tercer puesto. 

Dos jugadores emergieron sobre los demás, por su talento y capacidad: el defensor Domingos da Guía y el goleador Leónidas da Silva. Este último y Tim (Elba Padua da Lima, extécnico de Perú en España 1982) fueron reservados para un probable partido final y no fueron incluidos en la semifinal ante Italia.

Según su técnico Adhemar Pimenta, no utilizó a Leónidas y a Tim en el cuadro titular porque “los queremos tener bien frescos para la final”. Una exagerada confianza. Se equivocó. Italia quedó por encima de los brasileños y ganó 1-2. Así, a pesar de los “analistas”, los italianos estaban otra vez en la final contra Hungría, que en la fase de semifinales se impusieron 5-1 a Suecia.

Leónidas reapareció contra Suecia, en la disputa del tercer puesto, y señaló dos tantos victoriosos que fueron su despedida mundialista, como la gran figura de la Copa de 1938. Al final, Brasil ganó 4-2 y fue tercero del mundo.

LA FINAL: "¡VENCER O... MORIR!"

Vittorio Pozzo, el orgulloso técnico, posa con la copa rodeado de sus pupilos, bicampeones en 1938. Arriba: Biavati, Pozzo, Piola, Ferrari y Colaussi. Abajo: Locatelli, Meazza, Foni, Olivieri, Rava y Andreolo. En primer plano: Serantoni.
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Vittorio Pozzo, el orgulloso técnico, posa con la copa rodeado de sus pupilos, bicampeones en 1938. Arriba: Biavati, Pozzo, Piola, Ferrari y Colaussi. Abajo: Locatelli, Meazza, Foni, Olivieri, Rava y Andreolo. En primer plano: Serantoni. (Archivo LN)

Se repitió la historia. Italia se encontró en la final de 1938 ante otra selección del centro de Europa: Hungría. Y, de nuevo, los hombres del viejo entrenador Vittorio Pozzo saltaron al campo con la obligación de ganar o ganar.

Poco antes de iniciarse el partido en el legendario estadio Colombes de París, Francia, apareció la sombra del fascismo. El dictador Benito Mussolini, Il Duce, envió un telegrama a la concentración, dirigido al capitán del equipo, Giuseppe Meazza.

“Debemos ser campeones para demostrar lo que es el ideal fascista...”. Y el mensaje de Il Duce terminaba con un elocuente: “vencer o morir”. Por fortuna para la Azzurri, lo último no fue necesario, pese a los nervios imperantes.

París disfrutó de una sustanciosa final de campeonato, el 19 de junio de 1938, en un escenario atestado de público (45.124 aficionados). Estuvieron presentes el presidente de Francia, Albert Lebrun; el jerarca de la FIFA, Jules Rimet, y varios ministros del gabinete galo. Menos los equipos, casi todo era francés…

Italianos y húngaros cumplieron una campaña excelente, de continuos triunfos, con un futbol potente y positivo. Y la final fue una auténtica expresión de fiesta futbolística, de gran nivel cualitativo y de exquisito contenido técnico. 

Partido para sentirlo, para vivirlo, para sufrirlo, para gustarlo. Jules Rimet, el presidente de la FIFA, que tanto había luchado para que “su” Francia fuera sede de la Copa, refrescaba así aquella finalísima: “Los italianos, rápidos, con reflejos instantáneos, con jugadas hábiles para romper la defensa adversaria, frente a los húngaros, de juego más clásico, más científico...”.

Se desplegó un ritmo rápido, de balompié limpio y elegante. Los húngaros jugaban un futbol similar al de Francia, si bien más fino, hábil y artístico, aunque no faltaba quienes lo culpaban de aferrarse demasiado al balón. En cambio, la estrategia de los fuertes y veloces italianos se había perfeccionado y era consistente en realizar ataques relámpago desde una defensa sólida.

Muy rápido el equipo italiano se puso arriba en la pizarra, con el gol sorpresivo de Gino Colaussi (6’), pero casi de inmediato vino el empate húngaro con Pál Titkos (8’). Estas anotaciones prematuras dotaron al encuentro de una gran emotividad, que se sostuvo pese a que, antes del descanso, los italianos inclinaron el trámite a su favor con las conquistas de Silvio Piola (16’) y de nuevo de Gino Colaussi (35’). La situación quedó momentáneamente 3-1.

