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Una revolución demasiado silenciosa

Actualizado el 23 de febrero de 2013 a las 12:00 am

La formacióntécnica es un formidable acelerador de la movilidad social

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No hay canciones sin cantantes. Existen ideas, instituciones y leyes, pero son las personas las que hacen la diferencia. Para muestra un botón: Olman Segura en el INA. Ninguna institución nacional ha sido siempre tan unánimemente respaldada en sus finanzas.

El INA es la institución educativa más sosteniblemente financiada de país y nos había hecho ver como “naturales” sus constantes superávits operativos. El uso permanentemente parcial de sus recursos y la anquilosada rigidez de sus programas parecían insinuar suficiencia en cobertura y calidad de la educación técnica de Costa Rica. Nada era menos cierto.

La industria nacional demandaba mayor cantidad de graduados, la inversión extranjera exigía técnicos de ramas tecnológicas de punta, hacía falta modernidad en los currículos y mayores oportunidades de capacitación técnica del personal de las empresas. Ante esas brechas, imperdonable rezago, si los recursos sobraban.

Ya se ve nueva nuestra vieja y herrumbrada “llave del progreso”, trasformando el perfil profesional técnico de nuestro entorno. Si la población no lo sabe es solo porque pareciera que eso no es noticia. Sus menudos logros acumulados hasta saltos cualitativos escapan, tal vez por sigilosos, a la mirada ávida de sensaciones instantáneas y sus transformaciones no abonan a maledicencias politizadas.

La máquina del tiempo va cada vez más veloz. Cuando el INA nació, hace medio siglo, la industria era pariente cercana de la tecnología de la primera revolución industrial. Esa parentela es ahora muy lejana y el INA, impertérrito, parecía no darse cuenta. Frente a cambios vertiginosos donde nano y biotecnología forman parte de lo cotidiano y los sistemas productivos se transforman con automatización digitalizada, cibernética y hasta impresión tridimensional, el INA permanecía impávido. Tenía en suspenso mayor soporte técnico para nuestras empresas y seguía sin saldar la deuda de nuestra industria con un encadenamiento de alto valor agregado con las multinacionales asentadas en nuestro suelo. Encadenarnos con empaque y transporte no era todo lo que necesitábamos.

El INA despertó de su sueño aletargado. Por una vez, hacemos las cosas bien. Antes ofrecía manual y mecánica, ahora sistemas digitales en cámaras de refrigeración. Ya no se limita el INA a la mecánica tradicional de vehículos y ofrece carreras técnicas en autotrónica, sistemas híbridos y eléctricos. Ya se puede aspirar a formación tecnológica de control biológico de microorganismos, conservación y rescate de semillas criollas, biofermentos y abonos foliares líquidos. Se entrena en diseño textil digital para insertar a Costa Rica en la cadena global de valor de la industria de prendas de vestir.

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Está en formación el Centro Nacional de la Industria Gráfica y de Plástico con especializaciones en flexografía y en moldeo científico, que atenderán a la industria médica, a la electrónica, a las telecomunicaciones y a diversas aplicaciones automotrices. Y no hablemos de la industria aeroespacial con la creación del Centro de Técnicos Especializados de Alta Tecnología.

Solo las empresas saben que el INA respondió el año pasado a la solicitud de 2200 empresas para fortalecer las capacidades laborales de más de 135.000 trabajadores. El 90% de esas empresas son mipymes y su respaldo formativo formó parte, en muchos casos, del apoyo no financiero del crédito que reciben.

De las manos del INA se ha venido realizando un giro copernicano que responde a la necesidad de modernización de nuestro sistema educativo, atiende la demanda cada vez más especializada de nuestro tejido empresarial y abona a la creación de carreras técnicas de punta, abriendo nuevas oportunidades educativas y laborales para nuestra población. Su fortalecimiento tiene una trascendencia incalculable. Piénsese solamente que cada empresa extranjera que invierte en Costa Rica decide su ubicación con base en la cercanía de una de las 54 sedes del INA en todo el país. Y se están construyendo 9 centros especializados más.

¿Tiene algo que ver todo esto con las advertidas y acusadas brechas de desigualdad que se han venido acentuando en los años recientes? Yo pienso que sí. 10.000 estudiantes de escasos recursos estudiaron en el INA en 2012 con recursos del Estado. La formación técnica es uno de los más formidables aceleradores de la movilidad social, porque permite en muy corto tiempo insertarse en el más dinámico mercado laboral, con salarios crecientes que acortan brechas entre trabajos de baja y alta productividad.

Lejos de mí hacer propaganda y, puesto que no es noticia, supongo que por lo menos puede ser opinión. El INA está cambiando, con un impacto social inmenso que conlleva una mejor satisfacción de vida y de convivencia. Rompe esquemas sin dividir conciencias y abre surcos sin dejar heridas. Nos libra del peligro de quedarnos quietos, cuando el mundo corre.

Ese es el eslabón humano perdido que permitirá el encadenamiento de la empresa nacional con el mundo globalizado, confinado actualmente en las empresas multinacionales. Pero es una revolución demasiado silenciosa y necesita encontrar eco en la conciencia nacional para arraigarse como una nueva tradición que no puede tener retorno.

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