27 agosto, 2012

Menos mal que en este hotelito donde me encuentro de paso, hay ascensor. Es más, son dos: uno, vetusto, grande como para meterle un toro' solo que juntos sobrepasaríamos el peso permitido. El otro, a dos pasos, moderno pero pequeñito.

Prefiero el viejo, más lento, igual que yo. Muestra sus vetas, gastadas sí, pero elaboradas, maderas torneadas con paciencia, botones metálicos lustrosos. El nuevo, pues como tanto ahora, artificial, hasta con botones que parecen de plástico. Eso sí, lucecitas y ruiditos.

La vida a veces resulta como un subibaja; para algunos, una montaña rusa: puede marearle a uno. ¿Lo importante? No quedar a ras del suelo en nada, subir, aunque sea por la escalera, grada a grada. ¡Pereza!, me espetó un graduado cuya única meta era el cartón ese, final.

Algo de eso encuentro en una cinta, menos lograda de Cantinflas, donde el pobre ascensorista por alguna triquiñuela, ni siquiera de él, por fin recibe un ascenso: pero solo en escala social y económica.

Me llamó la atención un detalle, igual, en los dos ascensores, la marca (también apellido): “OTIS”. De veras, en la vida profunda, la verdadera, como dijo el otro: “o ti subís o ti bajás”.

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