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Lo que retorna el INBio

Actualizado el 17 de abril de 2013 a las 12:00 am

El INBio fue solo una linda fiesta; por lo visto, buscaba fama, medallas y premios

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En 1989 se trasladaron las colecciones centenarias de historia natural, de su sede del Museo Nacional de Costa Rica al naciente Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio), por anuencia del Gobierno de entonces. De igual manera, el INBio estaba detrás de las colecciones de historia natural de la Universidad de Costa Rica, con el mismo propósito.

Eso no lo consiguieron. El interés del Instituto Nacional de Biodiversidad –que nunca entendí cómo podía llamarse “nacional” por ser una entidad privada– era de reunir en un solo lugar las colecciones de historia natural del país bajo el argumento de que el Estado no era capaz de mantenerlas en las condiciones apropiadas.

Se definió que el INBio, al ser una entidad privada, no tenía potestad de tener bajo su alero las colecciones que eran nacionales. Cuando se empezaba a hablar de biodiversidad, el INBio pretendía respaldarse ante potenciales donadores, con esas colecciones nacionales.

Un trabajo constante que se inició con la primera planta colectada por Henri Pittier en 1887. Trabajo ininterrumpido hasta la fecha, costeado por el Estado, por todos los ciudadanos.

No se lograba comprender cómo el INBio hablaba de hacer un inventario de la biodiversidad de Costa Rica si ya estaba hecho. En plantas y aves, ya estaba prácticamente todo representado, no así en insectos, cuyo universo es enorme; habría que tener un protocolo adecuado para no recolectar innecesariamente a un costo exorbitante.

Eso significaba espacio con condiciones especiales, materiales, equipos para recolección, transporte, personal, entre otros. Se pretendía también que alguna farmacéutica transnacional, con las cuales hicieron convenios, descubriera algo, y que vía derechos de patente, les permitiera obtener ganancias. Tema muy controversial.

Las colecciones del Museo Nacional de Costa Rica debieron ser retornadas a la planta física del Museo en 1991, después de un largo proceso de defensa de esos principios. Ahí están. Crecen con nuevos especímenes, dentro del ritmo propio de documentar aquello que no esté representado o cuya inclusión se amerite.

Hace unos días, leí la noticia surrealista de que el INBio le pasará al Estado sus activos, incluidas sus colecciones. También sus deudas. No lo podía creer. Después de innumerables presiones para apoderarse de las colecciones de historia natural del país y así respaldarse con un trabajo centenario para sus propios fines, desacreditando el trabajo realizado por el Estado aduciendo incapacidad, resulta que, después de veintidós años, simplemente dicen que ya no pueden. ¡Increíble!

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Increíble la irresponsabilidad, como lo fue la prepotencia inicial, de que dos décadas después, en quiebra, entregan todo y que el Estado pague.

Por lo visto, lo que buscaban era fama, medallas y premios y, de paso, impresionar a muchos incautos. Y como si fuera poco, el Gobierno acepta, como si nada. Lo demás no importa.

Pareciera que fue solamente una linda fiesta.

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