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Los tiempos de hoy

Actualizado el 09 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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Mi consuegra Janet me pide le recuerde una expresión usada en un artículo escrito hace varios años por este servidor, publicado en Página Quince , y me hizo algunos comentarios de aquellas palabras, hoy consideradas por ella, y también por mí, muy útiles para estos tiempos tan cambiantes. Busqué y las encontré. Son de un brillante pensador. Decía san Agustín que los tiempos son lo que nosotros somos. Esta verdad la dijo hace ya muchos siglos. Ciertamente, los tiempos no pueden ser distintos a lo que somos. Si los queremos distintos, debemos cambiar. Hoy, más ayer, podemos contrarrestar las críticas destructivas, ser optimistas, responsables y llenos de fortaleza para resistir los embates de las controversias y acoger sus contraposiciones. A veces las palabras no tienen eco. Tal vez las actuales sí lo tengan.

Los tiempos son oscuros y poco promisorios. Sin duda, la tendencia de reinventar al hombre comienza a difundirse. Artistas, ciertos escritores y políticos, dirigentes y cantantes lo pregonan día a día y reclaman derechos humanos para cada una de sus expresiones, hasta el punto de que la persona, verdadera depositaria de tales derechos, terminará en un cascarón, vacío de contenido y dignidad. Habrá que armarse de valentía para arremeter contra lo que no debe ser y optar por lo que sí debe ser. Y, asimismo, armarse de responsabilidad para que imperen la libertad, la rectitud moral, el bien común y un auténtico sentido de la vida. Si algunos quieren reinventar al hombre, téngase presente que, por fortuna, no se puede desertar de ser persona, pletórica de posibilidades y exigencias.

De alguna forma debe tomarse conciencia del vacío existencial y ético que hemos creado y reemplazarlo por un mayor deseo de vivir, de aceptarse a sí mismo, de ser útiles a la sociedad, y tomar conciencia de estar marcados por Dios para un destino eterno. Sin embargo, algunos claman por estar venidos al mundo para vivir sin límites y vivir para los sentidos, rodeados de bienes y comodidades, apurando las oportunidades a toda velocidad porque el vigor se acaba, sin ideales ni espíritu de servicio y sin conocer la generosidad. Para ellos, los demás son peldaños para subir, gozar más y conquistar “metas” altas de poder político y económico. Dejan tras de sí un vacío de grandes dimensiones y quizá un pozo de infelicidad para siempre. Desperdician su inteligencia, el tiempo y el gozo de vivir en la Verdad. Sus mayores les dirán: —No permitan que la vida se les escape de las manos y se apague como las últimas luces del atardecer.

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Costa Rica está urgida de unos valores humanos y espirituales florecientes capaces de fijar puntos de luz en el quehacer personal y colectivo. Además, podemos ser mejores costarricenses llevando a todos los rincones del país los frutos que nos ha dado la patria: convivencia en paz, justicia y libertad, bienestar para los más necesitados, trabajo al unísono, como hermanos, tal cual hacen las hormigas al comienzo del invierno, y luchar hasta que no haya un hogar con hambre. Porque los tiempos de hoy piden una franca actualización de este modo de vida, inculcado sobre todo por la familia, y en buena parte gracias a su labor de formar en sus hijos una conciencia cristiana del mundo y de la vida.

La patria pide un regreso a las fuentes, a remontar el río de nuestra existencia como país; a remontarlo sin quejas ni protestas, animosamente, con serenidad y espíritu de lucha, sumando lo positivo, que supera lo negativo. Ojalá nadie se sienta en tierra extraña porque el Estado no pueda proveerle esto y aquello. Dejémoslo descansar y permitamos que nos apriete las clavijas. No seamos simples espectadores.

Sí, me querida consuegra, ya lo decía san Agustín: los tiempos son lo que nosotros somos.

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