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Sobre el servicio civil

Actualizado el 15 de junio de 2012 a las 12:00 am

Tener una o veinte maestrías no hace idónea a una persona para un cargo específico

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El Director del Servicio Civil, don José Joaquín Arguedas, se enojó, dado que la Sala Constitucional le obligó a realizar pruebas de conocimiento para las contrataciones en el sector público porque, argumentó, “han venido perdiendo extraordinaria importancia relativa”. Además, menciona, con un tecnicismo del siglo XIX, el desarrollo y aplicación de dichas pruebas conllevan problemas como que se “desvirtúan desde que se aplica porque es muy fácil de aprenderla y decir las preguntas a otras personas”.

Señala, santa profunda actualización, que su fuente de información es un “boletín” y que el enfoque que prevalece es, en lugar de una prueba de conocimiento, el de “competencias”, cuestión en la que tiene “10 años de trabajar”, que aspira a aplicarlo “con sistemas de simulación”, pero “ahora solo se hace cuando ayuda el INA”, porque “no tiene los recursos”. El Título XV de la Constitución Política de 1949 estableció un Estatuto de Servicio Civil con el propósito de, entre otras razones “garantizar la eficiencia de la administración” y agregó que “los servidores públicos serán nombrados a base de idoneidad comprobada”.

Después de 60 años, vistos los hechos, el Servicio Civil no ha servido de nada y no servirá de nada. No sirvió de nada porque la idoneidad no es una condición dominante del empleo público. En primer lugar, porque fue sustituida, como criterio de entrada, por la “politineidad”, es decir, los políticos de turno al frente de ministerios nombrando funcionarios. Entró, no el más idóneo, sino el amigo o el amigo del amigo del político transformado en máximo jerarca. Seguramente para muchos “pegabanderas”, de bajo, medio y alto perfil, habrá sido la coronación de su proyecto de vida convertirse en funcionario público. Realizarse, primero como interino para desplegar su plenitud existencial en propiedad, largamente esperada. Así, el ciclo se cierra con mutuo beneficio.

En segundo lugar, con el tiquete de entrada en la mano, la idoneidad fue ahogada por el marasmo burocrático, incluyendo la inamovilidad casi absoluta. Desde el primer momento lo que importa es que nada ni nadie moverán al funcionario de su puesto. Se desarrollará y envejecerá con él. Sus canas se confundirán con las del escritorio. La silla giratoria llevará su apellido. Cada diez años cambiará su tasa oscurecida por los dos turnos de café inevitables. Celebrará, en un círculo interminable, los cumpleaños de sus compañeros. Siendo su destino en el mundo, tendrá la certeza de que no podrá ser despojado de él, ni siquiera por la propia idoneidad.

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Hace poco el ministro de Cultura informó de que se están haciendo las investigaciones sobre lo sucedido con la fiesta de 15 años en el Museo de Arte Costarricense, para determinar las responsabilidades, como lo solicita el procedimiento del Servicio Civil, para garantizar el debido proceso. Prome- tió que en tres semanas estarán listas las pesquisas ¿Tres semanas para despedir a una funcionaria que negó semejante atropello al arte, a la idoneidad y al presupuesto nacional?

Demasiado tiempo para una conducta que debiera castigarse con el despido inmediato sin responsabilidad, sin prueba adicional a la ya hecha pública. Por supuesto, la historia también conoce de cómo investigaciones de este tipo no terminan en nada, dado que la decisión institucional corresponde al jerarca de turno, quien finalmente podrá no tomar decisión alguna o tomarla en contra de la propia investigación. Así, entre la investigación y la decisión, la experiencia muestra una idoneidad ausente.

Nivel académico e idoneidad. Algunas opiniones se han expresado en el sentido que la idoneidad está demostrada con los atestados universitarios de los funcionarios públicos. Eso es falso, porque no hay relación necesaria entre una y otra. Tener una o veinte maestrías no hace idónea a una persona para un cargo específico. Suponer que una persona que cuenta con grados académicos universitarios es idónea para ocupar un cargo en el sector público es como creer que un chef especializado siempre será idóneo para trabajar en la venta de tacos de la esquina. Y a pesar que, me imagino, cada funcionario público tiene algún grado académico, lo cierto es que, dadas las características del sector público, para lo único que le sirve es para que se le reconozca el sobresueldo respectivo, con o sin idoneidad.

Y ciertamente, no servirá de nada porque avisados estamos que el Servicio Civil ni siquiera ha acumulado experiencia en simples pruebas de conocimiento dentro del sector público y porque no tiene recursos para implantar su modelo de simulación en el marco de las competencias. No servirá de nada, además, porque la Dirección del Servicio Civil carece de peso institucional y político para implantar cualquier reforma al régimen actual del empleo público, siendo esa su derrota más grande en sesenta años de historia y la reacción de don José Joaquín, su mayor reconocimiento.

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Así, naufragando en las aguas de la política, dejando su razón de ser en ella, poniendo como alternativa lo que es complementario, saber y competencias, si en materia de idoneidad no ha servido de nada y no servirá de nada, ¿para qué Servicio Civil?

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