Sin embargo, los ágiles delanteros magiares, comandados por su capitán, el Dr. György Sarosi, obligaron a redoblar esfuerzos a la defensiva italiana, en cada una de sus peligrosas aproximaciones, y motivaron el suspenso al establecer una diferencia mínima a 20 minutos del final con el tanto de Sarosi.

Con el dramático descuento del 3-2, la muchedumbre francesa aclamó al conjunto de Hungría, que no parecía resignarse ante la mejor producción azul y puso sus últimas energías para lograr el tanto que igualara la contienda.

EL DESENLACE

En este período de intensa presión húngara para acosar con insistencia la cabaña de Aldo Olivieri, los italianos realizaron otro contraataque relámpago. Después de pasarse el balón dos veces entre sí, Silvio Piola y Amedeo Biavati avanzaron con rapidez y el oportuno centro delantero Piola disparó el balón hacia la meta magiar y se anidó en la red, al minuto 82.

Fue el segundo tanto de la cosecha personal de Piola, para consagrar a Italia por segunda vez con un inapelable y lapidario 4-2. El resultado final de la Copa Mundial de 1938 estaba decidido, en un juego digno de un torneo tan importante en el cual los italianos merecieron el título universal.

Aquella final, jugada con una gran dinámica e inteligencia, fue el broche de oro que mereció la competencia organizada por la FIFA, una de las mejores que se han jugado en la historia del trofeo.

En contraste con lo ocurrido cuatro años antes, en el Mundial de 1934, la mejor estrategia y la habilidad técnica del equipo de Vittorio Pozzo fueron los factores decisivos para que los italianos alcanzaran la victoria, más allá de la capacidad de duros adversarios como György Sarosi, Gyula Zsengeller o Pál Titkos. 

Los magiares abandonaron el campo llorando. Solo el portero Antal Szabó fue capaz de esbozar una declaración: “Nunca me había sentido tan feliz por perder. Al menos, encajando cuatro goles, salvé la vida de 11 seres humanos... Me han contado del telegrama de Mussolini: vencer o morir. Y han vencido”.

Todo el estadio Colombes tuvo que rendirse ante la realidad: Italia era el bicampeón del mundo. El trofeo iría otra vez a Roma, otra vez a manos de Mussolini y otra vez la exaltación del fascismo...

La Copa debía quedarse cuatro años en custodia de Italia. Los jugadores se separaron, entonces, con los brazos cargados de recuerdos. A dos meses de la movilización de las tropas francesas ante la amenaza nazi en el conflicto bélico y a 14 meses del propio estallido de la guerra, la humanidad parecía ignorar, gracias al futbol, lo que lanzaría al orbe en el mayor cataclismo de la historia.

Entonces, el título mundial de 1938 en poder de Italia por segunda vez consecutiva, estaba así asegurado para los próximos cuatro años. Pero hubo un largo duelo de 12 años, hasta Brasil 1950, debido a que el planeta estaba muy confuso. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el planeta se paralizó en setiembre de 1939, cuando el tronar de los cañones sustituyó al griterío alegre y entusiasta de los estadios de futbol. Ahí la FIFA y la Federación Italiana de Fútbol dispusieron que la vigilancia del trofeo fuera por mucho más tiempo. 

En medio de esta tragedia de la humanidad era imposible jugar el Mundial de 1942, pretendido por Alemania, Argentina y Brasil. Los mares se transformaron en peligrosos espacios para la navegación y el mundo fue testigo de una de las contiendas bélicas más largas de la historia. La Gran Guerra terminó en 1945.

Tampoco se pudo jugar el Mundial de 1946. El orbe necesitaba más tiempo para acomodarse luego de tan terrible conflicto. Recién los Mundiales volverían cuatro años más tarde, con la cita de Brasil 1950, que será el tema de nuestro siguiente blog, en el segmento semanal de los “Mundiales de futbol”.

