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Actualizado el 09 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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“¿Qué es lo que el matrimonio homosexual les quita a las parejas heterosexuales?”, pregunta con vehemencia la ministra de Justicia francesa, Christiane Taubira, en su discurso de apertura al debate sobre el matrimonio igualitario en la Asamblea Nacional. “¡Nada!”, exclaman en el auditorio diputados y diputadas favorables al proyecto de ley que busca reconocer los derechos patrimoniales de personas del mismo sexo, cuyo primer artículo se aprobó la semana pasada.

La interpelación señala el vacío argumentativo de grupos opuestos a este reconocimiento, y que repiten en coro argucias como las que enuncia el papa Benedicto XVI en su mensaje del pasado 1.° de enero: el matrimonio entre personas del mismo sexo, afirma, “pone en juego la visión misma del ser humano”, y figura en la lista de los “males” que amenazan la paz mundial.

Algunas preguntas elementales. ¿Qué amenaza realmente la paz mundial? ¿El amor de dos personas del mismo sexo? ¿O la discriminación que sufren por quererse?

¿Qué pone en peligro la convivencia pacífica? ¿Que una persona homosexual pueda heredar sus bienes a su pareja en caso de muerte? ¿O que la pareja quede injustamente excluida de la herencia por su orientación sexual?

¿Qué mina la paz social? ¿Dejar a quien se ama hacerlo libremente y en igualdad de condiciones con sus pares heterosexuales? ¿O propagar un discurso que desemboca en discriminación y violencia?

Los temores que nublan el entendimiento de quienes se oponen al matrimonio gay, son resabios de un pensamiento que desconoce las leyes de la lógica y de la naturaleza, aunque a esta la invoquen tan a menudo. Los temores: por medio de la legalización del matrimonio gay, todas las parejas se harán gais. Como solo habrá gais en el mundo, la continuidad de la especie está en peligro. En lógica, esto se conoce como falacia de inatingencia.

No deja de sorprender el desfase entre estos temores y la realidad; entre las fantasías apocalípticas y los hechos estudiados y documentados, ante los cuales el discurso “pro familia tradicional” permanece, sin embargo, insensible. Por ejemplo, múltiples estudios demuestran que la prohibición del matrimonio homosexual afecta el bienestar y la salud mental de la población LGBTI, como argumentó en estas páginas el psiquiatra Javier Contreras hace unos meses, sobre el Proyecto Sociedades de Convivencia.

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Durante décadas, la homosexualidad fue estigmatizada como una enfermedad, y castigada como un delito. Hoy, la oposición al reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo parece ser el desesperado coletazo de una ideología celosa de conservar bajo control la diversidad del deseo humano.

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