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El silenciode un amigo

Actualizado el 17 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Conocí a José Merino en la cocina de su casa. Y es curioso porque, si conocer gente entre las bolsas de la feria y una nevera herrumbrada deja poco por descubrir, tuve la certeza de que aquella noche, además, me habló solo con la verdad. Y en un mundo que se rige por las fachadas y las máscaras, ¿cómo no iba a sucumbir ante su cariño? No hablamos de cosas importantes, solo alcancé a decir estupideces, pero la transparencia es más evidente aun cuando hay risa y hay vino. Y José, sin conocerme todavía, en un acto de generosidad pura, de esa que lo caracterizaba, me quiso. Es bajo esa premisa que me refiero a él como un amigo, porque no tengo otro filtro para entenderlo y menos para explicarlo.

No creo haber tenido nunca un amigo de verdad que no fuera una buena persona. El mérito no es mío ni es de ellos; ¿qué puedo decir?: me repugnan los mentirosos. Pero José fue un amigo especial porque jamás entablé con él una conversación digna de su intelecto. No he leído y no he visto y no he entendido, pero, yo que he vivido, así he aprendido a ver la belleza, y José fue un hombre que la enmarcó para mí, la Belleza, como un acto solidario entre dos extraños, como darle la mano a un niño, como apear un mango, como cuando alguien nace, como un trago en la playa. Ese tipo de belleza. Cuando la verdad se desnuda y alguien es capaz de verla sin pudor, y luego decirla, y quererla, y compartirla. No fui capaz nunca de hablarle de política, ni de literatura, ni de filosofía. ¡Mierda!, ¡ni de cine! Pero vaya si hablamos de belleza.

Cuando fue diputado, escondía las placas oficiales. Me las encontraba siempre debajo del asiento o magulladas en la guantera. Su trabajo era otro, no el de figurar. Y, aunque a mí también me daría verguenza hoy andar placas de la Asamblea Legislativa, es irónico, porque él debió llevarlas grandes y rimbombantes. Tanto las merecía. Porque entendía que, ante todo, era un servidor público, y los servidores públicos, los verdaderos, merecen los honores del Estado; y, aunque importe menos, merecen mi respeto y admiración.

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Mucho se habla de “un político ejemplar”, “un hombre de palabra”, “un gran luchador”, todos atributos que cortos le quedan a José Merino. Rozan, si acaso, la superficie, las faldas y la piel de un hombre que fue mucho más que eso. José Merino fue un hombre bueno, pero no era excepcional por eso. Hombres buenos hay muchos y son la mayoría. Excepcional fue José, porque esto lo entendió con el corazón y porque que dedicó sus días a defenderlos.

Ahora que empieza el circo electoral, tedioso bodrio tan repetido que podría recitar su desenlace, su vacío será aplastante. Sentaos, que el show ya va a empezar: que se repartan su rancio pastel, que se lo coman todo y se atraganten. Que nos aporreen una vez más, qué más da. Ya no duele. Duele, eso sí, el silencio de una voz que se nos apagó a todos y nos ha dejado con la esperanza en la mano y la garganta seca. Duele mucho, sí, el silencio de una verdad que en José Merino encontró cuerpo y alma. Pero duele más, claro está, el silencio de un amigo.

Años después de aquella inolvidable noche, cuando ya era costumbre, y su familia mi familia, me tocó a mí llevar el vino y hablar más. José era el mismo de siempre, y yo me iba del país al día siguiente. A mi partida, en el oscuro umbral de la puerta me preguntó, sin saber qué más decir: “¿necesitas dinero, Hernán?”, mientras me acariciaba el pelo. “No, José”, respondí, no por la certeza de que él no andaba un cinco, sino porque yo tampoco encontré las palabras para decirle cuánto lo quería. Y así, como dos perfectos torpes, nos abrazamos en paz, y sin más, resumimos el ser y el estar, con un silencio repleto de gozo. De camino a la casa pensé que me encantaría volverlo a ver.

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