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La trocha

Actualizado el 02 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

El gazapo que enfurecería a Juanito Mora

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La trocha

Se necesita una semana de sol para poder pasar”, nos aconsejó Nora Pérez desde el portal de su casa, mientras sonreía disimuladamente porque el 4x4, jugando de vivo, casi se queda pegado en los primeros 50 metros de trocha.

El barro parecía chicle colorado, hediondo por el agua podrida que se acumuló tras ocho días de lluvia. Sencillamente, el doble tracción no logró atravesar uno de los accesos al camino, del lado de Tambor, en el cantón de Sarapiquí.

“Han sido días de llena . Solo en chapulín podrían ir hasta el otro lado”, dijo Nora, nicaraguense para más señas, con cinco meses de vivir en la casa que el patrón le presta a su marido a cambio de chapear potreros.

No tiene agua potable. La saca de un pozo en el patio. Tampoco tiene luz eléctrica. Cocina en fogón. “Un chapulín y la rastra (furgón) jalaron la posterilla para la luz hace una semana, pero estaba la llovedera y no los pudieron poner”, agregó haciendo referencia a los postes de luz prometidos hace meses no solo para iluminar el trayecto sino para dar electricidad a los vecinos. Nora aún tiene fe.

A unos 300 metros de ahí, en la casa donde vive Éricka Arias Cárdenas junto a seis personas más, hay luz mas no agua potable. “Cumplieron muy pocas cosas”, dijo esta jovencita de 14 años quejándose del gobierno. “Por lo menos, echaron piedra y nos hicieron más fácil ir al Liceo Rural de La Unión del Toro, pero todavía estamos esperando el colegio prometido y el pozo para el agua potable. ¡Tantas cosas que prometieron! Pasó lo que pasó y nosotros somos los que pagamos”, dijo en los minutos que interrumpió la colocación de adornos navideños de su humilde hogar.

Al final, para conocer algo de la trocha sin quedarnos atascados en los lodazales en que se han convertido muchas partes de este trayecto, tuvimos que entrar por el lado de Boca Tapada, en San Carlos, a dos horas de ahí por camino de lastre.

¢22.000 millones ¿a la basura?

Ingresando por Boca Tapada, la tristemente célebre trocha desplegó como un pavo real todas sus carencias y errores.

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Este proyecto inició costando ¢7.000 millones, y en cuestión de pocos meses, multiplicó su valor tres veces en medio de denuncias por supuesta corrupción de funcionarios públicos en el pago de las obras contratadas a empresas . Lo hicieron amparados en un decreto de emergencia que facilitó la contratación directa de particulares, sin licitación.

Bautizada por Laura Chinchilla como carretera 1856-Juan Rafael Mora Porras (el expresidente que luchó contra los filibusteros), en pocos metros, aquel pedazo de trocha mostró sus rellenos falseados, un puente a punto de caer bajo las aguas, y cortes de carretera que, en el futuro, bloquearán el camino con derrumbes.

Ese pedacito de los 160 kilómetros de “carretera” se transformó en el mejor muestrario de la ineptitud, la improvisación y el asalto a las arcas del Estado en que se convirtió el proyecto gubernamental creado para responder a la invasión nicaraguense a la nacional isla Calero.

La carretera transcurre paralela al río San Juan, del lado costarricense. Además de los 160 kilómetros de trayecto, el proyecto incluye mejoras en 440 kilómetros de caminos de acceso.

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Fue inaugurada por Chinchilla el 17 de febrero anterior con palabras ceremoniosas para la ocasión: “¿Cómo defiende Costa Rica sus intereses nacionales y cómo defiende Costa Rica su soberanía? Con la misma valentía y determinación de nuestros antepasados, que, jefeados por Juan Rafael Mora Porras, entendieron que, en ese momento, solo a través de empuñar el fusil podían defender nuestra soberanía y marcharon al llamado de la historia”.

De acuerdo con la mandataria, aquel proyecto era la respuesta pacífica a la “agresión nicaraguense”, y prometió progreso y desarrollo para las comunidades ribereñas, acostumbradas a sobrevivir en “la otra Costa Rica”: ese otro país que carece de escuelas, luz, teléfono, agua potable, caminos y salud.

Tres meses después de aquel acto oficial, una carta anónima llegó a las manos del ahora exministro de Obras Públicas y Transportes, Francisco Jiménez, y se encargó de apagarle la sonrisa a todos. Revelaba el supuesto intercambio de dádivas en el cual, finalmente, se convirtió la trocha.

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El 4 de mayo, en conferencia de prensa, Laura Chinchilla cambió el tono de sus palabras, además de informar sobre la destitución de su ministro, a quien le cobró el costo político de aquel entuerto: “El Gobierno de la República no va a admitir que una obra tan importante para el país haya sido utilizada para el enriquecimiento ilícito de funcionarios o de empresarios privados. Esto podría casi que asimilarse ( sic ) a una traición a la Patria”.

