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El valor de una carta

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Aunque el papel desaparezca de la tierra, hay que seguir escribiendo

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Sabemos que los libros, los periódicos y las revistas impresas tienen sus años contados; están siendo desplazados por la tecnología a la vertiginosa velocidad de estos tiempos. Quienes hemos vivido mayormente en la era del papel, sentimos cierta nostalgia, una especie de duelo adelantado, mientras tratamos de adaptarnos a los nuevos formatos. También es una realidad que irán desapareciendo las libretas de apuntes, los álbumes de fotos, los anuarios de colegio, los cuadernos estudiantiles, las tarjetas de felicitación y de todo tipo de cortesía, los diarios personales y las cartas.

La desaparición de las cartas me parece una pérdida especialmente sensible y ya es una realidad. Los mensajes de texto, los emails y otras formas de comunicación inmediata han revolucionado la forma en que nos comunicamos; esta revolución va más allá del cambio en los tiempos de respuesta, de la desaparición del anhelo, la angustia, la paciencia o el romanticismo que acompañaban a la espera de la llegada de una misiva. El acortamiento de los plazos es más bien una ventaja de la modernidad.

El cambio esencial está entonces en el contenido de lo que se comunica. Las nuevas generaciones saben poco de las declaraciones de amor de más de tres caracteres (TQM), del enriquecedor intercambio de gran profundidad intelectual y filosófica que se dio entre notables personajes de la historia como Tolstoi y Ghandi o Freud y Einstein, de las cartas entre famosos amantes, esposos, artistas, padres e hijos, que han servido de fuente de estudio académico e histórico y de motivo de inspiración para generaciones enteras, de la consejería espiritual por correspondencia –hay muchos ejemplos, pero se me ocurre la que sostuvo el Padre Pío con varios hijos espirituales–, de los anuncios de tragedias, de descubrimientos o de buenas nuevas con detalladas explicaciones; me temo que muchos jóvenes de hoy saben poco del vaciamiento del espíritu, del pensamiento o del corazón en una carta.

En la historia de la Humanidad las cartas han jugado un rol muy importante: han cambiado los destinos de millones de personas y de pueblos, han promovido guerras y armisticios, revelado verdades y misterios importantes, permitido reconstruir acontecimientos históricos, enriquecido enormemente la literatura universal, servido para rescatar la memoria individual, familiar y colectiva, entre otras tantas cosas. Todos los que en alguna época sostuvimos correspondencia en papel, podemos seguramente mencionar alguna carta que fue determinante en nuestra vida, en la toma de alguna decisión, en el inicio o el rompimiento de alguna relación importante, en el rescate de un recuerdo, y en la profundización del conocimiento de nuestros corresponsales y de nosotros mismos; porque quien dedica un tiempo significativo a organizar sus pensamientos y sentimientos para escribirlos desarrolla, casi inevitablemente, un mayor conocimiento de sí mismo, que quien no lo hace.

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Contundencia del papel. Por supuesto que todavía hay quienes escribimos largas misivas por correo electrónico; pero el testimonio que deja el papel tiene cierta contundencia que parece diluirse en el intercambio cibernético, a menos que uno tenga la disciplina de archivar y respaldar, de subir a la nube o de imprimir y guardar, cada mensaje importante. Claro que nada sustituirá la inefable e intrínseca magia del olor, la calidad y el color del papel elegido, del tono de la tinta y de la forma particular de la caligrafía de puño y letra' Y sí, el papel se puede quemar o deshacer, igual que un archivo se puede borrar. Nada es totalmente seguro, así que la sobrevivencia de los mensajes importantes ciertamente dependerá del empeño que pongamos en conservarlos. ¿Para qué? Por simple apego emocional o como testimonio de acontecimientos y de pensamientos determinantes de nuestra existencia y reflejo de una época, que nos agrada saber a la mano, para nosotros mismos o para nuestros hijos y nietos. Con mayor razón este esfuerzo vale la pena cuando quien escribe es una académica de valía, un humanista verdadero, una luchadora de causas sociales, un escritor, una filósofa, o un historiador, por ejemplo.

Un tesoro familiar. Hace unos años, poco después de la muerte de mi papá, hice un descubrimiento que me conmovió hondamente: di con las cartas que se cruzó él durante los años que vivió en Italia estudiando la carrera de Medicina, con su padre. Mi abuelo, un ruso cosaco que emigró a Costa Rica después de que sus padres fueran perseguidos y ejecutados por los bolcheviques, murió cuando yo tenía 5 años. Por supuesto que muchas anécdotas familiares me habían permitido hacerme una idea de su personalidad y de su historia; pero nada fue tan revelador como sus propias palabras, dirigidas a su hijo menor, durante varios años. Y ni qué decir de cuán conmovedor fue conocer los anhelos y proyectos de mi padre cuando era joven. Esas cartas son un tesoro, como muchas otras que he conservado, que intercambié con amigos, con mi esposo, con mis padres, y con otras personas queridas o que fueron muy importantes en algún momento de mi vida; cartas que he disfrutado al releer, que me han dado una nueva perspectiva sobre mi pasado y el de esas personas, me han revelado detalles que en su momento me pasaron inadvertidos y que ahora aprecio singularmente. Recuerdos que tal vez mis hijos y nietos quieran desempolvar algún día.

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Para quien le interesa la historia, aunque solo sea la familiar, y para quien es nostálgico, las cartas, igual que las fotos, son un bien precioso. Por eso, aunque el papel desaparezca de la faz de la tierra, hay que seguir escribiendo y conservando, de la forma que dicten los tiempos, las ideas, los sentimientos, las inquietudes y otros tantos trozos de nuestra existencia, que serán voceros y testigos de una época, cuando nuestra materia haya desaparecido.

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