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La roya del café: la agonía del grano de oro

Actualizado el 21 de abril de 2013 a las 12:00 am

El hongo de la roya enfermó 60.000 hectáreas de cafetales y generó pérdidas millonarias. Los campesinos de chonete sienten la amenaza de la extinción. La falta de plata asfixia a quienes llevan la ‘bebida de los ticos’ a la mesa de su casa.

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La roya del café: la agonía del grano de oro

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Marvin parece haber escapado de un cuento de Aquileo Echeverría, o tal vez de uno de los textos de Estudios Sociales que los alumnos deben aprender de memoria en el cole , esos que hablan de cómo el país se forjó gracias al grano de oro... Quizá es tan solo la personificación del recuerdo de una identidad nacional extinta.

Pero no. Él es de carne y es de hueso; el chonete que da sombra a sus mejillas rosadas y a su frente trazada por toscos surcos no fue comprado en una tienda de souvenirs en el aeropuerto. Fue hecho para trabajar en el campo, así como su inseparable machete y sus botas de hule color negro.

Sonríe a mi llegada, mueca de pura cortesía. Nunca había estado tan mal. Nunca el sector cafetalero, gremio del que él –al igual que su padre, abuelo y bisabuelo– forma parte, había experimentado una crisis como la actual.

Más de 60.000 hectáreas de cafetales fueron contaminadas por un hongo que se llama roya del cafeto , una maldición que arribó a Costa Rica en 1983, mas nunca había tenido un efecto tan catastrófico.

“¿Para dónde agarro ahora?, esto es una decepción tremenda, el trabajo de toda una vida se pierde de la noche a la mañana”, se lamenta Marvin Corrales Mora, caficultor de 51 años de edad, casi todos dedicacados a trabajar la tierra.

Don Marvin pronuncia las palabras con un tono que se debate entre sereno y amargo; a su espalda se dibuja el paisaje de cientos de matas podadas. Son aquellas que debió sacrificar con un golpe de fierro para ahuyentar al hongo ; son las que no llegaron a dar fruto. De estas, solo queda un tallo de unos 10 centímetros.

Ahora, aguarda con esperanza a que crezcan sanas. Con suerte y mucho cuidado, anhela que vuelvan a dar café, aunque para ello deberá esperar dos años.

Para la próxima cosecha, afrontará una perdida del 60% de su producción a causa de la roya.

“No me va a quedar ni para el abono”, se resigna.

Su terreno de 20 hectáreas se ubica en el caserío Los Ángeles, en San Pedro de Pérez Zeledón, y el 90% de sus cafetales se vio afectado por la roya.

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Molidos

En los sectores cafetaleros, el tema recurrente y desgastante es la roya, sinónimo de incertidumbre y de lamento.

Un total de 42.700 familias de pequeños cafetaleros (de las 52.800 que hay en el país) tuvieron algún tipo de afectación a causa del hongo. De las 93.000 hectáreas en el territorio costarricense dedicadas al cultivo del café, solo 33.000 se han librado de la “epidemia”.

Tales datos fueron suministrados por el Instituto del Café de Costa Rica (Icafé).

La defoliación de la planta es el principal efecto de la roya; es decir, la deja sin hojas, de tal forma que esta no tiene la capacidad fotosintética para suplir sus demandas básicas, comienza a agotarse y le es imposible dar fruto. El hongo se transmite principalmente por medio del viento, el cual se encarga de trasladar las esporas. En el campo, la expresión que se utiliza es que deja “molidos” los cafetales. {^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2013-04-21/RevistaDominical/Articulos/RD2104-ROYA/RD2104-ROYA-summary|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteConExpandir^} Para este caso, los expertos hablan de epifitia, fenómeno que se registra cuando, de forma atípica, una enfermedad afecta simultáneamente a un gran número de plantas de la misma especie e igual región.

En el plano económico, el Icafe indicó que la cosecha nacional 2012-2013 registra una baja de un 6% en relación con su antecesora, lo que significa una reducción de $25 millones.

Esos números se digieren con agrura entre los campesinos dedicados al mítico grano de oro, quienes, aunque dispuestos a trabajar y a sacar la barca de la tormenta, sienten que la extinción es ya una sombra, y que podrían desaparecer a la velocidad de un sorbo.

