Archivo

Madre e hija

Las vidas interiores del dibujo

Actualizado el 19 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Madre e hija Sonia Romero y Lorna Benavides se acercan al cuerpo y al dibujo en una exposición conjunta

Archivo

Las vidas interiores del dibujo

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Sonia Romero no aprendió a dibujar, sino que esa habilidad venía con ella desde pequeña. Dedicarse a las artes visuales se le hizo tan fácil como abrir los ojos y aprender a ver. Era natural que su hija, Lorna Benavides, se contagiara de su necesidad de observar el mundo y de construir figuras con sus trazos.

En Dos generaciones convergentes queda claro que el arte es inevitable para el dibujante, y que madre e hija se deben mucho entre sí.

Sonia Romero y Lorna Benavides comparten el vestíbulo del edificio administrativo A de la Universidad de Costa Rica hasta el viernes 24 de agosto en una exhibición que repasa y compara su producción en escultura, pintura y dibujo.

Líneas obligatorias. “Mi vida ha sido el dibujo”, resume Sonia Romero. “Desde pequeña ya estaba dibujando, y seguí en el colegio y en la universidad. Me gradué en Bellas Artes, y al año siguiente empecé como profesora de dibujo”, recuerda. Ella enseñó los principios básicos del trabajo visual en la Universidad de Costa Rica de 1954 a 1978.

Entre las 40 obras incluidas en la exhibición se aprecian dibujos a lápiz, pastel, tiza y carboncillo. El material cambia, pero la exigencia es la misma:

“El dibujante es algo muy especial. Se requiere talento para ver y hallar lo interior en las figuras que traza, pero. sobre todo, entrega y pasión”, explica Sonia Romero.

A su vez, Lorna Benavides coincide en valorar el dibujo como parte fundamental del proceso creativo para la pintura y otras artes, como la escultura, técnica en la que se presentan casi todas sus obras de la muestra.

“El dibujo es la base de todas las artes plásticas. Es el andamio sobre el que se edifica la imagen bidimensional, pero también el volumen. Así lo aprendí de mi madre desde el principio”, explica la escultora y pintora.

La comparación es inevitable entre las obras de ambas, y los puntos de contacto saltan a la vista. Los dibujos a lápiz realizados por Sonia en la década de los 70 resuenan en las esculturas de cuerpos y torsos en alabastro, yeso y otros materiales de Lorna.

PUBLICIDAD

De Benavides están presentes 11 fotografías de sus esculturas en mármol, reveladoras de los temas comunes entre ambas.

“Al lado de mi madre aprendí a observar, a amar el dibujo, la línea, que es la forma primigenia de aprehender la realidad, el trabajo honrado, reflexivo”, señala la artista, quien reside en Valencia, España.

Su madre recuerda que la ayudó a estudiar en Europa para alimentar su interés por el arte.

Ambas creadoras comparten el interés por el cuerpo femenino, las figuras en reposo y muy especialmente por el origen de esas imágenes, esculturas y pinturas.

Andamiaje invisible. “El dibujo es el esqueleto de la figura humana y de cualquier figura”, explica Sonia Romero. “Es un andamio que sostiene la forma”, completa.

“Para mí, todo se vuelve geometría”, dice Romero, quien ubica el origen de toda figura en el dibujo del cubo, el cilindro y la línea. Con esos elementos se construye todo, desde los reposados desnudos femeninos a lápiz hasta el fundido en bronce.

Obras en yeso, como Amantes y La compungida , revelan también su estructura interna basada en la geometría.

“Es maravillosa la forma humana. Se puede hacer un desnudo completo, o un detalle, que estará lleno también de balance, de geometría, de luz y de sombra”, dice Sonia Romero, fascinada siempre por la anatomía.

El dibujo funciona como apoyo, indica Benavides: “Para un escultor, el dibujo no resuelve todos los ángulos de una pieza, pero no deja de ser un instrumento importante a la hora de aclarar ideas”.

“Recibí un año entero de clases para dibujar figuras geométricas, como las líneas y los cubos”, recuerda Romero.

“Luego fui una profesora muy exigente y no me arrepiento: sentía un gran afán por dar a mis estudiantes lo que mis profesores me dieron a mí”, concluye, satisfecha, Sonia Romero.

Entre esos profesores, uno marcó su concepción del retrato: Manuel de la Cruz González. El célebre pintor le señaló la “vida interior” que podía captarse de una persona retratada.

En su serie de la niña Patricia, una vecina retratada varias veces en los años 80, se aprecia la lección que recibió Romero: “No se trata de aprender a dibujar un ojo, sino de que ese ojo diga algo”.

PUBLICIDAD

La niña sonríe en sus dibujos a lápiz, pero también aparece consternada en Patricia, el día que se murió el gatito (1982). De Lorna se exhibe otro retrato, una Mujer (1998) que forma parte de su serie de Mujeres del mundo .

Plenitud de las formas. “El cuerpo humano es como una cantera inagotable de inspiración. En él se encuentran ejemplos de proporción, armonía, fuerza, tracción y suavidad que no dejo de observar con asombro siempre renovado”, confiesa Lorna sobre uno de los temas centrales de su obra.

En especial, las fotografías y las demás esculturas se centran en el cuerpo femenino.

“Puede ser que se trate de una identificación más cercana, pero más bien es una cuestión de volúmenes, de pura morfología, que dota a la mujer de cavidades y redondeces que sugieren infinitas combinaciones de volumen para un escultor”, reflexiona Benavides.

Recuerda así otra lección que recibió su madre, pero de León Pacheco, su profesor de estética en la universidad: “El artista acaricia la forma”.

Sonia Romero se refiere a modelar la arcilla como “la alegría de tocar la forma” o, a su modo, llevar el dibujo a nuevas dimensiones.

Sonia relata: “Cuando estoy esculpiendo o modelando, toco la forma, haciéndola y dibujándola. Se toma la arcilla y en la mente se tiene el dibujo, que se va formando”.

Poco a poco se trazan las curvas y las hendiduras de los torsos, mujeres recostadas, caderas y figuras reclinadas.

Los mismos materiales con los que se trabaja la escultura sugieren el juego a la manos.

“De todas maneras, me gusta dar margen a la sorpresa y dejarme llevar por las sugerencias que me haga el mismo material”, explica Lorna sobre las diferencias entre la textura y la dureza de la madera, entre el mármol y la piedra.

Las dos generaciones convergen en su admiración por la forma humana. Sonia Romero retrata a Disifredo Garita , a Shihiro Tanaka , a arlequines en reposo y bailarinas; Lorna Benavides recorre las sinuosidades corporales y troca materiales duros en cuerpos perfectos.

Lorna Benavides dice que la similitud con su madre es evidente en “el respeto al dibujo como base de todo y en el interés por las formas contundentes y la sensualidad del cuerpo humano”.

“Su dibujo siempre me pareció muy escultórico, y este lenguaje plástico es el que yo he desarrollado partiendo de cuanto ella me enseñó”, celebra Lorna Benavides.

“No hay nada más bello que la figura humana. Para mí es la culminación de la belleza, y llegar a dominarla es grandioso”, concluye Sonia Romero.

  • Comparta este artículo
Archivo

Las vidas interiores del dibujo

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

Ver comentarios
Regresar a la nota