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Otras disquisiciones / El verdadero faro de Alejandría

Actualizado el 06 de enero de 2013 a las 12:00 am

El verdadero faro de Alejandría

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Los antiguos alejandrinos fueron las únicas personas que tuvieron nombre de verso. Vivían con la incomodidad de ir explicando por la vida que ellos eran alejandrinos, sí, pero que ninguno tenía catorce sílabas métricas. La gente les repreguntaba: “Entonces, ¿cuántas?”, y era cuestión de volver a empezar.

Los alejandrinos tal vez habrían sobrellevado mejor la cruz de su nombre si no se hubieran sentido tan solos: si los demás se hubiesen llamado “Heptasílabo González”, “Esticomitia Gómez” o “Encabalgamiento Pérez”; pero no: nadie se llamaba así, y los alejandrinos continuaban haciendo por su nombre lo que algunos ministros no hacen por su trabajo: dar explicaciones.

Por cierto, el nombre de ‘alejandrino’ les cae a los versos de catorce sílabas métricas por culpa de un poema medieval francés dedicado a Alejandro Magno y que solo incluía versos de aquella medida.

Hay otro poema medieval, español: Libro de Alexandre, también provisto de tales versos y cuya lectura parece más larga que el libro.

El autor del Libro de Alexandre es Anónimo, fecundo creador, poliglota absoluto pues ha escrito en todos los idiomas, y longevo sin descanso porque comenzó inventando los jeroglíficos y sigue hasta ahora, remitiendo mensajes infamantes o concupiscentes que –por metonimia– toman el nombre de su prolífico autor: “anónimos”.

Anónimo enseña una virtud: la modestia (practicar el ocultismo del nombre), encanto que no exhiben otros escritores, amantes no correspondidos de la Fama (era una diosa). Al fin, Anónimo disfruta de una ventaja: nadie le pide que firme sus libros, arte nuncupatorio del que se ha librado para siempre.

Las personas alejandrinas fueron inventos (año 331 a. C.) de Alejandro el Grande (> Magno), quien ordenó erigir una ciudad en el norte de Egipto, en marismas que saludaban al mar Mediterráneo.

Lo notable de tal Alejandría (hubo otras) fue que, tras la muerte del Magno, la rigió la ilustrada estirpe de los Tolomeos, quienes crearon el Museo (dedicado a las musas, como indica su nombre). En el Museo se ubicaba la biblioteca-fénix, quemada y resurgida varias veces.

El Museo tomó la posta de la ya decadente ciencia de Atenas, que había sido hostigada por Platón, y ante la que Sócrates fue indiferente, como un relativista o un popmoderno de la Antiguedad que habría podido exclamar: “¡La ciencia no me interesa para nada!”.

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En su libro Historia y filosofía de la ciencia (cap. III), L. W. H. Hull canta un canto en loor de los científicos alejandrinos, quienes tomaron lo mejor de Aristóteles (su biología) y enseñanzas de los sofistas griegos: humanistas, cosmopolitas, demócratas y enemigos de la esclavitud, y no los gárrulos metalizados que presentan Platón y los platónicos.

Las ciencias naturales y la gramática giraron en las mentes más nobles de aquel tiempo: Alejandría es un faro en todos los sentidos.

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