SÍNTESIS DEL TORNEO

Campeón mundial: Italia.

Países miembros de la FIFA: 57.

Países en la eliminatoria: 36.

Sedes: París, Burdeos, Marsella, Toulouse, Antibes, Le Havre, Lille, Reims y Estrasburgo (Francia).

Participantes: 15.

Partidos jugados: 18.

Goles anotados: 84 (promedio: 4,67 por partido).

Mejor ataque: Hungría (15 goles en 4 juegos; promedio: 3,75 por juego). 

Mejor defensa: Checoslovaquia (3 goles en 3 juegos; promedio: 1 por juego).

Goleador del torneo: Leónidas da Silva, Brasil (7 tantos).

Total de espectadores: 483.000 (promedio: 26.833 por partido).

EQUIPO IDEAL DE 1938

Sistema de juego: 2-3-5.

Portero: Frantisek Planicka (Checoslovaquia). 

Defensas: Domingos da Guía (Brasil) y Pietro Rava (Italia).

Volantes: Pietro Serantoni (Italia), Michele Andreolo (Italia) y Ugo Locatelli (Italia).

Delanteros: Giuseppe Meazza (Italia), Leonidas da Silva (Brasil), Silvio Piola (Italia), György Sarosi (Hungría) y Pál Titkos (Hungría).

FINAL DE 1938

Italia 4-Hungría 2.

Fecha: 19 de junio de 1938. 

Estadio: Colombes, de París (Francia). 

Árbitros: Pierre Georges Capdeville (Francia), con Hans Wuethrich (Suiza) y Gustav Augustin Krist (Checoslovaquia). 

Goles: Gino Colaussi, a los 6’ y 35’; Silvio Piola, a los 16’ y 82’ (Italia). Pál Titkos, a los 8’; y György Sarosi, a los 70’ (Hungría).

Alineaciones:

Italia: Aldo Olivieri; Alfredo Foni y Pietro Rava; Pietro Sarantoni, Michele Andreolo y Ugo Locatelli; Amedeo Biavati, Giuseppe Meazza (capitán), Silvio Piola, Pietro Ferraris II y Gino Colaussi. Director técnico: Vittorio Pozzo.

Hungría: Antal Szabó; Gyula Polgar y Sándor Biró; Antal Szalay, György Szucs y Gyula Lázar; Ferenc Sas, Jenö Vincze, György Sarosi (capitán), Gyula Zsengeller y Pál Titkos. Director técnico: Alfred Schaffer.

Campeón mundial: Italia.

Asistencia: 45.124 espectadores.

NÓMINA DEL CAMPEÓN: ITALIA

Porteros: Carlo Ceresoli (Bolonia), Guido Masetti (Roma) y Aldo Olivieri (Lucchese).

Defensas: Alfredo Foni (Juventus), Eraldo Monzeglio (Roma) y Pietro Rava (Bolonia).

Volantes: Michele Andreolo (Bolonia), Aldo Donati (Roma), Mario Genta (Génova), Ugo Locatelli (Ambrosiana-Inter), Renato Olmi (Ambrosiana-Inter), Mario Perazzolo (Génova) y Pietro Serantoni (Roma).

Delanteros: Amedeo Biavati (Bolonia), Gino Colaussi (Triestina), Giovanni Ferrari (Bolonia), Pietro Ferraris II (Ambrosiana-Inter), Giuseppe Meazza (Ambrosiana-Inter), Pietro Pasinati (Triestina), Silvio Piola (Lazio), Sergio Bertoni (Génova) y Bruno Chizzo (Triestina).

Director técnico: Vittorio Pozzo (italiano).POSICIONES FINALES: FRANCIA 1938

Equipos J G E P GF GC DIF. PTS.

Italia4400115+68

Hungría4301155+106

Brasil53111411+37

Suecia3102119+22

Checoslovaquia311153+23

Suiza31115503

Cuba3111512-73

Francia21014402

Rumanía201145-11

Alemania201135-21

Polonia100156-10

Noruega100112-10

Bélgica100113-20

Holanda100103-30

Indias Holandesas100106-60

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