Por: Marvin Barquero 3 enero, 2013

La nicaraguense Sugey Navarro llegó con prisa ayer al filo del mediodía. Necesitaba empeñar urgentemente un anillo para obtener ¢28.000 y, con ello, comprar la comida de esta semana.

La semana pasada le atrasaron el pago del salario de ¢100.000 semanales a su esposo, quien labora en construcción. Por eso y porque mandaron su ahorros a sus dos hijos en Nicaragua se quedaron sin dinero para la comida.

Así que debió empeñar el anillo. “Pero el sábado pago y lo recupero”, aseguró Navarro.

Vive en Moravia y está en Costa Rica desde hace nueve años.

Ella dejó ahí la joya para comer, pero joyeros y pequeños empresarios lo hacen con parte de sus activos para comprar materias primas, trabajar y, luego de vender los productos, sacar los que fueron empeñados.

Algunos clientes son “viejos” conocidos de las casas de empeño. El maestro pensionado José Andrés Castillo, a sus 64 años, empeñaba una computadora nueva en La Cueva. Dijo que prefiere dejarla ahí, recibir ¢150.000 y no exponerla a que se la roben mientras esté visitando a familiares en Pérez Zeledón, los próximos 15 días.

Castillo narró que desde su época de estudiante en la antigua Escuela Normal de Heredia, empeñaba artículos en La Cueva. “A veces mis papás se atrasaban con la plata que me daban para financiar los estudios. Yo empeñaba algunas cosas pequeñas para mantenerme y las sacaba cuando recibía el dinero familiar”, dijo.

En los 42 años de La Cueva, se han empeñado incluso prótesis con dientes de oro y piezas de ajedrez hechas con jade.