14 enero, 2015

Se avecina un torneo de futbol caliente. No porque sea el de un verano caluroso. Ni por partidos jugados a todo vértigo. Los fuegos vendrán con las palabras y, desgraciadamente, atizados por los dirigentes.

Imagen sin titulo - GN
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Hay facturas por cobrar. Los cuestionamientos de dos dirigentes morados al quehacer de Óscar Ramírez lo tienen incómodo, ofendido. Se le nota. ¡ Y con razón! “El Macho” le ha dado identidad táctica a un equipo, que si bien algunos no entienden y a otros no les gusta, refleja muchas horas de trabajo con una idea de futbol.

También arden las cenizas por la contratación en Saprissa de Francisco Calvo. Esa paz que firmaron los dirigentes está pegada de un alfiler. Los heredianos están dolidos por cómo perdieron la final y a uno de sus buenos jugadores. Lo de Saprissa pudo ser grave si, al mismo tiempo que se disputaba el título, hacía sonar el celular de Calvo. ¡ Difícil saberlo! Pero mucho más grave la reacción de Jafet Soto, descargando el peso de la derrota en el lateral.

Metería las manos en el fuego para garantizar que ningún personaje del equipo campeón siquiera insinuaría contratar a Calvo a cambio de una mala actuación. Y me las cortaría para dar fe de que el jugador jamás daría un sí.

Lo que sí hay en el ambiente herediano es una frustración-negación por la forma en que el equipo entregó la corona, una vez más, en un diciembre sin Navidad. Como la hay en la Liga, que se sentía y fue superior a lo largo de la clasificación y que no supo refrendar su condición en semifinales.

Los aficionados tienen derecho de explotar en las gradas, en la calle y en las redes sociales; burlarse del rival, ponerse lentes oscuros ante los yerros de su equipo y proclamarlo como el elegido de los dioses en este mundo futbolero.

Pero los dirigentes, los entrenadores y los mismos futbolistas, tienen que guardar la compostura. Lo que dijeron del “Macho”, lo que gritó Jafet para lavar su enojo acumulado y esa imagen del Esteban Ramírez dedicando el dedo indeseable a los “traidores”, deben quedar en el olvido, como secuelas de un momento de ira, y no ser el carbón que atice nuevos episodios de intolerancia y fanatismo.