Los costarricenses estamos mal acostumbrados a criticarlo todo

 20 septiembre, 2011

Leí con sorpresa el artículo “ Parasitocracia ”, publicado en LaNación del domingo 28/08/11. Su autor es Édgar Espinoza. Me parece que su inteligencia y su madurez dan para otra cosa, no para un irrespeto tan grotesco a la investidura de presidenta de la República que ostenta Laura Chinchilla. El sentido del humor a veces traiciona. Los costarricenses estamos mal acostumbrados a criticarlo todo y a quejarnos de todo y por todo. Somos impacientes y enemigos de darle tiempo al tiempo. Matamos así la esperanza con críticas destructivas, sin aportar soluciones.

Ciertamente, el país clama por una respuesta inmediata a la apremiante inseguridad existente, pero la Asamblea Legislativa aplaza la entrega de recursos económicos y practica una lamentable y notoria descoordinación con el Poder Ejecutivo. La política no riñe con la buena voluntad.

Un ejemplo al respecto es el proyecto de impuestos a las sociedades, ya aprobado en primer debate, a fin de combatir la inseguridad con mayores recursos. Bastó la moción-pretexto de un solo diputado para que el reglamento interno paralizara el proyecto de ley. Ese reglamento daña al país y envanece a los diputados. La nueva mayoría parlamentaria pareciera carecer de la visión país y olvida que el poder depositado en sus manos por los ciudadanos es para servir a la nación, no para postergar resoluciones.

La responsabilidad, espíritu de servicio, rectitud de intención, el amor a la patria y a su gente y su señorío, invalidan la crítica destructiva y el machismo solapado esgrimidos con frecuencia contra la señora Presidenta, quien no ha creado los problemas que arrastra el país desde hace ya largo tiempo.

¿Quién podrá decir que ella no aspira al bien común para Costa Rica?

Mientras los ricos de Francia, Estados Unidos y Alemania ofrecen pagar más impuestos para sacar a flote su nación, aquí la evasión es escandalosa y casi un deporte. Solo un empresario dejó de pagar a la Caja del Seguro, en 43 años, 182 millones de colones. Por tanto, es un imperativo ético ciudadano abolir esa “mentalidad”, ese despeñadero, y abrir nuevos caminos. Tal vez así imperen la crítica constructiva, el optimismo, la justicia y la solidaridad.

Conviene preguntarse qué necesita Costa Rica y cómo puedo servirla mejor.