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EDITORIAL

La salvación de lo humano

Actualizado el 25 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

El mundo y la historia no se han acabado. Los valores y principios de la Navidad siguen nutriendo la historia humana.

El progreso y desarrollo de nuestro país deben inspirarse en estos principios, núcleo de nuestra historia.

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El mundo y la historia no se han acabado. Pocos en el mundo han tomado en serio esta jocosa predicción y quienes la han acogido han sufrido otra desilusión. Esta Navidad representa el argumento más sólido y optimista contra estos vaticinios que siempre se han sucedido a lo largo de la historia. Su fracaso nos enseña que hemos de mirar la historia y sus acontecimientos con seriedad, pues en ello va el desarrollo y progreso de la humanidad.

Celebramos esta Navidad, sin embargo, con cierta aprensión. Los múltiples anuncios negativos en el orden de la economía, de la política, de la paz, del ambiente, de la convivencia, de la desigualdad y de la pobreza, del socavamiento de los valores éticos universales y, en general, del acontecer humano, ponen una nota de desesperanza en nuestros países y en las relaciones internacionales. Pareciera que no hay solución y que los problemas, en vez de resolverse o, al menos, de encontrar salidas estables o confiables, se ahondan día con día. Por otra parte, esta fase de la historia humana, dominada por la eficacia y amplitud de los medios de comunicación, esto es, por la inmediatez y universalidad de las noticias, tiende a resaltar la dimensión negativa sobre la grandeza del ser humano.

Esta Navidad, o celebración del acontecimiento más trascendental en la historia humana, cual es la propia dignificación del hombre, gracias al nacimiento de Jesús o humanización de la segunda persona de la Trinidad, constituye, por su contenido, el más hermoso y firme mensaje de esperanza. Ni el mundo se ha acabado ni el ser humano ha sido derrotado. No solo lo confirma la fe y vivencia de un grueso sector de la humanidad en los valores y principios que dimanan de esta fecha, sino el hecho incontrastable y constante de la convicción en la dignidad del ser humano, más allá de las creencias religiosas o de otro orden. Así, el concepto nuclear de la Navidad, como expresión de lo humano, sigue vigente.

Pareciera que hay consenso en este aspecto. Si así no fuera, habría sobrevenido la destrucción del ser humano. Desde este punto de vista, cabe resaltar un hecho incomparable. Ha sido precisamente después de las grandes catástrofes de la humanidad cuando ha surgido una fuerza inagotable para reflexionar y trazar los principios y prácticas para salvar lo humano.

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La esperanza ha triunfado sobre la desesperación y la muerte. Testimonio elocuente de esta actitud, a lo largo de la historia, ha sido, en estas décadas, después del terrible flagelo de la Segunda Guerra Mundial, la robustez y extensión de la doctrina de los derechos humanos, junto con las instituciones prestas a dar cumplimiento a sus principios, así como el esfuerzo universal en procura y defensa de la paz, expresión concreta del mensaje navideño de hace más 2.000 años: “Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad”, en el que se exalta lo más humano del ser humano: la buena voluntad.

La historia nos demuestra, además, el esfuerzo inalterable del ser humano en procura del progreso y la búsqueda de lo mejor para sobrevivir en el orden de la cultura, de la ciencia, la investigación y la tecnología, sin importarnos los anuncios apocalípticos y ni siquiera los grandes sufrimientos de la humanidad.

El disfrute de la libertad y la búsqueda de la verdad han superado toda tentativa contra el ser humano y la continuidad de la historia. Con estos sentimientos celebramos esta Navidad en nuestro país, convencidos de que sus valores perennes y universales nos guiarán e inspirarán también en estas horas de prueba y de crisis.

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