Fue el destape. Después, la prensa se encargó de sacar el resto: la carencia de controles en las obras contratadas a empresas privadas –algunas sin experiencia en estos trabajos–; la destrucción de bosques, ríos y humedales, y el levantamiento de una vía sin un plano básico de la obra.

¡Ah, si don Juanito resucitara!

La bendición del hielo

En la primera casona de madera, a la entrada de la trocha por Boca Tapada, una mano se levantó en señal de saludo al ver el carro. Pusimos reversa y atravesamos el portón para conversar con Mario Umaña Martínez, mejor conocido como Máximo , quien, pasada la una de la tarde, estaba aliviando su resaca con un cañazo .

“Tengo 43 años de vivir aquí. Lo que había allá era apenas un carrilito de camino. ¡Costaba entrar o salir! De ahí p’abajo , solo barreales”, dijo señalando con su mano libre, el inicio de la trocha y mientras sus perros Pulga, Paloma y Cantinflas, se rascaban la modorra entre sus botas de hule.

Esta zona, por naturaleza, está llena de suampos. Las 40 vagonetas que Máximo vio aparcarse frente a su casa cuando empezaron a hacer la trocha, se encargaron de jalar el material para rellenar aquellos terrenos cenagosos.

El camino hecho de material de relleno, discurre a pocos metros del río San Juan, cuyas aguas avanzan tranquilas en la primera tarde soleada tras el temporal.

De este lado, no hay barro chicloso ni maloliente como en Tambor, así que Máximo nos recomendó llegar hasta el primer puente de la ruta. “¡Vayan a verlo! ¡Se está cayendo!”, nos dijo “en exclusiva”. Minutos después, comprobamos la veracidad de sus palabras.

Tal parece que a los encargados de las obras en ese sector les dio por desviar uno de los afluentes del San Juan sin medir las consecuencias de un trabajo tan mal hecho. El puente lo colocaron a la fuerza, sobre bases que apenas se sostienen entre el material de relleno con el que construyeron la trocha. Los días de este puente están contados.

No pudimos llegar al segundo. No existe. Solo hay unas estructuras de metal sobre las cuales, supuestamente, irá otro bailey . Alrededor, el relleno de la trocha se abre en una zanja profunda. El carro no pudo pasar.

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Máximo le trabaja a Fritz Perera, un agricultor que ha vivido sus 36 años a la orilla del San Juan. “Cuando yo nací, contó Fritz, la única vía para comunicarse era el río. Con el tiempo, se hizo un trillo rústico. Me acuerdo que, chiquitillo, el camino lo abrió un tractor. ‘¡Mamá, viene un animal amarillo por los potreros!’, grité de la emoción al ver el primer tractor”.

Después de aquello, muchos años después, llegó la trocha: “Hace año y medio la gran ilusión fue este camino. Nos dieron señal de Internet y luz, llegó el teléfono público, una Cruz Roja y Fuerza Pública. Por primera vez, nos sentimos apoyados por el gobierno”, dijo Perera, quien hasta se dio el gustico de comprarse una moto.

Cuenta Fritz que algunas vecinas se han enjaranado comprando refrigeradoras y lavadoras a los polacos –que ahora sí entran a la comunidad– gracias a la llegada de la luz eléctrica: “Ya no tienen que lavar en el río, y ahora pueden hacer fresco con hielo. ¡Bendito el hielo”. Pero hasta ahí llegó lo bueno.

La paralización de las obras desde marzo –dos meses antes de que se desatara el caos “oficial” con la trocha– los tiene preocupados. “Mientras haya familias ticas navegando en el San Juan, esto no funcionará”, dijo Fritz, quien reclama el reinicio de los trabajos.

Siete meses han transcurrido desde que el gobierno se rasgó las vestiduras denunciando el festín de recursos con otro de sus proyectos estrella.

En esos siete meses, la Fiscalía ha hecho más de 50 allanamientos; se han realizado varias audiencias en la comisión legislativa que investiga el caso, y, recientemente, la Contraloría denunció penalmente al exministro Jiménez. Los sospechosos de recibir dádivas están separados de sus cargos con goce de salario mientras concluyen las investigaciones, que avanzan lento. Nadie, ni por medida cautelar, está en la cárcel.

Quienes sí se la están viendo a palitos son Nora, Ericka y Máximo , que siguen esperando la electricidad y el agua potable, y cruzando los dedos para que el puente no se caiga.

Sí, es más esperanza que otra cosa, porque, la verdad, esta trocha y sus ¢22.000 millones se está desintegrando de a poquitos entre barro chicloso y corrupción maloliente.

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Ángela Ávalos R.

aavalos@nacion.com

Periodista

Periodista de Salud. Máster en Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, España. Especializada en temas de salud. 

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