“Cada vez, esto es menos rentable, apenas nos da para comer y luego se vienen estas cosas... seremos parte de la historia, nos recordarán con orgullo, pero olvidarán que no nos dieron el valor que merecíamos”, reflexiona Marvin.

Él es de la región más devastada por el hongo, que tiene mayor impacto en las zonas bajas.

Allí, en el cantón de Pérez Zeledón, las pérdidas monetarias rondan el 50% en comparación con la cosecha pasada. Su vecino, Coto Brus , fue otro de los mayores perjudicados, el dinero que no se percibirá se calcula en ¢3.000 millones. En dicha comunidad el 80% de la economía depende del café.

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La pandemia

Sucedió a finales de junio del 2012. Mientras un grupo de josefinos hacía fila en la madrugada para “estrenar” la primera cafetería de la cadena estadounidense Starbucks, situada en Avenida Escazú; los agricultores de las distintas zonas cafetaleras de Tiquicia empezaron a distinguir las fatídicas manchas anaranjadas en el envés (parte de abajo) de las hojas de las matas. {^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2013-04-21/RevistaDominical/Articulos/RD2104-ROYA/RD2104-ROYA-quote|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteSinExpandir^} Tales marcas son una sentencia; son la primera gran muestra de que el hongo está presente. Ya otras vece las roya había afectado, pero en esta ocasión fue como una epidemia de varicela: las manchas estaban por doquier, en un agresivo e invasivo ataque.

Robert Monge León, caficultor de 42 años, cuyo terreno se ubica en Alfa de Sabalito, en Coto Brus, recuerda el día en que encontró al polizonte.

“Fue muy triste, inevitablemente uno piensa en el futuro y no es nada alentador, no solo para uno, sino para todo el cantón, ¿de dónde se va a sacar el dinero?... Ver esas manchas anaranjadas... se siente como que le están echando tierra a la tumba de uno”, relata Robert.

El ingeniero agrónomo y coordinador de la oficina del Icafé de Pérez Zeledón, Henry Rojas Castro, explicó que durante el periodo de incubación la roya presenta signos difíciles de observar. Este proceso dura unos 40 días, pero, en diversas condiciones climatológicas, como poca lluvia y mucha sequedad, se acorta a unos 20 días.

Y esto fue lo que sucedió: el factor clima fue subestimado, nadie esperaba que la roya pudiese avanzar a tal velocidad y cuando los caficultores llegaron a hacer inspecciones ya era muy tarde; muchas plantas no respondieron a las continuas aplicaciones de los fungicidas más potentes.

En el caso de Coto Brus, por ejemplo, los niveles de precipitación bajaron en un 40% y la temperatura aumentó un grado en promedio, tomando como referencia años anteriores. Esto generó un ambiente ideal para el hongo, según explicó William Mata Garbanzo, coordinador del Icafé de esa región.

A lo anterior hay que sumarle el poco control por parte de los caficultores; así lo estima Luis Fernando Hernández Haub, ingeniero agrónomo y jefe de la oficina del Ministerio de Agricultura en San Vito.

“Perdimos la cultura de control royístico. La gente se acostumbró, se le fue restando importancia... esto del cambio climático se nos vino de un pronto a otro”.

Con él coincide Robert, quien dice haber perdido el 45% de su producción, mientras que el restante 55% “no anda muy bien”, según sus propias palabras.

Su mayor temor es que las plantas que podó no vayan a responder adecuadamente y que, una vez transcurridos los dos años que requieren para su regeneración, estas no den frutos.

“A la roya no le teníamos el respeto que se merece, subestimamos lo agresiva que es; hubo un exceso de confianza”, resalta Robert quien, junto a su esposa, es dueño de una propiedad de 17 hectáreas, cinco de ellas dedicadas al café.

Lo que más le duele a este campesino es ver cómo el trabajo por el cual tanto se esforzó, pende de un hilo.

Para hacerse de su finca, Robert se fue de “mojado” a Estados Unidos, donde trabajó como jardinero y en reparación de techos.

Su meta siempre fue acumular dinero para regresar a su querido Coto Brus, comprar tierra y dedicarse al café. “Aquí en Coto Brus el café lo es todo... Algo he leído de que por medio del café se impulsaron mejoras en Costa Rica, ha sido una de las actividades más importantes”.

La primera vez que se fue a Estados Unidos, a Nueva Jersey , tenía 22 años.

