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Muertos son muertos

Los vampiros van de la tumba al libro y a la pantalla

Actualizado el 19 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Muertos son muertos Los vampiros y los zombis son criaturas más cercanas que lo que nos parece

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Los vampiros van de la tumba al libro y a la pantalla

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“Advierte que es lo dichoso del vivir la muerte” ( Farsalia , XII): este lamento de Jáuregui (1562) introduce al muerto viviente, una criatura que destaca por su presencia y popularidad a lo largo del tiempo. Personajes como Drácula o los zombis del Amanecer de los muertos (Romero, 1978) han capturado la imaginación del espectador. Actualmente puede notarse una multiplicación espeluznante de muertos vivos en el cine y en la literatura. Ambos casos hacen del vampiro y el zombi los cadáveres más populares.

Una primera mirada sugiere que no hay dos muertos más diferentes en el cementerio sobrenatural, pero, en realidad, el zombi y el vampiro son simplemente variantes evolutivas. Ambas criaturas tienen un origen común bajo la figura del "muerto que regresa"; comparten muchos dones, aunque los presentan de forma opuesta.

La muerte es un proceso angustiante, capaz de combinar el miedo a lo desconocido y a la soledad. El mecanismo narrativo del “muerto que regresa” permite recuperar a la persona perdida. En algunas ocasiones esto otorga nuevas oportunidades de cerrar asuntos pendientes. En otros casos, si la persona está agobiada por la culpa, trae de vuelta al muerto para que la atormente. La consumación de esta figura es el fantasma: mitad presente y mitad ausente, es la memoria del ser perdido revivida para corregir lo pendiente o terminar lo inconcluso.

Tanto el vampiro como el zombi son variantes de este muerto que regresa, pero con un importante uso del cuerpo que los diferencia del fantasma.

Las cuatro etapas del vampiro. La primera etapa es fundamentalmente folclórica y relacionada con los pueblos eslavos. Se representa al vampiro como un cadáver que regresa de la tumba durante la noche para beber la sangre de sus familiares. En esta etapa suele figurar un personaje común que persigue a sus víctimas sin hacer uso de astucia.

Muy parecido al zombi, el vampiro primario es un cadáver que busca entrar en el hogar para alimentarse de sus parientes. Vestido con un rostro familiar y haciendo uso de su persistencia, este muerto exhibe el miedo a la muerte “contagiosa” en la familia.

La segunda etapa del vampiro es más “literaria”. Los esfuerzos de escritores como Bram Stoker, Sheridan Le Fanu y John Polidori resultan en cualidades que siempre acompañarán al vampiro. En sus novelas se perfecciona una metáfora latente: la relación entre alimento y sexo; al mismo tiempo se agrega otra fundamental: la relación que hay entre poder político y poder sobrenatural.

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La primera metáfora se establece cuando el vampiro es retratado como un seductor. Su sola mirada puede provocar un deseo irracional en la víctima. Este deseo cesará cuando la presa se entregue para ser mordida.

La segunda metáfora se establece cuando el vampiro es retratado como un aristócrata. Con esto se representa el temor ante las personas que gozan de gran poder. La figura retrata cómo los poderosos se alimentan de los débiles. Al representar al vampiro como políticamente superior, se implica que es naturalmente superior; es decir, sobrenatural.

La tercera etapa en el desarrollo del vampiro retoma elementos anteriores. Parte de su desarrollo es legado de la autora Anne Rice y su novela Entrevista con un vampiro (1976), en la cual se humaniza al vampiro para cuestionar su poder. La autora inspiró a otros escritores y cineastas, aunque no persiguió uniformemente este proceso de humanización.

Ahora dotado de una conciencia sensible, el vampiro se agobia por su naturaleza tan cercana a la humana y al mismo tiempo tan diferente. Esto lo condena a una vida de eterno tormento. Sus ansiedades son claramente eco de las humanas: sentir culpa por el poder de destrucción y sentir que no se pertenece a la naturaleza están a la orden del día en estos tiempos.

