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Gabriel García Márquez y el cine, su amor más esquivo

Actualizado el 21 de abril de 2014 a las 01:02 pm

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El 6 de marzo pasado, Gabriel García Márquez celebró su cumpleaños 87. En esa ocasión, saludó en las afueras de su casa en Ciudad de México a los periodistas y personas que se reunieron para saludarlo.
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El 6 de marzo pasado, Gabriel García Márquez celebró su cumpleaños 87. En esa ocasión, saludó en las afueras de su casa en Ciudad de México a los periodistas y personas que se reunieron para saludarlo.

El 6 de marzo pasado, Gabriel García Márquez cumplía 87 años y salía a saludar al nutrido grupo de periodistas que se agolpaba a la puerta de su casa en la colonia Jardines del Pedregal de Ciudad de México, país que adoptó como su segunda patria desde 1961. Sus ojos brillan, no por el sol de mediodía que ilumina la escena, sino porque en ellos parecieran asomarse las lágrimas de un hombre que ha elevado su verbo a la categoría de la inmortalidad sabiendo, desde hace mucho tiempo, que la vida es apenas un suspiro. No pronunció palabra, se limitó a sonreír y saludar con la mano en alto durante los minutos en los que le cantaban "Las mañanitas" y su asistente repartía mariposas amarillas de papel y un comunicado de prensa en el que anunciaba que Gabo había celebrado la efeméride dos días atrás junto a sus más cercanos familiares y amigos.“Compadre, despidámonos ahora porque no sé si la próxima vez que nos veamos lo podré reconocer”, había dicho hacía algunos años a uno de sus mejores amigos con la solemnidad propia de uno de sus personajes. Como el doctor Juvenal Urbino, de El amor en los tiempos del cólera, “la erosión de la memoria cada vez más inquietante la compensaba hasta donde le era posible con notas escritas de prisa en papelitos sueltos”. Pero Gabo ya no lo recuerda. Vive en un espacio sin tiempo, parecido al de su primera infancia en casa de sus abuelos maternos. Era aquél un lugar habitado totalmente por mujeres salvo por su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, y él, un niño entre adultos en  la polvorienta Aracataca de la primera mitad del siglo XX. El de ellas, con su abuela Tranquilina Iguarán como matriarca, era un mundo donde todo era posible, poblado por hechos fantásticos en donde la frontera entre vivos y muertos era difusa y en las noches no dejaban de aparecerse los fantasmas como si hubieran anunciado su visita para cualquier momento; el de ellos, un lugar concreto en el que su abuelo lo trataba como un adulto hablándole de política y las interminables guerras entre conservadores y liberales de las que era un respetado veterano.Así, ahora, es el mundo que habita, una suerte de espejo roto de la memoria. Ya hace varios años que dejó de escribir. Hoy, es el único varón en la casa. A su lado está Mercedes, por supuesto, su esposa por más de 56 años, de quien se enamoró desde el primer día que la conoció cuando él tenía trece años y ella nueve. Y como entonces, hace más de ochenta años, cuando era un niño, en su mundo mágico todo es posible.