Él era el más joven de cinco hermanos; las oportunidades en el sur del país eran pocas y sus ansias de aventura, muchas. Viajó a Estados Unidos dos veces más, hasta que le alcanzaron los ahorros para hacerse de un terreno.

Pese a haber alcanzado su objetivo, ahora este padre de una niña de nueve años, siente angustia por lo que se viene. “He pensado en pedir un préstamo, lo que pasa es que a como está la economía, a uno le da miedo”.

Sin dinero

Las carencias cotidianas producto del golpe al bolsillo por la roya también se palpan en la casa de Hernán y Rosanira. “Cuando voy a la pulpería, le digo a la mujer: ‘anóteme lo necesario, pero realmente lo necesario, porque si no, no me alcanza’”, cuenta él.

A sus 43 años, Hernán Álvarez Díaz está endeudado por primera vez con un beneficio de café. Estas compañías o cooperativas dan el dinero a los caficultores para que realicen su producción y luego les compran el café, restándoles lo que ya les habían otorgado; es una relación simbiótica.

Sin embargo, la roya hizo que los números no cerraran, y que Hernán quedara con cuentas pendientes.

De hecho,narra que la situación en Sabalito de Coto Brus, donde trabaja cuatro hectáreas de tierra de su propiedad, es tan mala, que los beneficios, en un acto de ayuda, prestan entre ¢50.000 y ¢100.000 a los agricultores, no para que intervengan las plantas, sino para que puedan comprar comida y pagar la luz y el agua.

En tres décadas que lleva dedicado al café, jamás había enfrentado una crisis como esta. “Perdí ¢3 millones en esta cosecha, estamos con el agua hasta el pescuezo”.

Su esposa Rosanira Vargas Arias hace malabares para que el dinero alcance. Su casa de madera, humilde y pequeña, está adornada con flores y plantas, un contraste que refleja el momento amargo y la esperanza que perdura.

Dice que le pide a Dios que la cosa mejore, a sabiendas de que hay cosas que requieren un empujón divino. “Aquí, en la zona, todos vivimos del café, sin el café no quedará nada”, comenta.

Pero para Hernán, el impulso no tiene que venir del cielo, sino del Gobierno. Desde el Ejecutivo se han desarrollado acciones para ayudar a los caficultores más afectados, por ejemplo, hay ¢57.000 millones en programas de asistencia y de crédito, y mediante un decreto de emergencia fitosanitario se destinaron ¢2.000 millones para dar fungicidas y otros insumos.

Sin embargo, lo que todo el sector cafetalero espera es la aprobación, por parte de los diputados, de una ley que crea un fideicomiso propuesto por el Ejecutivo, por un monto de ¢20.000 millones.

La finalidad de la propuesta es atender la crisis provocada por el hongo.

Resultarán beneficiados quienes cuenten con una producción igual o menor a 50 fanegas (unidad que equivale a 20 canastos) de café en fruta y que cumplan con los criterios de selección y calificación.

“Necesitamos que los diputados se pongan la mano en el corazón. Si no, nos veremos obligados a dejar las fincas botadas e irnos para San José... eso no lo quiere nadie, no le sirve a nadie”, resalta.

El mañana

Marvin Corrales, por el contrario, prefiere no depender de lo que hagan en Cuesta de Moras. Piensa que al campesino lo tienen en una esquina, abandonado, que a los políticos no les importa. Por eso está a punto de pedir un préstamo en un banco, pese al riesgo que eso implica.

“Los campesinos nunca nos echamos para atrás... A veces vivimos de pura ilusión, siempre anhelando que en la próxima cosecha nos vaya mejor, que los precios mejoren, que el clima nos favorezca”, reflexiona, consciente de que en su oficio no solo basta con el trabajo duro, porque hay otros elementos determinantes como la roya, la sequía y los precios del mercado internacional.

Triste pero resignado, cuenta que es probable que el legado del café de su familia se termine con él, pues sus hijos no quisieron heredar el oficio.

El mayor, Bryan, de 22 años, se dedica al transporte de piña, y Andrey, de 20 años, repara aires acondicionados. “Ellos han visto cómo me he maltratado, lo duro que es esto, no los culpo”

Se despide y se marcha a seguir trabajando, asido ya no a un machete, sino a una motosierra, su desdichada compañera de labores en los últimos meses. Con esta ha pasado podando la epidemia de matas secas carentes de café.

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