La última etapa del vampiro en cierta forma se desprende de la anterior, pero centrada en la sexualidad. Novelas como Crepúsculo (2005) y Luna nueva (2006), de Stephenie Meyer estancan al vampiro en una adolescencia eterna, en la que la resistencia a alimentarse de la amada representa la entrada en la vida sexual de los adolescentes.

La otra rama del árbol muerto. El desarrollo del mito del zombi tiene tres etapas, mucho más fílmicas y menos literarias. La primera etapa alude a la cuna folclórica de la criatura: Haití. La película de los hermanos Halperin Zombi blanco (1932) muestra a un hechicero vudú que interfiere con la felicidad de los protagonistas mediante su grupo de haitianos zombis.

Al concluir la película, un hombre blanco resiste el proceso de “zombificación” para derrotar al hechicero, y la multitud de haitianos zombis cae por un acantilado a falta de un líder que los guíe. Esto revela una clara metáfora política: el zombi representa la situación de Haití, donde un prepotente hombre blanco domina a una multitud insensible y sumisa de esclavos negros.

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Ese zombi es metáfora del servilismo y la esclavitud, pero evolucionará a su forma más conocida gracias al autor Richard Matheson y su novela de vampiros Soy leyenda (1954). La novela se aleja del vampiro aristócrata y aporta una mirada científica del viejo vampiro folclórico. El resultado (aunque accidental) es la segunda etapa del zombi.

Los vampiros de Soy leyenda son una masa descerebrada de muertos en vida cuya fuerza no se encuentra en su valor sobrenatural, sino en sus números.

Así como el conde Drácula vendrá a simbolizar las ansiedades hacia la aristocracia, esos vampiros pondrán en escena las ansiedades hacia el pueblo.

Las metáforas del vampiro se mantienen en Soy leyenda , pero de manera torcida. Alimentación, sexo y poder siguen relacionados: mientras el vampiro aristócrata seduce, el vampiro proletario viola. El aristócrata inspira temor hacia un oscuro ser superior; el proletario inspira miedo hacia un oscuro ser inferior.

George A. Romero saca provecho de esa variación en sus películas La noche de los muertos vivientes (1968), El amanecer de los muerto s (1978) y El día de los muertos (1985), primeras apariciones del zombi como lo conocemos hoy. La horda antropófaga de Matheson se presenta como un contraste entre la lucha por sobrevivir y la universalidad de la muerte.

Temor universal. Las películas de Romero no carecen de carga metafórica. Cada una ofrece un importante tema racial combinado con las nefastas consecuencias que trae la falta de entendimiento entre los seres humanos.

Con sus películas, Romero explora la discriminación contra los negros en los años 60, contra los latinos en los 70, y sobre la opresión misma en los 80. El resultado siempre es el mismo: no es la horda en sí, sino el egoísmo el que causa la muerte de los protagonistas.

Todo eso nos trae a la tercera y actual etapa del zombi. Su carácter popular permanece, pero ahora la criatura es también amenazante en sí misma. Su existencia individual crea temor.

El zombi es un ser humano privado de todo lo que lo identifica como prójimo. Por no tener empatía, caridad ni compasión, el zombi es capaz de cualquier cosa, y los protagonistas tomarán esto como excusa para suprimir todo sentimiento humano.

El zombi actual materializa el temor hacia el ser humano en general, no el temor hacia un grupo en particular.

Sea en el temor hacia el opresor o hacia la venganza del oprimido, zombi y vampiro surgen de un tronco común, el miedo a lo que el hombre puede hacer al hombre. Estas dos criaturas usan el temor a la muerte sólo como carnada pues en sí mismas representan los temores propios de la vida en sociedad. Vuelven de la muerte para mostrarnos el temor a la vida.

Javier Víquez es bachiller en filología clásica por la UCR y estudiante de la Maestría en Literatura Inglesa.

Gastón de Mézerville es licenciado en psicología por la U CR y estudiante de la Maestría en Literatura Inglesa.

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