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Ese “algo”: la resurrección

Actualizado el 14 de abril de 2013 a las 12:00 am

Construir una cristología sin pascua es una caricatura

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Cuando se leen textos tan intensos y libres de sospecha de mojigatos, como el prólogo a “El origen de la fe en la resurrección de Jesús”, de U. Muller, escrito por Andrés Torres, y se entera uno de que, a la par que se afirma la condición metahistórica de la resurrección de Jesús, se dice que todas las lecturas de esa realidad como “representaciones figurativas que poblaban el imaginario colectivo” de la primitiva comunidad cristiana están rotas o rompiéndose, uno se llena de gran tranquilidad y percibe la ocurrencia de algunas lecturas que, en nuestra Tiquicia, han aparecido en medios de comunicación o en afirmaciones que pretenden ser bien sustentadas en otros contextos.

Las razones de ese “algo”. ¿Qué fue lo que generó el impulso pospascual, la vigorosa confesión del Jesús vivo, hecha por los discípulos luego de la “crisis radical”, como dice Pagola, generada por la cruz y sepultura del Señor? En el marco de este tiempo pascual nos viene muy bien acercarnos a algunas razones que sustentan la realidad de ese “algo” que llevó a un grupo de cobardes a convertirse en hombres fieles y valientes de cara a una causa que casi vieron caerse.

Cada evangelista, siguiendo su intención teológica (obviamente, basta con mirar una sinopsis para notar las diferencias), muestran en sus relatos de la resurrección peculiaridades muy propias. Ludmann y Özen, en su modo de leer la resurrección, hacen notar los acentos de cada evangelio en torno a la cuestión que nos atañe. Así, sustentados Mateo y Lucas en la tradición de Marcos, muestran algunas diferencias con respecto a Juan que, como se sabe, posee un relato pascual más amplio y desarrollado que los sinópticos (“La resurrección de Jesús. Historia, experiencia, teología”, p. 39). Temas básicos, como quedará claro, para quien estudia los evangelios un poco.

Construir una cristología sin pascua es, definitivamente, una caricatura que no entiende al Jesús del nuevo testamento. Levantar una comprensión de la pascua solo basada en su impacto social-liberador es, al menos, incompleta. Y quedarse en la teoría del hurto, del Jesús “medio vivo/medio muerto” o de la sustitución, mínimo merece una buena sonrisa. X. Pikaza hace ver: “La resurrección es el culmen del despliegue personal de Jesús” (“Este es el hombre”, p.139) y, en esta línea, un autor estimado por algunos que hablan de estas cosa, dice: “La resurrección no empalma directamente con la vida de Jesús, saltando por encima de la muerte, sino que es confirmación de la pretensión de Jesús porque es aceptación de su muerte (') la muerte deja de ser término para convertirse en paso, en entrada” (González-Faus, “Humanidad nueva” , p.139).

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Humor irrespetuoso. Enfocar el tema en clave de humor, con bromas sobre esenios presentes en la tumba de Jesús o hacer especulaciones sobre la base de ocurrencias es, al menos, irrespetuoso para la fe y, obviamente que también, para el intelecto de quien cree. ¿La razón? Una síntesis de González de Cardedal nos sirve aquí: “La resurrección es (') la culminación de la revelación de Dios como Creador y origen de la vida, de la revelación de Cristo como Hijo, del Espíritu como principio de unión y amor para los hombres” ( Cristología , p. 165).

Finalmente, una reflexión: para que la resurrección nos resulte significativa no basta ni el humor ni la historia. Solo reconoce al resucitado quien realiza su forma de existencia y tiene experiencia de Él. Los demás se quedan en la periferia del deseo (Feuerbach-Freud) o del fracaso (Marx-Nietzsche).

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