El escritor colombiano Gabriel García Márquez murió el pasado 17 de abril, un jueves Santo, como su icónico personaje Úrsula Iguarán, de la novela "Cien años de soledad".
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El escritor colombiano Gabriel García Márquez murió el pasado 17 de abril, un jueves Santo, como su icónico personaje Úrsula Iguarán, de la novela "Cien años de soledad".
VIVIR PARA CONTARLOLo suyo siempre ha sido el contar historias. O en otras palabras, vivir para contarlas. Como periodista, escritor, incansable conversador e incluso como guionista. Es sabido que su primer gran amor fue el cine, con quien mantiene “un matrimonio mal llevado, no puedo vivir con él ni sin él". Al mundo mágico de la sala oscura lo llevó su abuelo, según el mismo Gabo ha relatado. “Desde muy niño, cuando el coronel Nicolás Márquez me llevaba en Aracataca a ver las películas de Tom Mix, surgió en mí la curiosidad por el cine. Empecé, como todos los niños de entonces, por exigir que me llevaran detrás de la pantalla para descubrir cómo eran los intestinos de la creación. Mi confusión fue muy grande cuando no vi nada más que las mismas imágenes al revés, pues me produjo una impresión de círculo vicioso de la cual no pude restablecerme en mucho tiempo. Cuando por fin descubrí cómo era el misterio, me atormentó la idea de que el cine era un medio de expresión más completo que la literatura, y esa certidumbre no me dejó dormir tranquilo en mucho tiempo".En el cine pensó que encontraría la forma de contar esas historias que sabía llevaba adentro. A sus 27 años, como periodista curtido en la calle, fue enviado por el diario El Espectador como corresponsal a Roma, viaje que aprovechó para conocer Cinecittà, el complejo de estudios cinematográficos de la capital italiana, cuna de algunas de las mayores producciones del cine europeo de la época. Además de enviar algunas notas sobra la XVI Exposición de Arte Cinematográfico de Venecia, textos escritos deprisa y estirando el poco tiempo libre que entre película y película y durante dos semanas le quedaba, García Márquez aprovechó para ver de cerca los hilos que desde siempre mueven el séptimo arte.En su afán por adentrarse más en todo aquello, se matriculó en el Centro Experimental de Cinematografía, pero después de unos meses se marchó decepcionado por el academicismo que, para García Márquez, era un camino equivocado a lo que él perseguía con anhelo: aprender a contar una historia.Pero aquella experiencia italiana no sería la primera vez en que se topara de frente con la criatura que lo desvelaba desde niño. Desde sus 21 años, primero en el Universal y más tarde en el Heraldo de Barranquilla, en donde escribiría bajo el seudónimo Septimus su esperada columna La Jirafa, el cine era uno de los temas que manaba con frecuencia de su pluma. Por ello, cuando ya en 1954 se integra definitivamente a la redacción de El Espectador en Bogotá, Gabo era un avezado columnista al que su amor por el séptimo arte lo convertiría en el primer columnista de cine de Colombia, deslumbrado, sobre todo, por el neorrealismo italiano y el cine proveniente del otro lado del charco.Aquel mismo año, su pasión lo colocaría tras las cámaras para el corto La langosta azul, junto a Álvaro Cepeda Samudio, uno de sus compadres colombianos, trabajo del cual también fue su guionista. Pero sería en México donde Gabo daría rienda suelta a su afán de escribir para el cine. En tierras mexicanas trabajaría, entre otros filmes, en El gallo de oro (1964), una adaptación suya, de Carlos Fuentes y Roberto Gavaldón a un cuento de Juan Rulfo;Tiempo de morir (1966), escrita junto a Fuentes y que a la postre se convertiría en el primer filme de Arturo Ripstein; El año de la peste (1979), de Felipe Cazals, y en 1996, su adaptación del clásico griego Edipo Alcalde, llevada al cine por Alí Triana.Todo aquello que veía, el cine del que se nutría, sería en sus propias palabras “una ventaja y una limitación”. Así lo confesaría a su gran amigo Plinio Apuleyo Mendoza en el libro El olor de la guayaba. El cine “me enseñó, sí, a ver en imágenes. Pero al mismo tiempo compruebo ahora que en todos mis libros anteriores a Cien años de soledad hay un inmoderado afán de visualización de los personajes y las escenas, y hasta una obsesión por indicar puntos de vista y encuadres”. Y siendo aún más preciso en la influencia del cine en sus primeros libros, Gabo habla del El coronel no tiene quien le escriba. “Sí, es una novela cuyo estilo parece el de un guión cinematográfico. Los movimientos de los personajes son como seguidos por una cámara. Y cuando vuelvo a leer el libro, veo la cámara".SU MAYOR LEGADO AL SÉPTIMO ARTEPero es quizás la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, la primera creada en 1985, la segunda apenas un año después, lo que convierte a Gabriel García Márquez en uno de los personajes más importantes del cine y la televisión de nuestros pueblos. Nacida durante una conversación de madrugada en una cálida noche habanera con el presidente cubano Fidel Castro, la idea de formar una escuela de cine para estudiantes de América Latina, África y Asia lo llevaría a impartir desde el primer día en que ésta abriera sus puertas, en cómodo overol y libreta en mano como lo recuerdan todos sus estudiantes, un taller de guión con un nombre más que revelador: “Como se cuenta un cuento”.Desde aquel distante 1986 en que el Nobel se acerca más a su esquivo amor por las imágenes en movimientos, miles de jóvenes de más de cincuenta países, incluido Costa Rica, han pasado por las aulas de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Hoy, junto a todos ellos, el mundo de la cultura llora a uno de sus más ilustres personajes.Al igual que Úrsula Iguarán, su más querido personaje de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez se despedía de este mundo un jueves santo. Así, tras 77 años de partida de su abuelo Nicolás Márquez, Gabo se reencuentra con él en un Macondo imborrable, incombustible, eterno, y por fin, tantos años después, puede agradecerle la tarde remota en la que lo llevó a conocer el cine.

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